Pese a las racionales y prudentes advertencias del periodista Luis del Pino, en esradio, decidí acudir el 8 de marzo, ya en plena alarma por la incidencia del covid-19 en España, al mitin de VOX celebrado en la plaza de Vistalegre. En general, los oradores estuvieron muy bien. Sin embargo, hubo algo que no me gustó. El eurodiputado Jorge Buxadé desarrolló un discurso espléndido, cuyo contenido parecía inspirado en algunas ideas de Maurice Barrès. Al final, lo estropeó con una diatriba contra “los vanidosos profesores de Universidad” frente a la austeridad de obreros, agricultores o ganaderos. No seré yo quien reproche al partido verde su preocupación actual por los sectores más deprimidos de la sociedad, y así lo he defendido en mi libro VOX, entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria. Sin embargo, ello no obligaba a una descalificación tan ruda de los intelectuales en general y de los universitarios en particular. Pues no todos los profesores universitarios son de izquierdas; y, desde luego, tampoco son vanidosos. El señor Buxadé no podría haber desarrollado su discurso identitario sin la lectura de la obra algunos intelectuales. Y si existe un partido que necesita el concurso de las elites intelectuales ese es VOX, porque aún no ha desarrollado in toto su proyecto político alternativo. En cualquier caso, parece que el señor Buxadé identifica intelectual y universitario con izquierda. Se equivoca, pero su opinión tiene, desde luego, algún fundamento.

Como dijo Joseph Schumpeter, los intelectuales son los portadores del “poder de la palabra”, es decir, individuos creadores de bienes culturales y simbólicos. Una de sus funciones sociales más características ha sido en todo momento la creación de opinión.  En España, el desarrollo de la élite intelectual siempre tropezó, como en otras sociedades europeas, con no pocas dificultades. El historiador francés Paul Bénichou señaló, en una obra célebre, que el intelectual en Francia, tras la Ilustración y la Revolución de 1789, logró ocupar el rol social que hasta entonces había ocupado el sacerdote a lo largo del Antiguo Régimen. Algo que nunca ocurrió en España. La edad de oro de los intelectuales españoles comenzó en 1898, la crisis de la Restauración y la II República. Hombres representativos de esa época fueron Unamuno, “Azorín”, Maeztu, Marañón, Ortega y Gasset o Eugenio D´Ors.  Ninguno fue de izquierdas. Ni tan siquiera la Institución Libre de Enseñanza puede ser considerada de izquierdas, salvo algunas excepciones como las de Fernando de los Ríos o Julián Besteiro. La concepción de la sociedad defendida por Francisco Giner y los suyos era organicista y armonicista, cuya concreción político-social era el corporativismo. Giner llegó a declararse enemigo del sufragio universal. Gumersindo de Azcarate alababa a Balmes. A veces se olvida, o se ignora, que la figura del “dictador tutelar” no fue creada por la derecha tradicional, conservadora, liberal o católica, sino por intelectuales de la Institución como Joaquín Costa o Rafael Altamira. Lo que les distanciaba de las derechas era su heterodoxia religiosa. El único intento serio de organizar a la derecha intelectual fue el protagonizado por Ramiro de Maeztu a través de Acción Española. Ortega y Gasset pudo ser el líder intelectual de la derecha liberal, pero pronto tiró la toalla. Sin embargo, la actividad pública del conjunto de la intelectualidad española terminó en una profunda desilusión y en una catástrofe social y política como fue la guerra civil. El régimen de Franco persiguió a los intelectuales de izquierda, pero disfrutó igualmente, en sus primeros años, del apoyo de intelectuales de calidad nada desdeñable como Francisco Javier Conde, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo, José Luis López Aranguren, Adolfo Muñoz Alonso, Ernesto Giménez Caballero, etc. Sin embargo, a partir del año 1956 se produjo la disidencia de los representantes del denominado falangismo “liberal”, como Laín, Ridruejo, López Aranguren, y Tovar. Al mismo tiempo, el contenido teológico-político del Concilio Vaticano II y el desarrollo económico de los años sesenta contribuyeron decisivamente al socavamiento de la cultura política y cívica que servía de fundamento al régimen.  A partir de entonces, el franquismo estuvo intelectualmente a la defensiva. No es que careciese de pensadores, escritores y artistas afines en ese momento; los había: Ernesto Giménez Caballero, Emiliano Aguado, Adolfo Muñoz Alonso, Emilio Romero, Gonzalo Fernández de la Mora, Juan Velarde, Torcuato Luca de Tena, Manuel Halcón, Mercedes Salisachs, José Luis Sáenz de Heredia, Manuel Alcántara, Pedro de Lorenzo, Jesús Fueyo, Eugenio Montes, Florentino Pérez Embid, Ignacio Agustí, Ángel Palomino, Álvaro de la Iglesia, Alfonso Paso, José García Nieto, Vicente Marrero, Joaquín Calvo Sotelo, Juan de Ávalos, Salvador Dalí, José  María Sánchez Silva, Federico Suárez, Rafael García Serrano, etc, etc. Sin embargo, apenas dispusieron de órganos de difusión de sus ideas. Y aquellos intelectuales fueron criticados, ridiculizados o, simplemente, silenciados por la emergente intelectualidad de izquierdas. En el contexto del denominado tardofranquismo, tuvo lugar la edad de oro de la intelectualidad de izquierdas, a pesar, o quizás gracias, a una censura cada vez más ineficaz y contraproducente.  Se fundaron editoriales y revistas como Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Anagrama, Seix Barral, Ayuso, Ariel, Siglo XXI, Ciencia Nueva, etc. Ante aquella ofensiva, Fernández de la Mora propugnó una política de “rearme intelectual”. Pero nadie le siguió en aquella iniciativa. Ricardo de la Cierva, biógrafo de Franco y director de Cultura Popular, reconocía, por entonces, que los intelectuales de izquierda “han tenido siempre más ayudas, mejores editoriales, mejores libreros, más atención a sus obras”. Sin embargo, bajo su égida no sólo no se otorgó más atención y apoyo a los intelectuales afines al régimen, sino que se declararon de “interés general” los libros de dos intelectuales comunistas como Carlos París y Manuel Vázquez Montalbán, La Universidad española. Posibilidades y frustraciones, y La penetración americana en España. No es extraño que el viejo intelectual falangista Ernesto Giménez Caballero denunciara, en El Alcázar, que “España no aparta y silencia a los intelectuales disidentes del Estado, sino a aquellos que lo defienden”. Revistas culturales como Punta Europa o Atlántida desaparecieron, sin recibir apoyo del régimen. Mientras tanto, aparecía Sistema, hoy órgano de la Fundación Pablo Iglesias, y crecía la influencia de Triunfo y Cuadernos para el Diálogo.

El advenimiento del régimen de partidos –algo que otros denominan sin más “democracia”- no trajo consigo, como algunos ingenuos o interesados presagiaban o creían, una mejora cualitativa de nuestra situación cultural. Hemos pasado de los Estudios 1, de la televisión franquista, con sus Pirandelo, Ibsen, Zorrilla, Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Tennessee Williams, Reginald Rose –Doce hombres sin piedad-, Georges Bernanos, o Arthur Miller, y La Clave, de José Luis Balbín, en los comienzos de la transición, a los descacharrantes programas “rosa” o del “famoseo”, que tienen su culmen en Jorge Javier Vázquez, sólo aptos para “rojos y maricones”. A mi modo de ver, esto significa una auténtica regresión intelectual y moral.  Como hubiera dicho hoy Ortega y Gasset, vivimos, ahora sí, bajo el “brutal imperio de las masas”. Progresivamente, el agitador mediático ocupó el rol del intelectual,

Y es que resulta, para muchos, evidente que el momento cultural español se caracteriza por una falta de creatividad ciertamente singular; lo que inevitablemente refleja el hedonismo, la superficialidad y el narcicismo dominante en el conjunto de la sociedad española. Por otra parte, el debate profundo de ideas políticas ha brillado –y sigue brillando- por su ausencia. El sociólogo español Victor Pérez Díaz ha hecho hincapié en ese fenómeno cuando, al describir la vida cultural española de los últimos años, menciona la preeminencia de los denominados “líderes exhortativos”, es decir, al servicio de un partido político o de un grupo mediático, frente a los “líderes deliberativos”, independientes; y denunciaba la tendencia de los primeros a estrangular la emergencia de nuevas ideas y alternativas. El diario El País ejerció, de facto, la función de intelectual orgánico colectivo del nuevo régimen. En ese sentido, hay que destacar la labor inquisidora de quien fue su editorialista en la sombra, Javier Pradera. De esta forma, el actual régimen de partidos creó, sobre todo a partir de la llegada de los socialistas al poder, una especie de “Estado cultural” con el propósito claro de orientar y dirigir la opinión pública dominante. Así, la administración copó los resortes de la promoción cultural, creando filósofos orgánicos, escritores orgánicos, cineastas orgánicos y pintores orgánicos, mediante premios, subvenciones, catálogos, comisiones, jurados, etc. Una política seguida igualmente por las comunidades autónomas, sobre todo las regidas, como Cataluña y el País Vasco, por gobiernos nacionalistas.  El actual régimen de partidos ha creado su propia cultura política y su propia invención de la tradición, mediante la concepción de la democracia liberal como auténtica religión civil; la interpretación del período de la transición poco menos que como historia sacra que desemboca providencialmente en un proceso político modélico; la Constitución de 1978 como texto sagrado; el Estado de las autonomías como constitución natural de la sociedad española; la Monarquía constitucional como institución ejemplar; el consenso como modelo de acción política; y el ideal europeísta como horizonte político.  A ello hay que añadir los perfiles de lo que Jean Bricmont ha denominado “izquierda moral”, cuyo centro de interés no es ya la transformación económica de la sociedad, sino los discursos donde se estigmatizan enemigos tales como el racismo, la xenofobia o la extrema derecha; la defensa de los homosexuales o el feminismo radical; el recurso a la reivindicación de las víctimas del fascismo, o, en el caso español, del franquismo, etc. Por decirlo en lenguaje marxista, la “izquierda moral” apela a la conciencia y no al ser social, a las superestructuras y no a la infraestructura.

La derecha careció de proyecto cultural, que fue prácticamente monopolizado, como ya hemos dicho, por las izquierdas. Bajo la dirección de Manuel Fraga, Alianza Popular intentó la creación de un laboratorio de ideas a través de la Fundación Cánovas del Castillo y de la revista Veintiuno; pero, a la larga, resultó un proyecto fallido, alicorto y carente de iniciativa. Cuando José María Aznar llegó a la dirección del Partido Popular decidió acabar con la Cánovas del Castillo para organizar la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, más dedicada a la economía que a la alta cultura. Un remedio peor que la enfermedad. El Partido Popular en general y la FAES en particular fueron incapaces no ya de desarrollar una defensa coherente de su proyecto político, sino de organizar a la dispersa intelectualidad conservadora.  Y, en el fondo, asumió como propia toda la parafernalia cultural creada por las izquierdas y por los nacionalistas. Así lo demostró en su estúpida reivindicación de Manuel Azaña; toda una declaración de principios e intenciones. Revistas como Razón Española, fundada en 1983 por Gonzalo Fernández de la Mora, fueron marginadas sistemáticamente por la propia derecha. Bajo el gobierno del Partido Popular, no sólo no se desarrolló ningún proyecto de carácter cultural, sino que fue la edad de oro de programas como Tómbola. La alienación como método y principio. La razón cínica como norma. De Ciudadanos no es preciso hablar demasiado; ha sido y es la contrainteligencia; el centrismo puro, la nada.

Mucho peor fue la etapa de Mariano Rajoy, en la que se dio a la izquierda el control de los medios de comunicación. La aparición de La Sexta fue todo un acontecimiento, una auténtica plataforma de difusión de las ideas y planteamientos de una izquierda tan cutre y mediocre como la española. Donde se glorifica a intelectuales y artistas de izquierdas, con espíritu sectario y exclusivista. A ello hay que añadir que el control de las grandes empresas editoriales sigue en manos del liberalismo progresista y de la izquierda: Akal, Alianza, Tusquets, Debate, Crítica, Tecnos, Ariel, Gedisa, etc. La difusión de la obra de intelectuales de extrema izquierda, como Althusser, Derrida, Butler, Zizek, Rancière, Agambem, Badiou, etc, etc, resulta asfixiante. Pocos españoles se han enterado de la existencia de Scruton, MacIntyre o Benoist.  En historia contemporánea solo parecen contar el narcisista, sectario y mediocre Ángel Viñas o el epicénico Paul Preston, pese a que sus obras no resisten un análisis racional.

  En este contexto, el intelectual que se considera de derechas se encuentra totalmente aislado; y el público conservador, sin razones de su razón. Algunos medios de derecha parecen alérgicos al tema cultural; lo sé por experiencia propia. Hace un par de años, José Barros, periodista culto y abierto a temas de filosofía e historia, me ofreció colaborar en okdiario. No sin escepticismo, acepté. Durante algo menos de un año, escribí sobre Habermas, MacIntyre, Díez del Corral, Dalmacio Negro Pavón, Azaña, Josep Fontana, Manuel Sacristán, Fraga, Preston, Viñas, etc. Y creo que con éxito, porque fui muy criticado por los partidarios de Fontana, Preston y Viñas, que es lo que buscaba; y logré entablar un diálogo intelectual con un discípulo de Manuel Sacristán, Salvador López Arnal. Al parecer este éxito fue contraproducente, porque Barros fue cesado y yo con él. Nadie me dio la menor explicación. A Inda y sus acólitos le interesa más el fútbol. Sin duda. Es más lucrativo.

  Otro ejemplo claro de esta postura es 13Televisión, órgano mediático, como la COPE, de la Iglesia católica. Su actuación me parece absolutamente escandalosa. Y demuestra que la jerarquía eclesiástica ha renunciado a ejercer la necesaria función pedagógica y evangelizadora. España es hoy tierra de misión. Sin embargo, la Iglesia católica, y me refiero una vez más a la jerarquía, y no al pueblo de Dios, se limita a defender sus intereses corporativos, no a difundir su mensaje y cultura. Juan Pablo II y Benedicto XVI tenían un proyecto teológico-político, que en España no se supo difundir; Bergoglio, no. 13Televisión y la COPE se limitan a defender los intereses políticos de la jerarquía y del Partido Popular. Sus programas, salvo la misa, son absolutamente impresentables; un insulto a la inteligencia de los católicos y del conjunto de los españoles. No sólo no difunden la cultura católica, sino que se limitan repetitivamente a trasmitir películas del Oeste, e incluso del brutal Steven Seagal. Su programa de opinión, El Cascabel, es no sólo mediocre, como lo son sus presentadores, sino absolutamente tendencioso en favor del Partido Popular, incapaz de defender con eficacia los principios cristianos. Sus tertulianos son un conjunto de bustos parlantes. A ese respecto no deja de ser significativo que la jerarquía, que hizo mutis por el foro con la exhumación de los restos mortales de Francisco Franco, haya rendido homenaje a Juan Carlos I, hoy en tierras africanas, todo un modelo de católico, tanto en su vida privada como pública.

Hoy por hoy, el único grupo mediático que ha sido capaz de plantear y difundir un proyecto claramente de derechas ha sido y es El Toro/Intereconomía. Un claro ejemplo a seguir con su difusión de los principios conservadores y su crítica de la memoria histórica, la ideología de género y el nacionalismo separatista. Su programa El gato al agua, es un modelo de coherencia cultural, intelectual y política. Tiempos modernos es el único programa de historia que se ofrece al público español. Por desgracia, no dispone de los suficientes medios materiales, pero le sobra voluntad. Esperemos que se consolide.

Y que VOX olvide sus prejuicios respecto a universitarios e intelectuales. No es bueno que los intelectuales se sientan solos, aislados. Organizarlos en torno a un proyecto es hoy un imperativo categórico. Porque en esa lucha nos jugamos el futuro. Solo mediante el debate intelectual y la lucha por la hegemonía cultural podrá darse respuesta al sempiterno problema de España. El problema tiene difícil solución; pero, como dijo alguien, la política no es el arte de lo posible; es el arte de hacer posible lo necesario.