Querido Álvaro, partiendo de la base de que no es posible un franquismo sin Franco y de que vivimos tiempos que nada tienen que ver con los de antes, conviene recordar unas palabras del testamento político de Francisco Franco que, más allá de ideologías y fobias, deberían ser baluarte de nuestro país: «No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España exaltando la rica multiplicidad de las regiones como fuente de fortaleza en la unidad de la Patria».

Voluntad utópica 

Ahora invito a reflexionar cuanto de aquello (que teníamos) ha quedado.

A mi juicio, gran parte del error histórico partió de la reforma política de 1977, reforma que nunca fue reforma en sentido estricto, sino una auténtica ruptura con el régimen anterior, tramitada por un procedimiento de urgencia de manera inexplicable, que lo único que pretendió fue deteriorar, desmontar, liquidar y sustituir el Estado nacional por el Estado liberal, en vez de perfeccionar/sanear un sistema que, como poco, había demostrado devolver el pan, la sal, la lumbre y el techo al grueso de la población española y con ello el orgullo de sentirse como tal, generando una época de prosperidad y bienestar jamás conocida. Ni siquiera con el socialismo o con el liberalismo o con la socialdemocracia. Parafraseando al letrado San Agustín, eso son hechos, no palabras.

Yo, por ejemplo, que soy de Cartagena, le diré que no tuvo ningún sentido cerrar las escuelas de aprendices de los astilleros de Bazán, a cambio de nada (como casi siempre); que tampoco tuvo sentido abandonar la política de vivienda de protección oficial que teníamos con el Caudillo que beneficiaba a tantos y tantos trabajadores que, como los de hoy, no podían permitirse un hogar y una vida digna de otra manera. Aquí, en esta ciudad castrense y milenaria, se construían casas (sin hipoteca, ni desahucios) para todos los obreros (hasta poblados completos, incluso) casas para los que trabajaban en la refinería, casas para los de la Autoridad Portuaria, casas para los del sindicato vertical, casas para los de Explosivos Río Tinto, casas para la guardia civil, casas para los militares… La lista podría seguir y seguir.

Ahora, nada de eso existe. Mi generación ya no es una generación de propietarios ni de proletarios. Tan sólo de jóvenes mileuristas (o ni siquiera), casi sin expectativas, consolados con el hedonismo de las redes sociales y cautivos del placer de la servidumbre. ¿Dónde llegará esta generación? Preocupa pensar en unos años.

Si pensamos en las Comunidades Autónomas y las analizamos, su creación fue un error, como el de tantísimos Ayuntamientos con gastos y gastos, que dan votos (detalle importante).

Ya lo advirtió el criticado Franco, denostado y renegado hasta por los que le seguían. Fue un error crear nuevos municipios, al igual que abandonar la política energética e hidráulica de pantanos y embalses y la repoblación forestal, acompañada de la cultura ecológica (algo más que novedoso), capitaneada en televisión por Félix Rodríguez de la Fuente para concienciar al pueblo español.

El caso es que desde que falleciese Franco, devino el olvido de lo bueno y con él, un renegar y un sentimiento de odio. Todo lo que oliese a Franco había que enterrarlo, incluido el Águila de San Juan, el patriotismo y el humanismo cristiano. La justicia social dejó de ser el principio rector del Estado. Desapareció la protección social del Estado hacia el trabajador y hacia la familia como célula primaria natural y fundamento de la sociedad. Se evaporizó el sentido social de empresa, así como la total subordinación de la economía al interés nacional, amén de la organización sindical de los factores de la economía, pese a que ellas habían sido las bases sobre las que se sustentó el Fuero del Trabajo, las cuales alzaron a España al progreso y a la modernidad. Aniquilamos la enciclopedia Álvarez y el mejor sistema educativo que España ha tenido jamás. Quitamos las mutualidades del trabajo, las universidades laborales, perdimos la soberanía eléctrica y la productiva y, lo que es peor, despreciamos la unidad de los españoles y de las tierras de España para adentrarnos en una zozobra de odios y rencores.

No sé si a día de hoy, si será posible un régimen independiente de la Unión Europea y una España un tanto más autárquica, no arrinconada (no me mal interpreten), sino puesta en pie, con su moneda propia, productiva, competente, competitiva, con personalidad propia y dueña de su destino en lo universal.

Lo que sí tengo claro es que nunca se debió eliminar lo que funcionaba porque hay una regla sagrada y simple: lo que funciona no se toca. Y en el régimen anterior marchaban muchas cosas, comenzando por la administración que era eficiente y excelente (hoy es un desastre) y siguiendo por su política social capaz de generar pleno empleo y no como en este siglo de paro, miseria, moscas y odios.

No nos vendría mal a esta sociedad de los realities y las redes sociales, releer aquella última voluntad de no cejar en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España, y ponerla en práctica. Cuánto más ricos seríamos con cultura; cuánto más produciríamos y cuánto más podríamos dialogar, debatir y prosperar.

Parece que hemos olvidado aquello de que sólo quien sabe entre qué decide puede decidir.