¿Dónde estaba Dios en Auschwitz? Esa es la pregunta. Sin respuesta.

Hace unos días un amigo me contaba cómo acompañaba al hospital a una amiga de él, enferma de un cáncer terminal. Ella está desahuciada médicamente; su marido también tiene cáncer desde hace escasas semanas. Ambos son padres de dos hijas: una de ellas padece una enfermedad similar al síndrome de Down por la que depende por completo de ellos; la otra hija, de treinta años, siente que su mundo se derrumba en caída libre. La pregunta es más que legítima: ¿Dónde está Dios ante esa injusticia?

“¿Dónde está Dios?” Esa pregunta me la hice yo con especial intensidad hace años cuando mi amiga María, la mujer más bella, más auténtica y más talentosa que he conocido, se suicidó arrojándose desde el balcón de su cuarto, con 18 años. Ese hecho determinó el resto de mi vida y la de todos aquellos que la amábamos. ¿Dónde estabas, Dios, cuando no lo evitaste? Lo dijo Hemingway: “Los ojos que han contemplado Auschwitz e Hiroshima nunca podrán contemplar a Dios”. Y Elie Wiesel, que estuvo preso en Auschwitz aunque sobrevivió, escribió “Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe./ Nunca olvidaré ese silencio nocturno que me ha arrancado para toda la eternidad el deseo de vivir./ Nunca olvidaré estos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y los sueños que tomaron el aspecto de un desierto./ Nunca olvidaré esto, aunque estuviera condenado a vivir tanto tiempo como Dios mismo./ Nunca”. Murió sin encontrar consuelo.

En su novela El Reino Emmanuel Carrere, Premio Princesa de Asturias de las letras de 2021, cuenta su conversión súbita al cristianismo. De agnóstico pasa a oficializar su matrimonio por la Iglesia Católica y a bautizar a sus hijos en un breve periodo de tiempo. A partir de entonces la familia va a misa puntualmente y rezan antes de cada comida. Incluso soporta los desplantes de una asistenta que cuida a su hija pequeña en virtud de la caridad cristiana. Pero cuando un día lee en el periódico el caso real de una niña que ha nacido ciega, sorda y muda, pierde toda fe y deposita sus notas sobre los Evangelios de años de lecturas y anotaciones en varias cajas de cartón que abandona en el punto más alejado del trastero. Y renuncia a su vida de creyente: esa niña que solo conocerá a sus padres por el tacto y que vivirá la totalidad de su existencia postrada en una cama no puede ser compatible con un universo de sentido creado y regido por un Dios omnipotente.

Algo similar a lo descrito por Carrere se puede observar en la serie de Paolo Sorrentino The New Pope: Lenny Belardo (Jude Law) pasa unos días en la casa de un matrimonio descompuesto a causa de las múltiples enfermedades de su hijo. El médico les recomendó abortar por el alto riesgo a contraer males incurables, pero ellos decidieron seguir adelante, amparados en su fe. Finalmente el niño nació sordo, ciego y mudo, y con una esperanza de vida breve a causa de una enfermedad cardiaca. Los padres, que se culpan entre sí, le piden a Lenny Belardo, al que se tiene por un santo debido a intervenciones anteriores, que lo cure. Durante una noche en que los padres del niño salen a cenar por primera vez en años, el personaje interpretado por Jude Law trata de obrar un milagro. Reza a Dios, le pide fuerzas para sanar al niño. En varias ocasiones. Sin resultado. Días después, volverá a intentarlo, a pesar de que la debilidad del niño no aconseja esa clase de esfuerzos. Entonces, lejos de lograr sanarle, el niño morirá, y Lenny caerá en el desasosiego igual que Job, el personaje de la Biblia, cuando vio como Dios le arrebataba su casa, sus posesiones, sus animales, su mujer y sus hijos sin motivo. Y, sin embargo, Lenny Belardo, como antes Job, no negará a Dios. Solo le preguntará: ¿Dónde estabas? Sin más respuesta que un gélido silencio.

Es normal que el judío o el musulmán se pregunten por la presencia o por la ausencia de Dios –sea Yahveh, sea Alá–, en Auschwitz. Es normal que el budista, que rechaza el sufrimiento y propone la distancia con el mundo, se sienta impotente ante Auschwitz. Y es normal que el progresista de la ideología que sea se sienta defraudado al comprobar el uso que de la técnica y de sus avances históricos hicieron el nacionalsocialismo y el comunismo para perfeccionar el asesinato. Pero la culpa de Auschwitz la tuvieron los hombres, no Dios. Solo los hombres destruyeron a los hombres en Auschwitz; y sólo un Dios, de entre todas las deidades que se han concebido a lo largo de los siglos, se hizo hombre para que todos los demás hombres, incluidos aquellos asesinados en Auschwitz, e incluidos aquellos asesinos en Auschwitz, pudieran ser Dios: Jesús de Nazaret. ¿Dónde estaba Jesús en Auschwitz? Sin dudarlo podemos responder: en la Cruz.

Escribe Pascal en sus Pensamientos: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”. La soledad de Jesús en esa crucifixión eterna es la soledad de todo hombre ante el sufrimiento de la muerte o de un gran dolor. A pesar de los insoportables males que padece, Jesús siente especialmente el abandono de sus discípulos, que son también sus amigos, a la caída de la noche en El Monte de los Olivos. Entonces es cuando duda y pide a Dios: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz”. Pero a pesar de que no quiere padecer el martirio al que se sabe abocado, proclama, con fe: “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús no es el culpable de Auschwitz, Jesús estaba crucificado en Auschwitz: por las víctimas, sí, pero también por los verdugos y por sus pecados aunque esto último nos pueda parecer intolerable. Por eso, el cristiano encuentra la respuesta a la pregunta sobre dónde estaba Dios en Auschwitz de una forma en la que ningún otro creyente de otra religión puede: a través de la figura de Jesús. Como dijo el teólogo alemán J.B. Metz: “Nosotros los cristianos podemos y debemos rezar después de Auschwitz, pues también se rezó en Auschwitz, en el infierno de Auschwitz”. Para Metz, “Dios no intervino en Auschwitz no porque no quiso, sino porque no pudo”. Dios no interrumpe las leyes de su propia Creación de forma directa, por eso no evitó el horror histórico de Auschwitz ni evita las desgracias —los muertos que sucumben a un incendio, las violaciones, los accidentes brutales, las malformaciones, las enfermedades mortales, las mutilaciones, los niños que nacen carentes de todo sentido elemental, etcétera—. Pero para no abandonar a sus hijos en la distancia del Creador y como prueba de su amor inmarcesible, mandó a su propio Hijo a la tierra, se encarnó en Él, y se condenó a la Cruz por toda la eternidad para sufrir con los inocentes y también para penar por la salvación de los pecadores. El mundo se oscureció en Auschwitz igual que se oscureció, según los tres Evangelios sinópticos, instantes antes de la muerte de Jesús. Igual que se oscurece a diario con la muerte de cada niño enfermo.

Se rezó en Auschwitz, al decir de Metz, y se reza en los hospitales más que en ningún sitio de la tierra. Allí donde nadie se atreve a entrar más que los familiares de los enfermos a los que no queda otra opción, en la planta de enfermos terminales, acceden los sacerdotes católicos para acompañar a las víctimas de la injusticia cósmica. Ellos penetran en la oscuridad con la luz del Evangelio, con el mismo Logos con el que Juan comienza su testimonio describiendo el origen del mundo. En su novela Pabellón de Cáncer, sobre un grupo de enfermos terminales, Solzhenitsyn escribe: “Y esas células del corazón que la naturaleza ha creado en nosotros para la alegría, al no usarse, se atrofian. Y esos minúsculos recintos del pecho en los que anida la fe se agostan porque durante años están vacíos”. Solo que aún no es tarde para volver a ensancharlos. Porque Dios jamás abandona al que le busca: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Todos conocemos a familiares de afectados por enfermedades graves que dicen haber perdido la fe después del duro trance que han vivido y que han contemplado en los ojos de sus seres queridos afectados. No se les puede culpar: ni a ellos ni a los enfermos que achacan su enfermedad a Dios tal y como Elie Wiesel hacía con la responsabilidad de Auschwitz; es perfectamente entendible y no se le puede recriminar a nadie. Pero también hay que conocer casos como el de Edith Stein: una filósofa judía de origen y cristiana de convicción, lectora del Libro de la vida de Santa Teresa de Jesús y de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que pereció junto a su familia en Auschwitz manteniendo hasta el último momento su fe cristiana. Y también hay que conocer el caso del padre Maximiliano Kolbe, que cambió su destino por el de un desconocido y se sacrificó por él en un campo de concentración. Stein fue beatificada por san Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998; Kolbe fue canonizado el 10 de octubre de 1982 por san Juan Pablo II.

Ninguno de los evangelistas se encontraba a los pies de la cruz cuando Jesús murió, aunque recojan el relato de los acontecimientos. Como excepción pudo estar Juan, debido a su juventud, oculto entre los niños y las mujeres. Sin embargo, nos ha llegado la narración de cómo Jesús gritó Eli eli lama sabactani. En realidad se trata de una cita del Salmo 22 que dice: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. El propio Jesús, que rezaba en El Huerto de los Olivos “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”; y que enseñó a toda la humanidad la oración por excelencia, el Padrenuestro, que dice “Hágase Tu Voluntad” en la tercera invocación del rezo; se siente alejado de Dios. Tampoco Jesús entiende dónde está Él ante El Problema del Sufrimiento, que es el único problema más hondo que el del Mal desde la óptica de la teología. Más que los lacerantes insultos, las vergonzosas vejaciones y sus profundas heridas, a Jesús le duele la soledad de no sentir a Dios cuando le llega la muerte. Escribió el padre José Luis Martín Descalzo a este respecto: “Cristo había sudado sangre en el huerto de los olivos… sin gritar. Había soportado la flagelación… sin gritar. Había sufrido sin gritos el ver sus manos y sus pies traspasados. ¿Por qué grita ahora? ¿Por qué grita cuando ya sólo falta lo más fácil: terminar de morir?”. Porque siente la fragilidad, la insignificancia y la fría soledad de todo hombre durante el último suspiro. Sin embargo, no pierde la fe y dice “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y descansa en paz.

La suya es la fe del niño, que reivindica Dostoievski para Aliosha, el protagonista de Los hermanos Karamazov, al final de la novela; esa fe ciega que materializa hechos extraordinarios como el filmado por Carl Theodore Dreyer en la escena final de Ordet, cuando Johannes irrumpe en la sala acompañado por un niño y obra el milagro de la resurrección; esa es la fe de Jesús en la cruz; esa es la fe de todo enfermo que, sin ninguna posibilidad de salvarse, reza a Dios; esa es la fe por la que se rezaba desde las cámaras de gas, antes de morir; y esa es la fe por la que quién encerraba en las cámaras de gas a unas inocentes víctimas podría haberse arrepentido décadas después para pedir perdón a Dios con la certeza de que sería amado. Como el piloto Robert Lewis, que arrojó junto a sus compañeros la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima desde el Enola Gay y que acabaría exclamando “Dios mío, ¿Qué hemos hecho?”, para después sufrir una transformadora conversión (Metanoia). O el sicario Frank Sheeran, posible asesino de Jimmy Hoffa entre otras decenas de víctimas ejecutadas por orden de la mafia, que acabó buscando la salvación desde una residencia de ancianos, como muestra la adaptación cinematográfica de sus memorias filmada por Martín Scorsese, The Irishman, en una simbólica escena final donde se ve una puerta entreabierta que representa la posibilidad de la redención cristiana mientras suena la canción In the still of the night (En la calma de la noche). Los asesinos son más “pobres de espíritu” y más pecadores que nadie, y para ellos también fue proclamado El Sermón de la montaña.

Para concluir: ¿Dónde estaba Jesús en Auschwitz? La respuesta: en la Cruz, por toda la eternidad.