Ahora que tengo tu atención, estimado lector, te animo a recordar el pasado más reciente. Recuerda cuando Pablo Iglesias habló del conflicto entre la casta y la gente, llamando a derogar las reformas laborales[1] (en plural) antes de reconfigurar el tablero entre demócratas progresistas y extrema derecha. Recuerda también cuando, además de designar sucesora pasándose por el forro toda la parafernalia del asamblearismo y la cacareada nueva política, definió a Yolanda Díaz como "la mejor ministra de Trabajo de la Historia de España"[2] y profetizó que derogaría la reforma laboral[3] (en singular) del Partido Popular. Ahí están las hemerotecas para que no olvidemos lo que prometían.

 

La reforma laboral se ha convertido durante los últimos días en un nuevo motivo de discordia entre los integrantes de la coalición progre. Desde hace años y hasta hace poco[4] todos sus integrantes se han manifestado por la labor de derogarla, pero desde que Pedro Sánchez duerme con colchón nuevo en La Moncloa todavía seguimos a la espera de ver cambios en ese sentido. Ni en solitario ni con Unidas Podemos como socios de Gobierno han finiquitado una medida que no dejaba de ser la continuación del camino tomado por Zapatero en su etapa final; es más, incluso escenificaron un pacto público con Bildu alegando que iba encaminado a la derogación de la reforma laboral y, un año después, los terroristas de ETA han sido acercados a Vascongadas mientras la legislación antisocial permanece en vigor. ¡Semejante traición a los españoles ni siquiera ha servido para que la izquierda progre, materialista como nadie, pueda colgarse esa medalla al pecho!

 

Últimamente veíamos un tanto ufana a Yolanda Díaz, que de la noche a la mañana ha pasado de anunciar su derogación[5] a declarar que "no se puede derogar"[6]. Incluso, interrogada por los aspectos concretos que sí pretenden modificar, alega que no estaría recuperar los cuarenta y cinco días de indemnización por despido improcedente[7]. Tal y como ocurrió hace un lustro con Grecia, a la hora de la verdad el podemismo agacha la cabeza ante los burócratas de Bruselas[8]; y el tigre que pintan algunos sectores de la derecha sociológica se revela como un gato asustado. La ministra fashionaria, que según las encuestas es la mejor valorada del Gobierno sanchista, confirma que a este Gobierno le queda muy grande afrontar los problemas reales de los españoles más allá de la propaganda institucional. Habrá quien alegue las negociaciones trimestrales de los ERTE como punto a favor de Yolanda Díaz, como si en Alemania con Angela Merkel (que no es precisamente de Los Verdes) no hubieran aprobado cubrirlos para todo el 2021 desde el año pasado[9]. Al menos a Yolanda Díaz le queda la baza de no estar al frente del Gobierno de España y ser el eslabón débil de la coalición, al contrario de lo que ocurría con Alexis Tsipras en Grecia. Eso sí, sus recientes cambios de postura respecto a la reforma laboral no son su primera mentira: ya hizo mutis por el foro cuando se desveló que no tenía los tres másteres que figuraban en su currículum oficial[10].

 

En cualquier caso, la continuidad de este Gobierno hasta el año 2023 no parece tan garantizada como pretenden hacernos creer y la precampaña electoral a la que podríamos estar asistiendo, de momento, no pinta muy bien para el nuevo Unidas Podemos. Y debemos alegrarnos por ello. La recoalición que agrupa a lo mejor de cada casa de la extrema izquierda posmoderna (el PCE histórico con cargos en la globalista Agenda 2030[11], el ministro en yihad contra el azúcar y la carne, la chupipandi desquiciada de Irene Montero, los flirteadores con el secesionismo, las churris de Pablo Iglesias[12], etcétera), a la espera de recuperar a sus escindidos errejonistas, ha sido tan incapaz de gestionar su propia estructura organizativa que, a su lado, incluso los bilduetarras y rufianes esquerristas de turno se han erigido en partidos de Estado. No obstante, por muy nocivo que sea Unidas Podemos para España no deja de ser un sarpullido en comparación con la raíz de los males que nos aquejan.