Hasta ahora la tarea del vencedor de unas elecciones generales era bastante sencilla. Si había conseguido mayoría absoluta, todo era pan comido. El líder del partido ganador no tenía más que nombrar a su gobierno y sacar adelante todas las leyes que interesara a los suyos. Si sólo tenía mayoría simple, la cosa se complicaba un poco más. Tenía primero que comprar los votos de los nacionalistas catalanes o vascos, y luego tener cuidado para no hacer cosas que pudieran molestar a estos.

 

Ahora el panorama es mucho más complicado con cuatro contendientes principales en liza. Es verdad que las diferencias que hay entre ellos no son tantas, sobre todo entre PP, PSOE y Ciudadanos (Podemos ha pegado unos bandazos tan fuertes que no tenemos muy seguro por dónde va a salir), pero se ven obligados a “guardar las apariencias”, marcar las distancias con los otros partidos en previsión de unas nuevas elecciones.

Después de haberle llamado indecente a Rajoy, Pedro Sánchez no puede cogerse del brazo con él para repartirse el pastel. ¿Qué dirían los votantes del PSOE si vieran que con sus votos sigue el PP en el poder?

Después de haberle llamado indecente a Rajoy, Pedro Sánchez no puede cogerse del brazo con él para repartirse el pastel. ¿Qué dirían los votantes del PSOE si vieran que con sus votos sigue el PP en el poder?

 

Este lío es consecuencia del clima político que reina entre nosotros. La sociedad española está cabreada con los dos miembros del bipartidismo, el PP y el PSOE, (dos caras para una misma postura: mantener el sistema socioeconómico imperante). Pero, a pesar de ese cabreo con los partidos conservadores, sigue siendo una sociedad fundamentalmente conservadora.

 

Y debemos reconocer que el conservadurismo de la sociedad española es bastante comprensible. Durante más de 50 años el nivel de vida de la mayor parte de nuestra sociedad ha ido aumentando de una manera notable, hemos entrado en la sociedad de consumo y el Estado de Bienestar. Y esto ocurría dentro de un sistema capitalista, mientras el sistema socialista de la Unión Soviética se hundía estrepitosamente.

 

Han sido los años del monstruo amable, del capitalismo de rostro humano y democrático. Y la izquierda no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. La mayoría se ha limitado a una socialdemocracia que, en gran parte, comparte la mentalidad y los valores capitalistas, y acepta su estructura económica. Y, en general, los sectores que siguen siendo conscientes de lo inaceptable del sistema capitalista se han anquilosado en ideas que la Historia ha vuelto rápidamente viejas y obsoletas. Incapaces de una autocrítica seria y profunda que les permita encontrar nuevos caminos para intentar salvar a la humanidad de despeñarse en el abismo de irracionalidad y deshumanización a que la empuja el capitalismo.

 

Ahora, cuando el monstruo se quitó su careta de humanidad y democracia, cuando su amabilidad está desapareciendo rápidamente. Cuando el desastre que supone el sistema capitalista está a la vista de todo el que quiera abrir los ojos, ¿será la izquierda capaz de plantear una alternativa radical, una nueva civilización? ¿O se limitará otra vez a intentar situarse un poco más cómodamente dentro del sistema?