Las elecciones autonómicas de Andalucía de junio de 2022 han supuesto un auténtico cataclismo sociológico, hasta el punto de provocar un vuelco histórico en el mapa electoral andaluz, de tal forma que, en el principal granero de votos del socialcomunismo, la derecha ha arrasado, logrando una victoria rotunda y sin paliativos, mientras que la izquierda ha sufrido una auténtica debacle. Es cierto que en las elecciones andaluzas de 2019 el PP, con el apoyo de Ciudadanos y Vox, logró la presidencia de la Junta de Andalucía, pero también es cierto que el PSOE, aunque obtuvo los peores resultados de su historia, fue el partido más votado, mientras que Adelante Andalucía, el equivalente regional de Unidas Podemos, obtuvo unos resultados que pueden considerarse relativamente satisfactorios. Sin embargo, en estas elecciones de 2022 el escenario político andaluz ha cambiado radicalmente. Así, por lo que a la derecha se refiere, el PP ha logrado una holgada mayoría absoluta, obteniendo así un éxito sin precedentes, razón por la cual sus resultados se pueden calificar de extraordinarios, mientras que, por su parte, Vox ha visto incrementada su base electoral, atrayendo cien mil nuevos votantes para su causa, si bien sus expectativas no se han visto refrendadas en las urnas, ya que no ha conseguido entrar a formar parte del Gobierno de Andalucía, como era su objetivo prioritario. Por lo que a la izquierda se refiere el panorama es simple y llanamente desolador, ya que, por un lado, el PSOE ha perdido tanto su hegemonía como su suelo electoral, lo cual solo puede considerarse una hecatombe en toda regla, mientras que, por otro lado, la extrema izquierda podemita, representada por Adelante Andalucía y Por Andalucía, se ha desplomado literalmente, convirtiendo ya en tendencia difícilmente reversible su avance hacia la marginalidad.

Son muchos los factores que han influido en estos resultados electorales, unos de índole estrictamente regional y otros de carácter nacional, pero en todos los casos relacionados, por una parte, con el paradigma ético, cultural y económico defendido por cada una de las formaciones que concurrían a estas elecciones y, por otra parte, con el creciente estado de crispación y deterioro por el que atraviesa la nación española como consecuencia de las políticas frentistas en lo social e ineficaces en lo económico llevadas a cabo por el Gobierno socialcomunista.

Así, el PP, encabezado por un Juanma Moreno que ha hecho de la moderación su principal seña de identidad, ha centrado su campaña en la gestión económica y la creación de empleo, huyendo de afrontar la batalla ideológica necesaria para sentar las bases de un cambio de rumbo sociocultural en Andalucía, intentando y consiguiendo transmitir una imagen de partido templado, solvente, situado en el centro del espectro político y alineado con las tesis del postmodernismo progresista actualmente de moda. Si a ello le sumamos el trasvase de la práctica totalidad de los votos procedentes de un partido extinto como es Ciudadanos, más el mantra de la alerta antifascista que, a falta de argumentos más sólidos, ha sido utilizado como argumento central por la totalidad de la izquierda, consiguiendo así que un número considerable de votantes socialistas moderados se hayan inclinado por votar al PP por miedo al ascenso de Vox, pues tenemos el coctel perfecto que explica el por qué los populares han obtenido una victoria tan arrolladora que van a poder gobernar en solitario.

Muy por el contrario, Vox ha optado por centrar su discurso precisamente en desterrar de Andalucía la dictadura ideológica de la izquierda, sin por ello olvidarse de la economía y la necesidad de revitalizar los distintos sectores productivos, sanear las cuentas públicas, mejorar la calidad de vida de los andaluces y sacar definitivamente a la región andaluza del marasmo económico que casi cuatro décadas de socialismo ha provocado. Sin embargo, es necesario reconocer, que su mensaje no ha calado en la medida de los esperado en el electorado, muy probablemente porque el carácter de los andaluces no es dado a discursos tan contundentes como el sostenido por una Macarena Olona que, a pesar de su indudable talento y capacidad, ha estado un tanto histriónica y beligerante, quizás por estar más acostumbrada a la confrontación en el Congreso de los Diputados que a los debates televisivos, en los que además del fondo cuentan mucho las formas. En cualquier caso, no se debe hablar de fracaso ni caer en el desánimo, ya que la formación verde no ha dejado de crecer, pero sí parece necesario acometer un replanteamiento de la estrategia electoral que debería pasar por un fortalecimiento de las estructuras regionales del partido. No obstante, esta reconfiguración regional no significa de ninguna manera la modificación de un discurso cuyas líneas maestras deben seguir siendo hacer de España una nación unida territorialmente, regida por el imperio de la ley, rearmada moralmente, asentada en la seguridad ciudadana, liberada de la inmigración ilegal y próspera económicamente. Por todo ello Vox sigue siendo un partido de vital importancia para España, ya que su influencia en la dinámica nacional, dadas las debilidades ideológicas del PP, resulta absolutamente necesaria para afrontar con garantías de éxito la batalla contra el neomarxismo identitario.

Por lo que respecta a la izquierda en su conjunto, parece evidente que ha dejado atrás su primigenia orientación social, para entregarse a la agenda globalista y al multiculturalismo. De esta forma, ha pasado de preocuparse por las condiciones de vida y necesidades de la clase trabajadora, para centrarse exclusivamente en la progresiva eliminación de los valores occidentales tradicionales a partir de la cesión de la soberanía nacional a la élites políticas y económicas de carácter supranacional que solo persiguen la implantación de un nuevo orden mundial basado en el desarrollo de un materialismo de carácter hedonista sin consistencia filosófica ni referencias espirituales, la conculcación del Estado de Derecho y el permanente acoso al poder judicial, la supresión de derechos y libertades individuales, el control de los medios de comunicación, la aniquilación de la familia,  el adoctrinamiento en las escuelas, la implantación de la ideología de género, la expansión del movimiento LGTBIQ+, el apoyo incondicional a la inmigración ilegal, la reescritura falsificada de la historia y la creación de supuestos enemigos de la humanidad utilizados como elementos aglutinadores de una cruzada de carácter nítidamente orwelliano.

A su vez, en España se da la perversa particularidad de que el PSOE está dirigido por un individuo amoral y a la vez incompetente, como es Pedro Sánchez, el cual, en aras de mantenerse en el poder, ha sido capaz de establecer una coalición de Gobierno con el comunismo más extremo que representa el entramado podemita y dar carta de naturaleza como socios de referencia a los golpistas catalanes y a los filoterroristas vascos. Como consecuencia de todo ello, los andaluces en concreto y los españoles en general, hemos podido comprobar como un Gobierno de España multipolar ponía en jaque la unidad de la nación española (al dar alas a los separatistas mediante el indulto a los golpistas catalanes y la pasividad ante la inmersión lingüística en las escuelas o se concedía beneficios penitenciarios y se permitían los homenajes a los presos etarras), a la vez que contribuía a un notable incremento de la inseguridad ciudadana (en virtud de la promulgación de leyes que socavaban la operatividad de la policía o favorecían la ocupación de viviendas), estando además todo ello aderezado con una pésima gestión económica. Por si todo este andamiaje no fuera suficiente baldón, el PSOE propuso como candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía a un personaje como Juan Espadas, que no era más que un mero figurante, cuyo principal argumento durante la campaña electoral ha consistido en referirse a la corrupción del PP, cuando su partido ha protagonizado el mayor caso de corrupción en España, como es el “caso de los ERE” en el que se robaron a los andaluces la friolera de 680 millones de euros, lo cual como programa de gobierno representa el colmo de la estupidez. Como consecuencia de todo lo expuesto en relación al socialismo internacional, nacional y andaluz se ha producido una lógica desafección de buena parte de un electorado socialista que se ha sentido traicionado y estafado por su propia formación política, lo cual vendría a explicar el rotundo fracaso del “partido sanchista”.

En cuanto al entramado podemita, una vez perdido completamente el espíritu que lo alumbró, inmerso en una espiral de descomposición debido a las permanentes luchas internas derivadas de personalismos egoístas, con un dialéctica infame basada en un discurso del miedo que ya no asusta a casi nadie y unas propuestas políticas enloquecidas que ahuyentan a casi todos, basta señalar que estas elecciones han supuesto la constatación de su imparable declive y su inexorable caída al abismo de la irrelevancia política.

En definitiva, como bien señala el sabio refranero español “A todo cerdo le llega su San Martín” y efectivamente todo parece indicar que el “sanchismo”, como forma psicopatológica de entender la política, está llegando al final del camino, abriéndose de esta forma las puertas de la esperanza para millones de españoles deseosos de entrar en una nueva era donde reine la unidad de la nación española, el Estado de Derecho, la concordia social y la prosperidad económica. Este es el horizonte de posibilidades que se vislumbra en un futuro cada vez más cercano, pero que habrán de esforzarse en materializar conjuntamente tanto el PP, con Alberto Núñez Feijóo al frente, como Vox, con Santiago Abascal al mando.