La devastación causada por el Covid, de cuya existencia y efectos no dudan los cuerdos, se utiliza por el poder socio-comunista como un telón con el que camuflar la realidad a la sociedad española. Presa del miedo al contagio, y de los múltiples problemas que este acarrea, la sociedad española, envejecida, ninguneada, maltratada, se autoconfina en sus casas con la misma precaución con que los israelitas lo hicieron en las suyas, cuando eran esclavos del faraón, para evitar ver morir a sus primogénitos según una de las plagas anunciadas por Moisés.

Yo no pongo en duda, como he dicho, ni la presencia del virus ni sus efectos. La muerte sobrepasa, según las estimaciones, los sesenta mil fallecidos; ha causado estragos a nuestros mayores, barriendo las residencias donde, desafortunadamente, muchos se han visto obligados a recogerse sin otro amparo que el calor y la atención de prepago. Olvidados despóticamente por los responsables políticos, maltratados en muchos casos por algunos desalmados camuflados entre el personal que los atiende, el Covid apagó sus últimos alientos para contagiarlos de muerte temprana, y los dejaron sin despedirse, sin quejarse, porque les fue negado incluso el lamento; sin la dignidad con la que debe morir un ser humano. Morir no es una crueldad. La línea que separa la vida de la muerte es fina, y frágil. Una barrera que no representa un obstáculo difícil de batir. El problema es la manera de morir, la forma en que dejas de estar, aunque nunca dejes de ser. Lamentablemente, ellos son el objetivo principal de cada oleada.

Este virus es una incoherencia. Cientos de miles de expertos, pero anónimos, han opinado bajo el filtro de los políticos y todavía no sabemos nada sobre él. Hablan de vacunas como quien habla de juegos florales, pero nadie nos ha dicho cómo saltó desde la ciudad china de Wuhan a Europa sin pasar por Pekín o Shanghái, por citar dos grandes superpoblaciones. Tampoco sabemos por qué atacó con violenta saña a la población que supuestamente tiene los mejores hospitales, la civilización más desarrollada, las mejores infraestructuras sanitarias y el mejor nivel de vida en general. A nadie le extrañó que el Ébola surgiera en África, o que algunas enfermedades infecto-contagiosas, se desarrollen en el trópico, por las condiciones medioambientales. Pero nadie ha preguntado a uno de esos cientos de miles de expertos que forman parte de los comités científicos, por qué aquí, en el que se supone que es el mundo más avanzado, más protegido, más desarrollado.

El Covid nos ha desnudado pero no lo ha hecho solo. Los expertos (no me refiero al ministro Illa, el lánguido, ni a su compañero Simón, el funambulista), asoman a los medios de comunicación para advertirnos una y otra vez sobre el peligro de hacer vida normal, que es, por otra parte, lo más normal que una persona puede hacer: trabajar, disfrutar, dormir, soñar, comprar, comer, jugar, disfrutar con un espectáculo… en definitiva, vivir. El Covid ha paralizado la vida cotidiana. La Administración, el comercio, la hostelería, la sanidad… todo queda a un lado por la pandemia. Es como si nos estuviera vedada cualquier actividad que no estuviera relacionada con el Covid.

Y paralelamente, ocurre que las autoridades, tan enérgicas a veces, parecen poco sensibles a la realidad que rodea a los españoles. Sabían lo que se nos venía encima, y no tomaron medidas. Sabían y anunciaron que habría una segunda oleada, y siguieron sin tomar medidas. Deberían haber habilitado un hospital de campaña para concentrar en él a los infectados por el virus, y dejaron que se llenaran las UCI de los hospitales regulares para impedir que otros enfermos, que también las necesitan, pudieran ser atendidos. Se han tenido que anular quirófanos, consultas y las atenciones diarias por culpa de una deficiente programación, y se han tenido que habilitar gimnasios y bibliotecas para alojar a enfermos del Covid.

Pero es que, además, ajenos a la situación de extrema gravedad que estamos viviendo, no han dispuesto ninguna medida de seguridad con la que poder controlar la infección, como el control en aeropuertos, estaciones de tren y autobús, controles en las ciudades y en otras zonas. Tampoco han arbitrado medidas fiscales y económicas de ayuda a los autónomos, pequeños empresarios y trabajadores afectados por la situación.

No han protegido las fronteras, ni han reducido la llegada de pateras. Desde este verano se sabía que un par de miles, al menos, de embarcaciones esperaban en los puertos mauritanos para transportar a miles de migrantes, como dicen ahora, a las costas españolas, a las de las islas Canarias en concreto. Dicen que han llegado ya varios miles, mientras la situación en Arguineguín, por ejemplo, es insostenible, ante la indiferencia de las autoridades nacionales y la desesperación de las locales. Pero es que el problema no es solamente la llegada de esas personas cada día, sino lo que estas personas representan. Ya no son los chicos de los países del Sahel, pobres, hambrientos. La infiltración constante es una inyección social que puede tener muchas y graves consecuencias en un futuro no muy lejano. Ante la indiferencia, o la colaboración de los miembros del Gobierno.

Mientras el Covid es el demonio, con cuernos y tridente, que sacrifica la vida de muchos españoles y amenaza con dejar maltrechos a los que no mueren, el Gobierno consigue llevar adelante sus propósitos sin oposición alguna capaz de pararle los pies, arbitrando medidas que nada tienen que ver con la pandemia y sus consecuencias. Ha permitido que separatistas y anti-sistema negocien los presupuestos que nacen de nuestro dinero a través de los impuestos, y ha complacido a sus socios de Bildu movilizando a los presos etarras que cumplen condenas por asesinato. Nadie le ha facultado para perdonar en nombre de todos.

El miedo, fantasma escénico, ha conseguido que los españoles se protejan con una mascarilla, tras la que esconden también su impotencia, formando parte de una sociedad amordazada a la que no le quedan ya arrestos para decir basta. España no funciona.