- ¡No puedo respirar! No, no es la traducción del “I can’t breathe” de George Floyd y lema de los antifa, los antisistema, o los racistas antirracistas de “Black Lives Matter”, sino uno de nuestros hijos diciéndolo en el colegio al correr, saltar y hacer flexiones durante la hora de gimnasia con la mascarilla puesta. Está pasando hoy, aquí y ahora en una clase de 20 niños, al aire libre y en un patio enorme donde podría jugarse un partido de La Liga sin problema alguno por las dimensiones del mismo. No encuentro un motivo razonable para que un niño deba hacer educación física con una limitación en la respiración. 

No cuestionaré el uso sanitario preventivo de la mascarilla cuando es necesario ante un enfermo contagioso o en un ambiente cerrado con gente desconocida. Lo que me atrevo a cuestionar es el uso obligatorio de la mascarilla, en todo momento y en todo lugar, decretado por los responsables sanitarios de la misma gestión gubernamental que puso a España a la cabeza del mundo en contagios y muertes en porcentaje a su población. No soy negacionista, más bien desconfiado al ver los resultados, más allá de las palabras, de los políticos y sanitarios que hacen política con la sanidad.

Más allá del cuidado de la salud ante un virus que campa entre nosotros, la mascarilla sanitaria, higiénica, protectora y homologada, parece que llegó para quedarse. Es una intuición más ante la aparición de los anuncios que vemos en los cortes publicitarios de la programación de la televisión.  Por ejemplo, un anuncio como el de Waylet, la App sistema de pago con el móvil de Repsol, que en poco más de 40 segundos nos enseña las ventajas del pago sin contacto con sus alegres protagonistas portando sus mascarillas y guardando las distancias. Todo es tan “normal”, tecnológico y felizmente ventajoso que asusta. No es la única publicidad que nos vende la normalización de la mascarilla en la vida cotidiana. Cada día son más, son persistentes, tienen medios, paciencia y gestionan el mercado del pánico. En ello parece que van ganado la partida al menos aquí, de momento.

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Mansamente vamos asimilando y aceptando la anormalidad con toda naturalidad e incluso con gusto. Nos vamos habituando, acomodando y familiarizando con la nueva normalidad sin fecha de caducidad. Si las grandes multinacionales como Coca Cola invierten millones en sus campañas separando las letras de su logotipo, Audi los aros de su emblema o Amazon y PayPal en spots donde todas las personas en las que aparecen van con mascarillas, es una señal de que esto que estamos viviendo en todo el mundo deja de ser una crisis sanitaria, una epidemia o una pandemia, sino que es algo más y no es pasajero. Si así fuera, las campañas serían diferentes y los mensajes y el dinero estarían en otro lugar.

El marketing y la publicidad no están en sintonía con las necesidades de la gente, sino que las crean. Los que crean las necesidades -entre comillas- poseen herramientas y conocimientos que están más allá del común consumidor. La pandemia del Covid-19 es una oportunidad más para modelar el mercado en sintonía con la orientación de la agenda globalista. Es evidente.

El uso obligado de la mascarilla es un paso más allá en la imposición silenciosa del burka terapéutico global para aceptar y adaptarse amigablemente a la distopía de la pandemia permanente. Se puede respirar cada vez menos, literal y metafóricamente. Fuera de casa con la mascarilla, dentro también. No están dejando nicho social y cultural mediatizado sin contaminar. Lamentablemente la salida de Henry D. Thoreau o Robinson Crusoe no es viable para los millones de seres del planeta.

Nos quieren callados, obedientes y separados en un “brexit antropológico” dictado por la OMS, pero algún día esto acabará. El rostro oculto a medias dejará lugar a la sonrisa, al gesto de esfuerzo y la expresión de satisfacción de conseguir la meta gimnastica en el patio del colegio, a pesar de los sumisos profesores de la publicidad. Con toda seguridad.

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