Siempre me  resulta grato  viajar a Galicia para vaciar mis pulmones de polución y refrescarlos con esas masas de aire fresco que, procedentes  del Atlántico y del proceloso Cantábrico, se funden sobre toda la región en una amalgama reconfortante para el organismo, con esencias de variada vegetación, incienso en combustión y crustáceos y moluscos bivalvos. Y ya después de esta breve introducción, destinada a hacerme merecedor  de  la hospitalidad del pueblo gallego, contaré la razón por la que arribé hace unos días a esta tierra, fecunda en piedras cargadas de historia y de milagros, en  la que, según la tradición, reposan los restos del apóstol Santiago.

Y es que mi destino era precisamente la ciudad en la que se levanta la magnífica catedral que venera a esta gran figura de la cristiandad,  Santiago de Compostela, en cuyo centro histórico se encuentra enclavado el palacio de Rajoy,  un impresionante edificio de corte neoclásico -que no es propiedad de D. Mariano-  en el que tiene su sede la Junta de Galicia, y donde me esperaba para responder a mis preguntas, al frente de su flamante despacho, D. Alberto Núñez Feijóo, el hombre  que inexorablemente será elegido para regir los destinos del Partido Popular en el congreso extraordinario que se celebrará a primeros de abril, a falta de oponentes.

A la hora señalada me presenté en la recepción y un conserje me acompañó hasta el lugar de la cita, dejándome a sus puertas, que estaban abiertas de par en par. Me asomé tímidamente y, al advertir mi presencia, el señor Feijóo me indicó amablemente que pasara y las dejara como estaban, ya que le agobiaban un poco los espacios cerrados. Le rogué que no se levantara y me acerqué yo para estrecharle la mano mientras echaba un vistazo rápido a aquella solemne estancia.

Flanqueada su mesa  por sendas banderas de la Unión Europea y de Galicia, la bandera de España ocupaba un lugar preferente en su despacho decorando un pisapapeles que tenía junto al teléfono. Pero lo que más llamó mi atención fue que la iluminación de la estancia era meramente lateral, mediante plafones que se sustentaban en las paredes. Del  centro del techo no colgaba lámpara alguna: solo sobresalía una cadena que, dispuesta horizontalmente a lo largo del mismo, remataba al otro extremo en  un botafumeiro metálico de unos 50 kilos de peso, que  quedaba allí pendiente a modo de farolillo chino. Tras los saludos y palabras de cortesía de rigor inquirí al  presidente por ese detalle y me explicó la función de tan inusual instalación en el despacho de un político: cuando quería perfumar la habitación apretaba un botón y el botafumeiro se soltaba de su anclaje lateral, balanceándose durante unos minutos con la ayuda de un conserje, que previamente había introducido en su interior incienso u otras hierbas aromáticas. Alabé su ingenio y buen gusto y me senté, por indicación suya, para iniciar mi ansiada entrevista.

         Me fijé  entonces en un expediente, a modo de informe técnico, que parecía haberle  dejado sobre la mesa  alguno de sus colaboradores. Y al estar orientado en dirección hacia mi vista pude leer el título que figuraba en su carátula sin tener que inclinar la cabeza: Cómo acabar con la unidad de España en cuatro años. El Sr. Feijóo pareció advertir mi estupor y de inmediato lo retiró azoradamente  guardándolo en un cajón. Y  no pude por menos que iniciar mi diálogo inquiriéndole acerca de ese extraño cuaderno.

-¿Está usted leyéndolo?.

-Estou folleándoo.

-¿Cómo?

- Perdón: quise decir “hojeándolo”.  A veces se me olvida que estoy con un castellanoparlante y me pongo a hablar en mi lengua sin querer… En cuanto al cuadernajo ése, me lo encontré en un archivador y tenía curiosidad por saber de qué iba y quién lo había escrito, pero es anónimo. Debe haberlo escrito algún socialista, y lo voy a tirar a la basura en cuanto le eche un vistazo.

- Sí, lo comprendo… Por cierto: ya que me hablaba  usted  en gallego, ¿no será a consecuencia de esa política de inmersión lingüística que está implantando en toda la  comunidad, y que está obligando   a  todos los colegiales a olvidarse del idioma español?.

-Bueno, bueno… Yo no les obligo, ¿eh?...Pero ellos verán lo que hacen si quieren aprobar el curso. Porque hablar en castellano supone una pérdida de tiempo que les impide profundizar en materias de mayor enjundia, como la historia de Galicia, su geografía, sus tradiciones  y sus creencias. ¡Pues anda que no hay aquí temas que rascar!: la Santa Compaña, los conxuros contra las  liendres, las meigas, el diaño burlón, el mal de ollo, el meigallo…Y eso solo por ponerle algunos ejemplos. Además,  si queremos dar una formación integral a nuestros  niños para que de mayores sean pastequeiros, menciñeiros, saludadores o feiticeiros, la lengua de Cervantes no nos sirve para nada.

- Pues veo una contradicción entre  su deseo de proteger tanto la cultura gallega y las facilidades que proporciona a tantos inmigrantes sin papeles, procedentes de culturas muy distintas e incluso incompatibles con las de su tierra. ¿No teme que esta política suya -que usted seguirá alentando desde la dirección  de su partido- acabará  por arrinconar la cultura gallega hasta hacerla desaparecer por completo dentro de un potaje multicultural desestabilizador para su tierra?

-De ninguna manera, amigo mío...Tenemos la obligación moral de ser un pueblo de acogida. Forma parte de nuestra tradición. Ahora tenemos previsto acoger en Galicia a dos millones de subsaharianos en los próximos tres o cuatro meses. Afortunadamente aquí no manda Vox, y hacemos lo que nos da la gana. Esa austeridad que proponen esos ultraderechistas es de lo más fascista que he oído en mi vida. Nosotros tenemos que ser solidarios con todos los menesterosos del mundo, vengan de donde vengan y tengan el género que tengan, incluso a las personas no binarias. Y en Galicia hay marisco para todos. Tenga en cuenta que nosotros los gallegos somos un pueblo de origen multiétnico. Descendemos de celtas, de iberos, de vikingos, de romanos y de otros pueblos. Y es que con esa proverbial hospitalidad que nos caracteriza hemos acogido a lo largo de nuestra historia hasta a pueblos bárbaros, como los vándalos,  que huían de los romanos porque éstos estaban hartos de ellos.

- Sí, hasta los suevos.

- Efectivamente: los suevos procedían de los alrededores del mar Báltico y emigraron a Galicia junto a los vándalos, de tan ingrato recuerdo, ya que lo destrozaban todo a su paso. No tiene nada de raro que los romanos, creadores de tan hermosas obras de arte no los aguantaran. Por eso nuestros museos están llenos de estatuas rotas en mil pedazos.

-Sabe usted mucho de historia, Sr.Feijóo.

-De Galicia sí; pero del resto del Estado español tengo que reconocerle que no tanto. Me pierdo al enumerar a los reyes godos. ¡Tienen unos nombres tan raros!... ¿Usted pondría a su hijo de nombre “Chindasvisto” o “Suintila”?. ¿Y qué me dice de  llamarse “Wamba”, como el bollo relleno de crema?... Con uno de esos nombres no me atrevería yo a dirigir el Partido Popular y mucho menos el gobierno de España. Por cierto: ahora que hablo de bollos, ¿quiere usted tomar algo?. Ande, acépteme al menos un cafetito. Yo voy a pedir que me traigan el almuerzo, porque siento un vacío en el estómago que no me deja estar a lo que estoy: me descentro.

-Bueno: me tomaré un café con leche, muchas gracias.

-No hay de qué. Está usted como en su casa. Puede relajarse y cruzar las piernas.

         Tocó un timbre y el servicio acudió solícito a su llamada.

-Traiga para mi invitado un café con leche, por favor.  Y para mí… vamos a ver, vamos a ver…

         Cogió una carta que tenía sobre la mesa y la repasó de arriba a abajo vacilando durante unos segundos.  

- A mí me va a traer una docena de ostras, una ración de langostinos a la plancha, otra de percebes  y un centollo. Luego, si me quedo con hambre ya pediré algo más. Y para beber, media botella de albariño, como siempre.

         Y ya, dirigiéndose a mí, continuó.

-Aquí no nos falta de nada. Yo he heredado esta afición de mi predecesor, D. Manuel Fraga. Daba gusto verle comer. ¡Qué saque tenía!...Me ganaba, desde luego; pero yo, en cambio, no engordo. Quiero que mi escultura tenga mejor prestancia que la suya.

-¿Se está haciendo una escultura?

-Sí, pero no porque yo sea un hombre vanidoso, que no lo soy.  Yo soy un hombre del pueblo, normal y corriente, que tendré muchos defectos y que quizás haya cometido muchos errores; pero también habré tenido algunos “medios aciertos”. Y uno de ellos quizás sea proteger las artes como nadie lo ha hecho hasta ahora. Es necesario apoyar a todos los artistas, sobre todo en esta época de pandemia, que tan mal lo están pasando.  Así que me están haciendo una estatua en bronce a tamaño natural, para la  que poso sentado en un sillón y acariciando una nécora a modo de mascota. Es que eso de empinar una copa de vino y mirar al cielo, como le retrataron a D. Manuel en su estatua de Cambados, me parece más una ofrenda a Baco que el merecido homenaje a un político de tan ilustre recuerdo. Y a mí me gusta la sencillez y la naturalidad;  no tengo ínfulas de grandeza. Mire, mire usted los bocetos de la escultura: deléitese, amigo mío.

         Sacó un libraco de una estantería y estuvo pasándome un rato sus páginas,  haciéndome comentarios sobre los dibujos y fotografías que lo ilustraban y  contándome anécdotas sobre sus tediosas sesiones de pose y de cuando era niño y ordeñaba vacas,  hasta que fuimos interrumpidos por dos camareros que, portando sendas bandejas, entraron en su despacho para servirle a él todos los manjares que había solicitado y a mí mi humilde  cafetito.

-Discúlpeme, pero mientras usted disfruta de lo suyo, yo voy a lo mío; tengo que nutrirme.

         Se puso una servilleta alrededor del cuello y empezó a comer  a dos carrillos mientras me hablaba animadamente sobre las perspectivas que tenía el Partido Popular de ganar las próximas elecciones, ya fuera en solitario o formando una coalición con el partido socialista, si no tenía más remedio. En ese momento se me ocurrió preguntarle por sus relaciones con Isabel Ayuso, más partidaria de pactar con Vox que con los socialistas. Pero fue escuchar su nombre, y como si hubiera sentido de pronto la punzada  de una piedra de afilador alojada en su riñón derecho, sus ojos se alteraron, pareciéndome ver en ellos la mirada incisiva de un cernícalo en el momento de advertir la presencia de una lagartija. Su rostro pasó en segundos de su tono habitual al color rojo carmesí, y con el músculo esternocleidomastoideo de su cuello en máxima tensión,  cerró su puño de golpe sobre el caparazón del centollo que se estaba comiendo y un chorro de líquido viscoso salió disparado hacia  su corbata. Esto fue lo más jugoso de la entrevista. Pero al punto comprendió el Sr. Feijóo que debía mostrarse prudente delante de mí  para no comprometerse ante su electorado y, suavizando sus ademanes con cierta afectación, comenzó a hablarme de Isabel en un tono de lo más conciliador:

-Yo no estoy aquí para dividir sino para sumar. Todos tenemos que arrimar el hombro aportando lo mejor de nosotros mismos, y nadie es más ni menos que otro compañero o compañera. Debemos superar los viejos enfrentamientos, que solo nos debilitan frente a nuestros enemigos a batir, que son Pedro Sánchez por un lado y el populismo por otro. Isabel, sin duda es… es…. es…

         Me pareció que trataba a duras penas de recordar algún texto que algún asesor le hubiera escrito para que lo recitara de memoria. Tras unos segundos de vacilaciones infructuosas, se sacó una chuletilla del bolsillo, la repasó por encima y continuó hablando de corrido, sin volver a titubear:

-Isabel, sin duda, es un gran activo del Partido Popular y, por el momento,  está llamada a desempeñar una gran labor en la  comunidad autónoma de Madrid. Solo el tiempo nos dirá qué otros puestos de responsabilidad  le están reservados en el servicio al partido y, por ende,  a  España; y no es hora de precipitarse anticipando acontecimientos que el azaroso devenir de la historia podría desvanecer antes de que pudiera atisbarse el más mínimo intento de llevarlos a su cabal cumplimiento; y todo ello  por mor de esa poquedad, de esa insulsez que caracteriza al ser humano cuando se confronta, no con sus propios congéneres, sino con la inmarcesible infinitud de la realidad cósmica.

         Dicho esto,  y sintiéndose como mareado repentinamente, se sentó en su butacón, reclinó ligeramente su cabeza y se quedó  dormido durante tres minutos: el tiempo que tardó en recuperar su fuerza mental perdida y volver a ser él mismo en toda su integridad. Entonces pasé a la carga.

-Hablemos de un tema espinoso.

-No hay nada espinoso para mí. Usted pregunte.

-Verá… Dicen los propios gallegos, cuando se desinhiben frente a un vaso de orujo, que el bienestar económico alcanzado en su comunidad desde la llegada de la democracia se debe principalmente a dos factores: el primero, un endeudamiento insostenible que ha dejado esquilmadas las arcas públicas para muchos años; y, el segundo,  la derogación de la legislación franquista que perseguía duramente  el contrabando, sumada  a una política de tolerancia -cuando no de complicidad- con el negocio del narcotráfico, al amparo del cual ciertas familias, conocidas por todos y a la vista de todos, convirtieron a  Galicia en una de las principales puertas de entrada de estupefacientes hacia Europa. Por si fuera poco, circuló hace años una fotografía muy comprometedora para usted a bordo de un yate, lo que no ayuda para  la defensa de su presunción de inocencia. ¿No cree que todo eso le pasará factura en las elecciones generales y que una parte importante del electorado de centro derecha optará por votar a VOX?

La respuesta del Sr. Feijóo no se hizo esperar y no pudo ser más ingeniosa, incisiva y contundente. Con la mayor naturalidad del mundo se limitó a apretar un botoncito y, como consecuencia inevitable del funcionamiento de cierto mecanismo interior, el referido anclaje lateral del techo se abrió dejando que aquel pesado botafumeiro, en caída libre,  recorriera una distancia de 4 metros describiendo un arco de 90 grados justo al golpear sobre mi silla, la cual se desplazó un metro y me arrojó otros tres  más en dirección al pasillo, en el que caí tras atravesar el hueco de la puerta que, como sabemos, se encontraba abierta. Teniendo en cuenta todas las magnitudes mencionadas y conociendo la constante de aceleración (9,8 m/s) puedo calcular, siguiendo las inexorables reglas de la física, que el botafumeiro  golpeó mi silla a una velocidad de  8,85 metros por segundo y con una fuerza de impacto de 1960 newtons. Fuera de estas fórmulas puedo añadir que al caer al suelo me rompí una costilla; pero esto no es cosa de echárselo en cara al candidato a presidente del Partido Popular. Son simples gajes del oficio de periodista, y el que quiera dedicarse a esta profesión, desde la responsabilidad que significa trabajar para la prensa libre, tiene que estar acostumbrado a situaciones ciertamente incómodas.

Y aquí me tienen de vuelta de tan agradable viaje, convaleciente  de mis lesiones y dispuesto a emprender nuevas aventuras periodísticas, tan jugosas o más que ésta, que les invito a seguir en este medio digital que, por cierto, es gratis.