Este artículo no es un argumentario académico de tipo filosófico, sociológico, político, o antropológico, ni mucho menos. Simplemente es una descripción superficial acerca de ciertos elementos que en la sociedad actual afectan a la vida cotidiana del ciudadano de a pie, del hombre común que no entra ni puede, por distintos factores, ponerse a valorar el porqué de su triste situación en un mundo que parece ser cada vez más injusto, hipócrita e inhumano.

Aunque no lo sepan o no quiera saberlo, asuntos de tipo político determinan la vida cotidiana de las personas, como es el perder el trabajo, conseguir uno, salir o no de casa, ponerse la mascarilla o quitársela cuando le dejen las autoridades competentes y comités científicos cualificados.  La política, los políticos, los partidos, la izquierda, la derecha, el centro, las elecciones, las tertulias matinales, los discursos, los telediarios y las redes sociales se han vuelto cada vez más odiosas, crean “mal cuerpo”, enervan, hacen daño, alejan a las personas más que la distancia social decretada por la OMS.

Mejor pasar”, “es más sano”, “deja la radio la tele o el móvil”, lo dicen miles de personas que bienintencionadamente aconsejan a los que aún se encuentran inmersos en ese mundo de vértigo informativo. Y llevan razón, les entiendo perfectamente. Un cierto espíritu de supervivencia llama a refugiarse, a batirse en retirada de ese territorio hostil en el que se convirtió la actualidad. “Pasa de la política” es el consejo. Pero el problema es que la política no pasa de la gente, sino que no deja de hacerlo ni un momento, lo sepa o no, lo quiera o no.

La imposición silenciosa, lenta y constante del pensamiento único de lo políticamente correcto que ha horadado la sociedad occidental, sobre todo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y su aceleración descontrolada de hoy, determina el momento actual.  Y no hablo de partidos políticos, sino de políticas, ideologías y la cosmovisión de la sociedad políticamente correcta que describe esa idea general del mundo y su época, de la realidad, las creencias y modos de ver la cultura.

Veamos algunos temas de ese maremágnum del llamado progresismo, que parecen indiscutibles e incuestionables: la ideología de género, el cambio climático, el homosexualismo, la cultura LGTB, el pansexualismo, el veganismo, el ecologismo, lo sustentable, el animalismo, el feminismo, la diversidad cultural, la inmigración, los refugiados, etc… La corrección política no escapa de la visión de una abuela de un pueblo perdido, pasando por los textos escolares, las series de televisión, la publicidad privada e institucional y se manifiesta también en la sonrisa de las cabezas parlantes del telediario presentando las coloridas carrozas del día del Orgullo Gay.

Greta_monigote

La vieja izquierda marxista mutó hace tiempo, hipócritamente, en progresismo y asumió lo políticamente correcto, como la manifestación canónica de una religión sin Dios, donde el hombre (la mujer y demás variedades sexuales también…) ocuparon su lugar. La promesa del maligno “seréis como dioses” los ha impulsado también ahora hacia el transhumanismo. La ideología termina así convirtiéndose en patología negando la naturaleza misma del ser humano.

Los líderes políticos de la izquierda -y no solamente-, propagandistas mediáticos, los llamados formadores de opinión que antes no se quitaban de la boca al proletariado, la clase obrera y a los hijos del pueblo oprimido, ahora fueron reemplazado por los colectivos minoritarios, sexuales, raciales -también llamados por ellos mismos racializados-, mujeres, animales, inmigrantes, delincuentes víctimas del sistema, etc… La vieja izquierda hizo un viaje sin retorno de la dictadura del proletariado de Marx y Lenin a la dictadura del tecno-lumpenproletariado de Soros y Greta Thunberg; con los restos de hormigón del Muro de Berlín han construido los muros de las mansiones de los millonarios rojos, mejor dicho, progresistas. Y les funciona, de momento.

El que disiente del pensamiento único y oficial, inspirado, avalado protegido y financiado incluso por organismos internacionales en teoría neutrales y supuestamente de prestigio, es inmediatamente deslegitimado, acusado de las diversas fobias e ilegalidades al orden establecido, llegando a cosificarlo, perdiendo así todo derecho fundamental. No hay nada peor en la sociedad actual que quedarse fuera del coro, salirse del rebaño, perder el lugar del sofá delante de la plataforma de moda y no poder comentar el último capítulo de la serie de la que todos hablan en el grupo de chat de WhatsApp.

Hablamos de patología y no ideología cuando se rechaza la realidad sistemáticamente y se entra en un mundo paralelo acorde al gusto personal de cada uno. La sociedad desaparece y la comunidad y los principios ancestrales y trascendentes se vuelven algo paleontológico. La corrección política del llamado progresismo llevó a la abolición de la verdad, al relativismo absoluto, a la inversión del sentido común, al placer instantáneo, al hedonismo absoluto, al egoísmo de mala conciencia que se compromete fervientemente con una causa ajena y lejana y niega la mirada al próximo en apuros. Cuando no se guarda el límite del respeto al otro porque primero estoy yo y los míos, eso sí, siempre encajando en el modelo uniforme acorde con las “mayorías de progreso”, es que vivimos en una sociedad que carece de salud.

No olvidemos que la clave de la sanación es asumir siempre la enfermedad y que es mejor prevenir que curar. En política también es así.  Deberíamos replantearnos la relación con ella, antes que tengamos que dejarla de lado por necesidad de supervivencia y salud mental.