Como cada 20 de noviembre, al poco de sonar las cero horas que marcaba el inicio del día, en la soledad de mi cuarto de trabajo, leí, una vez más, el Testamento de José Antonio y lo hice, como siempre buscando la esencia de su contenido, el postrer mensaje de un español de honor; de un  español valiente; de un hombre con dignidad, amante de su patria; de alguien que sin rencor ni odio hacia nadie se va a enfrentar, a su treinta y tres años, a una muerte injusta provocada por la saña de unos y la antipatía de los otros; de un hombre que incluso tiene palabras de perdón para sus ejecutores; de alguien que sabe, a ciencia cierta, que cuando la bala asesina le siegue la vida se va a reunir con los camaradas que entregaron, antes que él, la vida por España. Qué gran lección de hombría, de valor, de dignidad, de patriotismo de la que tendrían que aprender, caso de tener entendederas para ello, cosa que dudo, estos mediocres políticos, de un lado y de otro, que hoy nos están llevando a la más desgraciadas de las ruinas.

Tras la lectura, la reflexión en silencio, rodeado por las sombras de la noche. Cuántos 20 de noviembre celebrando el “Día del dolor”, escuchando algunas de las consignas de nuestro viejo ideario falangista, aquellas lecciones que nos hablaban de Patria, justicia y pan y después, en silencio, ante la Cruz que recordaba a todos los caídos por España, el sencillo gesto de una breve oración previa a depositar una corona de laurel, al igual que en aquellos atardeceres campamentales en los que, tras arriar las Enseñas, recordábamos a todos los que habían entregado, con generosidad, su vida por el ideal común: nuestra Patria.

Aquellos 20 de noviembre, en mis años de pertenencia a la O.J.E., en el patio de la prisión provincial de Alicante, al despuntar un nuevo día con la brisa mediterránea acariciando nuestros juveniles rostros, entonando, emocionados, el Cara al Sol ante la Cruz erigida en el lugar exacto donde había caído José Antonio, donde había entregado con generosidad su vida por España.

Jamás he dejado de leer, en una jornada como esta, el último texto escrito por José Antonio, su legado para la historia, su sueño de una España mejor, más justa, más libre, sin odios, sin rencillas, sin rencores, una Patria común para todos, sin banderías políticas, sin consignas interesadas venidas de más allá de nuestras fronteras.

Vivimos tiempos complicados, extraños, tiempos que parecen querer revivir los instantes más tristes de la reciente historia de España; vivimos tiempos en los que la mentira, la indignidad, la traición y la cobardía se han convertido en los adalides de una sociedad dormida, amedrantada, de una sociedad que ha dado la espalda a los valores eternos con la excusa de un pretendido bienestar del que jamás gozará por el mero hecho de que no sabe ni quiere ser libre.

Ojalá, muchos como yo, de un bando y de otro, hiciesen el ejercicio de leer en silencio el último mensaje de José Antonio y fuesen capaces de dejar, por una vez, de ver la vida con un solo ojo, es igual que sea el izquierdo o el derecho, y mirarla de frente con los ojos del corazón para ver la realidad de nuestra Patria, una España que se desangra, que está muriendo por la animadversión y el odio de unos y la cobardía cómplice de los otros.

Vivimos tiempos en los que unos desalmados, con la excusa de reescribir la historia para borrar de ella sus indignidades, sus latrocinios y vencer una contienda que perdieron, se quieren llevar por delante no solo una época de progreso sinigual para España, sino también la memoria de los mejores españoles que supieron entregar su vida por la Patria con una sonrisa en los labios, gritando ¡arriba España! Qué distintos que aquellos otros que, con el rabo entre las piernas, después de robar lo que era de todos los españoles, se embarcaron poniendo rumbo a otras tierras para vivir a cuerpo de rey en un pretendido gobierno en el exilio. Esa es la gran diferencia entre los que saben morir por España y los cobardes que desconocen otra doctrina que no sea la de aprovecharse de España para su provecho.

Un año más, he leído en silencio el testamento de José Antonio y a su conclusión puesto en pie, recé, rodeado del silencio de la noche otoñal, una oración antes de gritar, en la soledad de mi cuarto, ¡José Antonio!, ¡presente!

Levantemos contra la poesía que destruye, la poesía que promete.

¡Arriba España!