Sabemos de la manipulación social y política que destruye a propósito cuarenta años de libertad y democracia, pero ignoramos la importancia de la reflexión crítica que deberíamos ejercitar, con humilde constancia, para rectificar las actitudes y frenar la marcha hacia una incertidumbre abisal. Urge la autocrítica, la capacidad de examinarse con espíritu constructivo cuando otros provocan una lenta aniquilación. La sociedad y las instituciones no pueden dejarse llevar a la deriva perdiendo su identidad, su vital razón de ser. 
 
De los destrozos del sanchismo somos todos responsables por acción u omisión. Con los graves desórdenes públicos arengados por los podemitas desde el gobierno que regaló a conveniencia Pedro Sánchez, conviene una reflexión autocrítica de la sociedad española antes de que los acontecimientos acaben por sobrepasar la lógica de la convivencia. Interrogarse sobre este declive cuya culpa recae en un desgobierno criminal, con la responsabilidad añadida de protagonistas institucionales que han permitido un desastre en el que podría incluirse el genocidio. Cuanto más abundemos en los daños generados, más seremos conscientes del grado de irresponsabilidad en mayor o menor medida que a todos nos incumbe. Y si analizamos por estamentos, podremos vislumbrar la expectativa en la respuesta que cada cual debería considerar, para luego actuar con una conjunción de fuerzas democráticas que pongan coto a la deriva destructiva originada por el secuestrador fraudulento de La Moncloa, aliado con múltiples enemigos del consenso constitucional:
 
1- Judicatura: los miembros de los tribunales, el engranaje del motor de la justicia, chirrían no solo por la descarada politización y el atentado a diario contra la imparcialidad, sino también por los errores inherentes al carácter acomodaticio de una Justicia lenta, envanecida, blindada y carente de sensibilidad para contribuir a una sociedad más equilibrada, dinámica y sostenida. La vocación es un espejismo y los tribunales se han convertido en organismos cuya falta de coherencia y sentido común, los ha tranformado en una amenaza para el ciudadano respetuoso con la ley y un coladero de injusticia donde los delincuentes se mueven con soltura, usando como trampolín los dislates y la ralentización de la administración para seguir delinquiendo impunemente. Y la culpa no es del delincuente sino de la ligereza, cuando no incongruencia, de algunos togados en vanguardia política, Montesquieu ha muerto, cuyas sentencias contribuyen a que exista un ambiente hostil en las calles. Una hostilidad creciente cuando además la ley no se hace respetar presentando un carácter voluble y arbitrario que, de manera incoherente, respeta los derechos del criminal socavando los inalienables del inocente sojuzgado. El caso de la ocupación de viviendas es una de las más miserables coyunturas sociales que los jueces permiten, conculcando el sentido común para dar la razón a quienes carecen de ella desde un prisma estrictamente moral. Una aberración que multiplicada por las injusticias que se cometen en los tribunales, ha hecho que el ciudadano honrado haya perdido la confianza en la Justicia asaltada, además, por el más rastrero sectarismo. La permisividad de lo podemita avivando los fuegos de la asonada callejera, con la ley en la mano sentencia la ilegalización; con la Ley respetada y que se haga, por tanto, respetar. 
 
2-Oposición política: desde el momento en que la Oposición cede permitiendo el juego sucio del sanchismo, lesiona la confianza del ciudadano, el único damnificado por la ineficacia de una acción política que no representa el descontento de quienes, llamados a las urnas, observan con estupefacción los erróneos cálculos de los representantes que a menudo traicionan, al igual que Sánchez, los programas electorales por los que han sido votados. Salvo honrosas excepciones no existe lealtad al elector que no olvida las afrentas de la traición. La debacle en dos tiempos de Ciudadanos, en camino va el PP, lo demuestra como el empecinamiento por continuar errando en la confianza elemental que han extraviado. 
 
La falta de una resistencia unida limita la lealtad ante un objetivo común, dispersa el trabajo político y exaspera al ciudadano que observa con impotencia los rifirrafes de quienes deberían velar por los derechos alienados por Sánchez y sus totalitaristas aliados de gobierno. 
 
Falta la autocrítica y sobran las invectivas lanzadas entre sí por los que deberían, al margen de intereses personalistas, ser aliados naturales frente al socialcomunismo que destruye España, ahora en fase de violenta expansión. 
 
Precisamente por la deslealtad al electorado no se dirimen las diferencias que podrían unificar criterios para paliar los perjuicios de un gabinete presidencial. desintegrador como el sanchista. Ahí está la clave de las derrotas del 14-F, al margen del fraude denunciado: antes de ahondar en cualquier estrategia para captar votos, deberían preguntarse el grado de respeto mostrado por los electores. Ésa es medida concluyente para saber a qué atenerse en un plebiscito. La clave que supone la derrota continuada del Partido Popular y de Ciudadanos ante la victoria creciente de VOX, está en la fidelidad con el programa que atrae sus votantes por el cumplimiento ideológico y el respeto hacia el afiliado y simpatizante. 
 
No se explican los palos en las ruedas con intereses personalistas cuando pende de un frágil hilo la supervivencia de millones de estupefactos ciudadanos. La clase política, salvo honrosas excepciones, no merece a quienes confiaron en ella. 
 
En la siguiente entrega de "Urge la autocrítica", abordaremos una reflexión constructiva sobre el Ejército y las Fuerzas de Seguridad del Estado, emblemáticas en el deber de la defensa de la Constitución y la integridad territorial, mas allá de los supuestos de la obediencia debida.