Hace ya muchos años que el PP es una organización vacía de principios y cautiva de la izquierda, dedicada además a engañar con alevosía a sus votantes más desprevenidos. Sólo si desaparece o se regenera, escapándose de la tutela globalista y enfrentándose a ella, lo cual es hoy una quimera, podrá servir a España, pues con su pensamiento y estructura actuales, supone un grave obstáculo para nuestra liberación.

Sólo su ausencia, o su utópica reconversión en un grupo hostil al Sistema, nos valdrían en esta hora crucial, que acecha con inquietud el surgimiento de un ente colectivo de poder, capaz de eliminar todos los hitos evolutivos que han hecho de España un paradigma de democracia frenopática, muy al gusto de este siglo XXI regido por dementes y delincuentes.

Los plutócratas y sus esbirros frentepopulistas, a modo de Brujos de la Tribu, adoctrinan a los renovados «hashshashin» del terror leninista/estalinista, a los chaperos y sadomasoquistas sexuales del nuevo orden social, y al resto de esta horda de vagos subsidiados y depravados enloquecidos. El caso es que el PP actual, que forma parte de este perverso tinglado y que debiera estar dando las últimas bocanadas por el bien de España, otea en el horizonte, con la aquiescencia de sus amos, la posibilidad de volver a gobernar.

¿Cómo, se preguntarán algunos, si no cuenta con mayoría suficiente? Pues muy sencillo: consiguiéndola mediante la recurrente y socorrida fórmula de «o yo o el caos». Porque pretende seguir jugando al juego aparente de ser el remedio contra la izquierda. Es decir, o salgo yo o seguiréis bajo la política desestabilizadora y disolvente de las izquierdas. Y ocultando, por supuesto, que el juego tramado en las alturas confraternales se reduce a «policía bueno y policía malo».

Ante esta pretensión, y dejando a un lado a sus votantes clientelares y sectarios, que también los tiene en abundancia, sus seguidores debieran abrir por fin los ojos y concluir que ese caos que intentan restañar engañosamente está tanto en sus propias filas como en las de las izquierdas resentidas y que, como éstas, nunca ha sentido repugnancia, sino afinidad, con la variopinta corrupción que nos asfixia. Ello, sin mencionar, además, su encogimiento a la hora de arrojar el venablo para acabar con el dragón en las múltiples ocasiones que las circunstancias le ofrecieron, algo a lo que, si hubiera tenido voluntad, pericia y buena fe, estaba moralmente obligado y parlamentariamente posibilitado.

Si esta insuficiencia histórica -nefasta para la España de la Transición, y consistente, en síntesis, en mirar siempre al banco de la izquierda para recibir la condescendencia de la turba roja- podía verse hace una década como un «miedo al desorden», en la actualidad, ya todos desenmascarados, sólo puede entenderse como una servidumbre al marxismo cultural y al globalismo de los poderes fácticos, y es con estos méritos hispanicidas con los que aspira de nuevo a entronizarse en la Moncloa.

Sería terrible para España que, una vez más, siguiendo el paralelismo de los votantes de las izquierdas resentidas, los ciudadanos de derecha reeligieran al PP, y con su decisión premiaran la infidelidad y el colaboracionismo con la antiespaña, olvidando de paso que la derecha de la casta partidocrática hace años que perdió razón y rumbo, entre oportunistas e izquierdistas, de la mano de Soros y Cía. Que intelectualmente perezosa o negada, incapacitada para las nobles empresas, era cuestión de tiempo que se dejara arrastrar por el odio guerracivilista e irracional de los frentepopulistas, además de por las megalómanas estrategias de las Grandes Sectas.

De tanto querer aniquilar a VOX -referente parlamentario de los votantes de espíritu libre-, el PP ha acabado desfigurado en el espejo, y los que en algún momento pensaron que en Génova se hallaba la solución, tendrán que reconocer ahora, si algo de sensatez les queda, que votar a la gaviota es como tratar de sacar pedos a un asno muerto. Hoy, en España, sólo hay un modelo de Estado, de sociedad y de convivencia: el impuesto por el NOM. Y, al acecho y como excrecencia suya, el modelo de sociedad bolivariano con el que las izquierdas resentidas pretenden iluminarnos.

De ahí que esta derecha pepera, desleal y corrupta, incondicional a tal modelo, suponga una mala noticia y un peor ejemplo para aquellos que creen en el histórico canon de vida occidental. Porque es evidente que el PP, sobre todo en esta última década, no ha sido capaz de comprender la realidad social y política de España, ni de asumir sus necesidades legítimas y, en consecuencia, incapaz de construir un partido a la altura del desafío, representativo y homogéneo, hábil para aglutinar en su torno a todas las sensibilidades conservadoras.

Poco a poco, el sector oportunista del PP, que ha resultado mayoritario y sustancial, ha ido abandonando ideas y principios para sustituirlas por tácticas desleales y estrategias globalistas, mirando de reojo, como digo, a las izquierdas resentidas para que estas le perdonen la vida, lo que no van a hacer nunca, y haciendo lo mismo con un determinado sector de la sociedad, próximo al feminismo y a la ideología de género, para que éste los vea como un partido afín a su desnaturalizada visión de la existencia.

¿Y qué han hecho con sus votantes de siempre, con cuyo apoyo lograron el Gobierno?  Pues despreciarlos, ignorarlos, traicionarlos… sabedores de que si les convencen de no haber otra salida les seguirán votando. De ahí su encono con VOX y lo que creen que éste simboliza: la regeneración que ellos no desean hacer. Por eso todo su afán estriba en que dichos votantes, cuyo destino consiste en ser traicionados una y otra vez, vuelvan a taparse la nariz a la hora de depositar la papeleta, prefiriéndolos a la debacle que supondría dejar que gobiernen el país cualquiera de los otros.

Mas todo tiene un límite. Y el continuo retroceso de este PP quintacolumnista ha conseguido que se halle tan menguante en su credibilidad como prostituido en sus principios, hasta el extremo de que, si muchos de sus habituales votantes ya lo saben, otros muchos tienen muy cercano el descubrimiento de que España viviría mejor sin él. Una evidencia que está asustando al habitual cortejo de aprovechados, aquellos que, formando un entorno sumiso, quisieran mantener eternamente el actual statu quo, porque no tienen garantizada la propia supervivencia si no es recogiendo las prebendas que el Estado o el NOM reparten a los demócratas de la política.

A modo de resumen puede decirse que el mejor síntoma de la situación del PP es contemplar la imagen de su líder y de sus mandarines. Tristes bultos desprovistos de ética y de estética, ruines de espíritu, sin aliento político creativo ni fuerza de noble porvenir. ¿Puede apoyarse algo así?