Ni científica ni éticamente están justificados los ataques contra los no-vacunados. Las amenazas, desprecios y discriminaciones que dichos no-vacunados reciben, sólo ponen en evidencia a sus delatores y estigmatizadores. La libertad de elección en todo lo relativo a los tratamientos médicos no está siendo protegida ni respetada.

El derecho a la protección de la sociedad prevalece sobre el derecho a la libertad del individuo, es cierto, pero sólo cuando existe un peligro real, algo que no sólo no se da en este caso, sino que el riesgo que amenaza a la sociedad ha sido vilmente planificado, originado y difundido por las elites globalistas, por los gobernantes y por los medios informativos y sanitarios afines, que lo mantienen vivo a discreción y para su provecho. Y que podrían hacerlo desaparecer, del mismo modo que lo han creado, si así les conviniera.

Pero ciertos ciudadanos, tan intolerantes como sus dirigentes, parecen ignorar esta realidad, principio de todos los problemas sociales originados por la artificial pandemia, dedicando todas sus hieles a los inofensivos, en vez de afanarse en denunciar a los victimarios. Y a la ignorancia de esta realidad se añade la subsiguiente: que los no-vacunados son asintomáticos, es decir, gente sana, y que la gente sana no contagia, por definición. Ítem más: puestos a buscar indefensiones, son los no-vacunados los que se hallan indefensos ante los vacunados.

Por supuesto, existen millones de vacunados de comportamiento normal en este sentido, que actúan en libertad, urbanamente, respetando la libertad de su prójimo. Por eso, dejando a un lado a los sicarios del Sistema, cuyas presiones hacia los no-vacunados forman parte de la estrategia genocida puesta en marcha por el NOM, con su Agenda 2030, sorprende y destaca más aún si cabe aquella parte de la ciudadanía vacunada, que se muestra beligerante y no respetuosa, precisamente, con el sector social más modélico de las víctimas.

Refiriéndonos a estos belicosos en exclusiva, puede decirse que sólo la ignorancia cobarde, el despecho y la maldad resentida pueden motivar el ataque incongruente y desproporcionado contra las personas que, en el ejercicio de sus más elementales derechos, han decidido, movidos por la reflexión, la intuición o la mera voluntad, no seguir el camino de la inoculación de un fármaco, mal llamado vacuna, del que ninguna institución se hace garante.

Sólo la ignorancia, porque es ciega y no distingue prudencia e imprudencia; y la maldad, porque desea el mal para todos, especialmente cuando comprueba o intuye que su ruindad y su error han quedado en evidencia, pueden ser los motivos de los hostigamientos. Y ello, tal vez, porque los no inoculados componen el inequívoco testimonio de que, en este atentado químico contra la humanidad, es absolutamente innecesario, si no inconveniente, inyectarse un ominoso experimento para sobrevivir al covid, y más innecesario aún realizarlo reiteradamente.

Y porque representan esa certeza, y con su ejemplo rasgan las tinieblas de una oscura confabulación, es por lo que resultan inquietantes, pues su presencia acredita que, más allá de que aún quedan personas capaces de mantener un razonable criterio y no dejarse manipular ni intimidar por los abusadores y sus excrecencias, la actuación de los demiurgos del NOM y de sus esbirros constituye una acción criminal, un universal ataque terrorista, una tenebrosa decisión exterminadora, sólo concebible en mentes y almas enfermas.

Por culpa de la pandemia y por culpa de la oficialidad médica, que ha aceptado con mansedumbre o complicidad, todos los presupuestos políticos que han adulterado los aspectos científicos, la asistencia sanitaria ha dejado de basarse en una relación de confianza entre médicos y pacientes, y la sociedad se ha dividido dramáticamente, impelida por el miedo y por unos obtusos e intolerables agravios comparativos.

Es la ciencia globalista y su parafernalia mediática y política la que ha creado y crea la dificultad, nunca los no-vacunados. Y la está creando a propósito, con premeditación, ventaja y alevosía, interpretando las cosas a su conveniencia, sin reconocerse límites a su necesidad de interpretar arbitrariamente los fenómenos y las enfermedades que viene provocando.

Cuesta más interpretar sus interpretaciones que comprender las cosas, y más explicaciones componen ellos sobre sus explicaciones que sobre cualquier asunto, porque siendo imposible explicar lo inexplicable, sus argumentos son un cúmulo de falsedades, disparates y contradicciones. Por desgracia, la sociedad en general, estupefacta y sobrecogida, no parece inclinada a medir la criminal estrategia de los amos, y muy poco a comentar y tratar de comprender lo que resulta incomprensible para las mentes normales, dado el carácter abominable, por esclavista y genocida, de su objetivo.

Pero esta evidencia no parece verla ese fanatismo ciudadano que se ha instalado en los entresijos de la sociedad y que sólo anatematiza a los más inocentes. Puede decirse, por todo esto que nos ocupa, que la falsa vacuna y la falsa pandemia, han sido paradójica y absolutamente reveladoras, porque a la vista de nuestras reacciones ha vuelto a comprobarse que el corazón humano es, en muchos casos, traidor y perverso; que convivimos ocultos tras engañosas carátulas, sin conocernos realmente, atrapados en una tramoya de doblez.

Y que, en definitiva, en momentos de crisis o de pánico, liberados los bajos instintos y estando la supervivencia por medio, la humanidad en general no distingue la peste de la salud, ni al criminal del inocente. Lo cual nos debiera mover a reflexión.