Ser mujer y haber sobrevivido en la historia fue, en términos generales, una auténtica gesta. Y, si le apetece, amable lector, le invito a que siga leyendo este breve repaso por dos de las culturas que más huella han dejado en nosotros, además de la del Antiguo Egipto.

En la Grecia Clásica la mujer era, en esencia, una posesión del varón: en un primer momento de su padre, luego de su esposo. En caso de divorcio no había ninguna medida a favor de ella, ni prebenda que procurase su bien; la ruptura se realizaba expulsando a la señora de la casa y abandonándola a su suerte, sin piedad alguna. Además, el divorcio era obligatorio en algunos supuestos, como cuando una mujer era violada. ¿Por qué? Porque había que deshacerse de ellas. Y, si ahondamos más, descubrimos que las penas de adulterio llegaban incluso a las niñas de 12 años.

En el Imperio romano, época de la historia en medio de la cual surge la luz del Evangelio, ser mujer era un deporte de riesgo. La muerte de las pequeñajas era tan común que las pirámides de población en la Antigua Roma no eran como las nuestras, en la que siempre hay más mujeres que varones. En Roma había 131 hombres por cada 100 mujeres, es decir, la tasa de supervivencia de ellas era un tercio inferior a los de ellos. En Italia, la situación fue peor: 140 hombres por cada 100 mujeres, y todavía más cruel en Asia Menor y África. El gran filósofo Séneca, contemporáneo de San Pablo de Tarso, señalaba, por ejemplo, que el hecho de ahogar a un bebé no querido en el momento de nacer era un acto cubierto de razón. Tácito, que es posterior a Séneca, le parecía siniestro y perturbador que se pudiera pensar que no dar muerte a un chiquitín no deseado pudiera acarrear pena alguna, ya que era una práctica habitual y debía ser aceptada.

Afortunadamente, este menosprecio y vapuleo de la mujer sufrió una transformación hacia el respeto. El cuándo y el cómo lo encontramos en aquella Iglesia Paulina del cristianismo primitivo, que ha llegado hasta nuestro tiempo como la gran Iglesia Cristiana, al dotarla de dignidad.

El cristianismo implicó un cambió sin precedentes en la conciencia del pueblo romano, que se percibe en el Nuevo Testamento, no sólo por las seguidoras que acompañaban a Jesús, no sólo porque había casi paridad entre los colaboradores y las colaboradoras de Pablo, (lo cual era algo totalmente impensable en su época), y no sólo porque además las féminas se convirtieron en masa al cristianismo; sino porque con el desarrollo y auge de esta religión vanguardista las diferencias comenzaron a ser notables entre la población civil. Mientras que las mujeres paganas se casaban a los 12 años, se permitió que las muchachas escogiesen a sus maridos y, en vez de casarse a los 12 años, fuese a los 16 o 17 o 18. Una doncella libre y pagana tenía que vender a sus hijos como esclavos para mantenerse y para pagar el alimento del resto de hijos; en cambio, una cristiana disfrutaba de una especie de seguridad social y de una beneficencia, donde la Iglesia tenía a sus hijos perfectamente protegidos por la Comunidad Eclesial. La indisolubilidad del matrimonio hizo, de similar modo, muy atractivo el cristianismo al constituir toda una garantía para las mujeres, puesto que la posibilidad de ser abandonadas era una de las más peligrosas para su supervivencia, siendo, para más inri, la condición de la viuda pobre una de las más dramáticas.

La parturienta pagana cuando tenía una niña era expuesta en el 80% de los casos, o sea, la pequeña terminaba siendo lanzada a la calle para que se la comiesen los buitres o cualquier otro animal, o viniese un tiparraco y la machaque o la tirase a la basura (de hecho, hay cientos de cadáveres de crías en las excavaciones de salones y saunas sociales, que dan buena cuenta de ello). Pues bien, con el cristianismo esa exposición de niñas estaba radicalmente prohibida. El aborto era muy común tanto en Grecia como en Roma y se practicaba con medios rudimentarios, donde la inmensa mayoría de las madres que abortaban sufrían grandes trastornos y otras tantas fallecían; sin embargo, el aborto estaba totalmente prohibido entre los cristianos, las damas casi no tenían mortandad por esa causa. Los cristianos se protegían entre sí, se daban de comer, se socorrían, se lavaban, protegían a sus enfermos, etc., lo que significó un notable aumento de la población cristiana, hasta el punto de que, en algunas comunidades, llegó a crecer en proporción de una a cinco.

Por eso, hoy, cuando con olvido notable y temeroso desprecio a la verdad, se dicen las barbaridades que se dicen sobre el cristianismo, conviene recordar lo que le regaló para siempre a la mujer.