La nueva ley de la eutanasia está planteando, al parecer, algunas cuestiones, en la capacidad de los médicos  para reclamar el derecho a la "Objeción de Conciencia" ; esto es a negarse –legalmente- a practicar o a participar del "proceso" eutanásico",  en el eufemísticamente llamado homicidio por compasión...

En otras épocas sería impensable que los suicidas requirieran –y recibieran legalmente- apoyo humano y científico para cumplir su propósito autodestructivo. También era inimaginable la existencia de "clínicas" habilitadas con el casi exclusivo propósito de destruir  la vida humana antes del nacimiento.o al final de la vida.

 

Todos tenemos conocimiento de escenas dantescas,  desgarradoras, con chicas jovencísimas  practicando un aborto en manos de viejas  brujas curanderas, utilizando  horribles instrumentos que, con frecuencia , llevaban a la muerte tanto al inocente feto como a la inocente/culpable  embarazada.

 

Tras los conocimientos científicos adquiridos a lo largo de la Historia, y tras las enseñanzas éticas, la Medicina  se ha esforzado, con desigual éxito, en curar cuando era posible, en aliviar cuando no lo era, y en consolar siempreLos diversos juramentos y los compromisos personales han salvado a lo largo de los siglos ese comportamiento  en la inmensa mayoría de los médicos, de una u otra ideología, de una u otra cultura..

 

Ahora, en un mundo en el que las verdades coinciden obligadamente con lo que dictan las leyes y, en definitiva, con la opinión de unas determinadas mayorías políticas, hay una tendencia evidente a que la legalidad y los organismos e instituciones que forman la sociedad colaboren tanto en el logro autodestructivo (eutanasia activa o pasiva, colaboración al suicidio) como en la actuación abortiva.

 

En estos momentos históricos, en que la pandemia debida al  virus COV 19 arrasa el planeta y produce unas 300 personas muertas diarios...y a los que hay que añadir unos 300 NoNacidos, estamos en las vísperas de otro , también diarios "eutanasiados".Tal vez no es este el foro adecuado –en este momento tan sensibilizado- para valorar legítima, legal y éticamente dichos comportamientos. Pero si lo es para plantearse si la demanda de implicar a los médicos en esas acciones está legitimada.

 

Es evidente que la misión que han venido realizando los médicos a lo largo de la Historia no se identifica con esas otras  propuestas, por lo que no es lógico incluir las acciones eutanásicas o abortivas entre las obligaciones o misiones médicas.

Si bien la Tanatología es el estudio de la muerte, tampoco los dignos  tanatólogos forenses pueden tener entre sus atribuciones la realización de técnicas destructivas, porque su misión consiste en  justamente lo contrario: obtener toda la información posible de los fenómenos  relacionados con la muerte para conseguir  proyectarlos en el mejor ejercicio de la Medicina, esto es en aquello que mencionábamos de "curar, aliviar o consolar". De ahí que la honrosa denominación de "médico tanatólogo" no sea aplicable a esa nueva demanda social.

A falta de una más afortunada denominación, la propuesta de "Diplomado o licenciado  tanatologísta" parece reunir las condiciones necesarias para definir esa nueva  y tétrica profesión. 

Se tratará así de una nueva profesión, totalmente ajena a la que ejercemos los médicos y los enfermeros.

Los futuros tanatologistas se llamarían así al unir el sustantivo  de origen griego "tanatos"          ( muerte) con el sufijo "ista"" que indica la dirección , la tendencia y el propósito: tender hacia la muerte, propiciar la muerte, matar.

Ciertamente, los futuros tanatologistas necesitarán una vocación aún mayor que la de los médicos porque resulta mucho más gratificante  salvar vidas, ( o simplemente aliviar y consolar existencias) que trocear un feto indefenso en el supuesto refugio del seno materno, o añadir cianuro en la sopa  de un indefenso viejecito/a, incluso con su consentimiento, o incitación.

Los médicos estamos satisfechos con nuestra actual denominación: Licenciados o doctores en Medicina y Cirugía