Tengo el privilegio de haber conocido a algunas de esas personas que son capaces de anticipar el tiempo de la tarde solo con mirar al cielo. Se trata de una tipología social en buena medida extinta: ancianos, cada vez más arrugados, que no tardarán mucho en dejar de poder interpretar las nubes para los demás mortales que apenas si sabemos los nombres de más de seis variedades de árboles. Es un privilegio, como he dicho, que dudo que puedan tener las nuevas generaciones de aquellos que están naciendo ahora: no hay recambio para una profesión tan necesaria o más que la figura del político pero mucho menos abundante. Las nuevas generaciones serán capaces de mirar el móvil, que suele fallar en estos augurios, con toda la habilidad propia del tecnófilo; más serán incapaces de interpretar el cielo como ha hecho siempre toda cultura humana, en busca del futuro inmediato, dentro de unas pocas horas, aunque sea solo para saber si uno debe llevar o no una chaqueta bajo el brazo cuando sale a pasear.

A lo largo del fin de semana arreciaba en Madrid el bochorno de esa forma insistente que suele echar a patadas a sus ciudadanos en busca de playa o de montaña, según el gusto y la economía de cada uno, cuando de pronto ha irrumpido la primera de esas tormentas de verano plomizas y hasta caliginosas que ayudan a respirar mejor. Después de chispear, primero, y de llover, después, durante toda la mañana, se ha quedado una tarde gris y nostálgica, como de película sueca sin subtítulos, en las que se puede oler la tierra mojada de los tiestos de la vecina al asomarse brevemente por el balcón que da a la calle. Para los que a diario atendemos al clima con mayor y más merecida atención que al televisor, estos instantes insospechados de variabilidad sobre el tiempo estipulado son un gozo, un deleite casi infantil y hasta un regalo inmerecido recibido sin ninguna tarjeta adjunta ni remitente alguno.

Escribió Marcel Proust: “Nunca se nos ocurre que tiene alguna relación con que el día ya ha comenzado o que la muerte podría llegar esta misma tarde, esta tarde, que es tan cierto y que cada hora llena de anticipación”. Y bien cierto que es, pero resulta demasiado francés para nosotros. Porque Proust, obviamente, no vivía en Madrid, por desgracia para él. De haberlo hecho sabría que el asunto de la muerte que tanto le preocupaba es indiferente, al menos para quien la sufre, en comparación con el tiempo que hará esta tarde en Madrid para el madrileño. Lo importante es el clima, lo que nunca cesa, lo que no nos pregunta por nuestra disponibilidad ni nos espera si llegamos tarde, la tormenta que irrumpe de forma inesperada y se marcha de manera abrupta. El gran Agustín de Foxá, que nació, escribió, engordó y murió en Madrid, sabía de la belleza particular que el tiempo alcanza aquí, y por eso se lamentaba en sus últimos versos: “Y pensar que no puedo en mi egoísmo/ llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,/ que he de marchar yo solo hacia el abismo/ y que la luna brillará lo mismo/ y  ya no la veré desde mi caja”. Añoraba con melancolía la posibilidad de acariciar levemente una de esas futuras tormentas que te hacen cambiar los planes que tenías y que te dejan gratamente encerrado toda la tarde en tu casa con la única compañía de un sillón confortable y de un buen libro, como pueda ser Madrid, de corte a Checa.

Estos días ha habido una explosión marina en la parte del mar Caspio que se corresponde con Azerbaiyán. La fotografía resulta impresionante de mirar: todo un espectáculo ígneo elevándose, al tiempo de estallar, sobre la línea del horizonte marino. Y con misterio. Se ha hablado de campos de petróleo o de un volcán como posibles orígenes pero nada de eso importa en realidad. Como la pandemia que sufrimos o como la crisis económica en la que seguimos; como la rama o la teja que descalabra a un pobre viandante, solo viene a recordar el regalo gratuito que es cada instante de cada día; cada tormenta solo prevista por unos pocos que aún saben mirar con sabiduría en el techo del mundo. Son las leyes impredecibles —al menos para nosotros— a las que está sujeto el universo y también nuestra gloriosa condición. Se trata de esa forma sigilosa de acercarse que tiene la muerte al despertar de la siesta, justo cuando nos incrustamos en la primera hora de la tarde. O quizás se trataba solo de otra bella tormenta.