Hace muchos años leí una novela de Alberto Moravia, La Romana. En ella la protagonista decía que el odio, el rencor, la envidia… son sentimientos que producen una cierta sensación desagradable, dejan un poso de malestar interior. Me pareció un pensamiento de una profunda sabiduría humana, y desde entonces procuro eliminar lo más posible todos los sentimientos de odio, rencor y envidia.

 

Además de esta motivación de tipo general, en el caso de Amancio Ortega, y los otros de su clase, existen motivos de mucho más peso para que no sienta la menor envidia. Esos motivos se fundan en un terreno que podemos llamar religioso, en las creencias más profundas que nos guían a los seres humanos.

 

Mucha gente se proclama atea, pero la realidad es que ateos de verdad hay muy pocos. La inmensa mayoría tenemos nuestros dioses o nuestros diosecillos en los que confiamos y son los que orientan nuestras vidas. Es evidente que el gran dios de nuestro mundo es el dios dinero. No es un dios creado por la tecnología moderna, ha existido siempre. Ya Jesús de Nazaret, en su evangelio afirma rotundamente: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Lo presenta como el rival, la alternativa al Padre Dios que Jesús anunciaba.

 

Por unos motivos o por otros, a lo largo de la Historia el culto al dinero ha tenido que disimularse, justificarse de alguna manera.

La avaricia, la ambición no se consideran virtudes ni mucho menos. Pero con el triunfo del capitalismo el dinero ha pasado a ocupar abiertamente el trono del mundo. A él se sacrifica todo, incluso millones de vidas humanas

La avaricia, la ambición no se consideran virtudes ni mucho menos. Pero con el triunfo del capitalismo el dinero ha pasado a ocupar abiertamente el trono del mundo. A él se sacrifica todo, incluso millones de vidas humanas. De él se espera la felicidad, la seguridad, la libertad. Él da sentido a las vidas de sus adoradores.

No es, pues, nada extraño que todos los adoradores del dinero sientan una gran admiración y envidia por todas las personas que se las han arreglado para conseguir los favores de ese dios y han amasado fortunas fabulosas. Los envidian, sienten profundamente no estar en su lugar y, en la medida de lo posible, tratan de conseguir alguna pequeña dádiva del dios.

 

En cambio, los que seguimos poniendo nuestra esperanza en el Dios de Jesús, y tenemos presentes sus palabras: “¡Ay de vosotros los ricos!”, “Mas fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”, pues mucha envidia no podemos sentir por esas fortunas deslumbrantes. Y si fuéramos realmente fieles al espíritu del Evangelio, más bien sería compasión lo que deberíamos sentir por ellos.

 

Además, cuando ya somos de edad avanzada inevitablemente sentimos cercanos los versos de Antonio Machado:

 

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Y yo desde luego no siento envidia, sino pavor ante la idea de subir a esa nave cargado con todos los millones de Amancio Ortega.