Aun en el caso de que lo que estuviera llegando fuera por hambrunas, guerras o persecución, deberíamos mantener un criterio firme de entradas desde la consideración de que la miseria que sufre gran parte del mundo, y que afecta a millones de personas, no va a reducirse, a menos que nos tomemos dicha cuestión como un reto moral. Y si es un reto moral, tendríamos que comenzar advirtiendo la inoperancia de la globalización con sus múltiples instituciones, complejas, de exagerada burocracia y de un funcionalismo impersonal.  

    Respecto de la primera idea apuntada decir que se necesita revisar el propio concepto de desarrollo, que ciertamente no puede limitarse a satisfacer sólo las necesidades materiales mediante un aumento de los bienes, sino que debe ser un progreso orientado al bien integral de las personas en sus diferentes contextos, mediante programas de desarrollo y medidas de respeto a la naturaleza. No otra cosa que una visión del bien común integral. Y en relación a la segunda, considerar erróneos los llamamientos a la invasión de Europa, porque la acogida no es la solución salvo en casos concretos, como sería la persecución de los cristianos en determinados países musulmanes. Algo que sigue sin ver el cardenal Jorge Mario Berglogio, un tipo lleno de prejuicios, partidario de destruir Europa, continente que no le es muy simpático.

    De lo dicho se desprende que tenemos que adquirir un compromiso serio con la situación que comentamos, hoy absolutamente desbordada. De ahí la necesidad de implementar las condiciones necesarias que hagan posible un auténtico desarrollo en esas partes del mundo, cuyas gentes son incapaces de desarrollarse como es debido, y que no parece que tengan intención. Un reto y una necesidad para nosotros, cristianos-católicos-occidentales, como respuesta al reto al que nos convocó san Juan Pablo II: “el progreso se concreta en un ejercicio de amor y de servicio al prójimo, especialmente a los más pobres”.

    Respecto de la otra cuestión, la llegada masiva de gentes, mayormente varones con edades comprendidas entre los 18 y los 45 años, que agravan una situación de por sí ya grave, y de la que sin duda nos lamentaremos de aquí a no mucho tiempo con un aumento espectacular de la inseguridad y de los delitos relacionados con la libertad sexual, mayormente el delito de violación. 

   Y eso, de que la prostitución en España es una actividad legal que mueve, según informes del Ministerio de Hacienda de hace cinco años, 3.700 millones de euros anuales a través de un ejército de prostitutas de todo el mundo que se calcula lo forman 13.000 mujeres repartidas por toda la geografía de España. Siendo que ya somos el noveno país del mundo en esta lacra, sólo por detrás de la República Dominicana, Camboya, Países Bajos, Kenia, Filipinas, Colombia, Indonesia y Cuba. Un negocio degradante controlado por mafiosos extranjeros, y al alza, proveniente del llamado “efecto llamada”, que en Madrid se puede ejercer a plena luz del día, en el mismo centro de la ciudad, como es el caso de la calle Carretas, a escasos metros de una comisaria de Policía. Siendo que ni siquiera el famoso “Plan General de Regulación del Comercio del Sexo” se ha llevado a efecto en ninguna ciudad de España.

    Por tanto, no seamos ilusos, porque, aunque la prostitución sea hoy en España un fenómeno masivo y pujante, que no ha dejado de crecer a un ritmo absolutamente desproporcionado respecto a su demanda, y que esté formada por un ejército de mujeres de todas las etnias y culturas, no podrá dar satisfacción a todo lo que está entrando: a todos esos individuos que sólo llegan con el rabo entre las piernas y que no podrán pagarse el fornicio.