Querida España: Es terrible que unos déspotas confinen y esclavicen a todo un pueblo, pero aún mucho más terrible es que ese pueblo lo permita y acepte. En la vida hay caminos de sobra. La cuestión es por cuál de ellos queremos transcurrir. Es la nuestra una sociedad de partes particularmente corrompidas, en competencia las unas con las otras, y la mayor parte plagadas de úlceras envejecidas, incapaces de una curación que por otra parte no parecen desear.

Reunidos los Poderosos del Mundo, en representación de sus respectivas sectas, hermandades y cofradías, trataron de tu futuro y concluyeron: «Vamos, destruyamos su unidad, símbolos y tradiciones, falsifiquemos su historia, hagamos de su sangre un nuevo piélago, perdamos a su gente y, juntamente, borremos para siempre el nombre de su Cristo».

Con inmenso poder, apoyados en sus miserables esbirros, decidieron disolver tu existencia, poner el hierro a la ciudadanía y a la juventud rebeldes, abandonar a los ancianos a su suerte y prender, para después matar o corromper o violar a las doncellas y a la infancia.

Al conocer sus intenciones, volviste la mirada hacia tu pueblo, esperando su airada reacción, pero sólo contemplaste una multitud inerte, que por salvarse de no se sabe qué, acepta el yugo y consiente los abusos y las amenazas de los plutócratas en absoluto silencio, con nauseabunda mansedumbre. Su resistencia a las cadenas del Mal ha perecido. Aborrecen ser hombres y mujeres, no quieren ser personas; se conforman con ser tan sólo un género. Sus vírgenes están en cautiverio. Sus hijos y nietos a expensas de pedófilos y de hordas invasoras, sus nasciturus en vientres corrompidos o ignorantes, matricidas de cualquier modo.

Comprobaste que, entre la mayoría de tu gente, se ignora, deshonra e infama a los templos de la Abnegación, de la Sabiduría, de la Excelencia, de la Probidad, de la Justicia, incluso a los templos de Dios, abandonados ya hace tiempo por sus propios sacerdotes. En tus cuarteles y en tus tribunales, invadidos ambos por la traición y la incuria, reina la desolación; y en tu trono no luce la corona que encarna tu gloria, sino la medalla distintiva del foro de Davos, tu enemigo.

Una ciudadanía convencida de que cuanto más sinvergüenza es un político, mejor se ajusta al paradigma de su oficio, y de que nadie más eficaz para ejercer el poder que un sujeto desalmado. Una ciudadanía encadenada a una Ley de Memoria Histórica que simboliza la vileza y es la consecuencia de la vengativa memoria que poseen la maldad, la traición, la cobardía y la mediocridad heridas por la Verdad. Una ciudadanía que ha olvidado que la historia se hace o se padece y que parece haber penetrado, sin posible vuelta atrás, en el territorio de la deslealtad hacia ti.

Por eso, en la sangre de tus gentes, especialmente en la de nasciturus, infantes y pucelas, prueban los amos y sus sicarios sus dotes infinitas de perversión y de odio. El mismo odio con el que han dividido a la sociedad, sembrando en ella la vejación y el estrago. Y ahora, ahítos sus ojos de esa ruina anunciada, se reparten los despojos, arrogantes y satisfechos porque han logrado con ardides de bellacos lo que no pudieron conseguir frente al valor de quienes supieron defenderte en otras épocas.

Siguen siendo abundantes y poderosos tus enemigos, España, y muchos de ellos se albergan en tus propias entrañas. ¿Quién podrá hacer frente a su opulencia, a su poderosa propaganda y a su infinita malevolencia? Yo lo ignoro. Sólo sé que tus luces se oscurecen; los españoles, tus ciudadanos, esperan temblorosos y enmascarillados en sus hogares el previsto apagón, la llegada tenebrosa de los bárbaros que habrán de rebanarles el cuello con su filo, seducidos por su misterioso poder, anhelantes incluso de sufrir las anunciadas tinieblas, como si su cobardía pidiera al amo que ésta sea ya la definitiva negrura, para despertarse tras ella definitivamente indignos y aherrojados.

Por eso, como en una oración, me dirijo a ti, que en tantas ocasiones has quebrantado al dragón alevoso con tu espada, para decirte, en nombre de los desconsolados ante tu postración: «España de la gloria, España de los ejércitos de la paz y la guerra, España de la Cruz, de la Verdad, de la Razón y de la Justicia, ¿quién ha de salvarte en esta hora? ¿Quién repondrá tus murallas y tus torres? ¿Cuándo tus enemigos llorarán su afrenta?

Sé, España, que no vas a responderme, entristecida y asombrada de esa gran mayoría silenciosa que habita en tu reino, cuyo rasgo de identidad es, desde hace más de cuatro décadas, el amor a las cadenas y a la servidumbre. Sé que esos ciudadanos sin civismo en compañía de sus jefes, los abyectos traficantes sin patria, amargan tus días. Pero confío en que, finalmente, no permitirás que tome realidad el melancólico soneto de Francisco de Quevedo, hoy tan actual, que a continuación transcribo para tu recuerdo. Y que su mensaje crepuscular lo acabes transformando en aquel instinto de supervivencia que, a cualquier precio, siempre ha definido a los patriotas en tiempos de tribulación.

Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados, / por la carrera de la edad cansados, / por quien caduca ya su valentía. / Salime al campo: vi que el sol bebía / los arroyos del hielo desatados, / y del monte quejosos los ganados, / que con sombras hurta su luz al día. / Entré en mi casa; vi que, amancillada, / de anciana habitación era despojos; / mi báculo, más corvo y menos fuerte; / vencida de la edad sentí mi espada. / Y no hallé cosa en que poner mis ojos / que no fuese recuerdo de la muerte.