Los Pecos angustiaban los diales con su Señor. Nos recordaban que la historia se repetía y que, a pesar de todo, la vida era bella. Coz nos aclaraba que las chicas eran (y son) guerreras. También el gran Perales con su Te quiero impregnaba de romanticismo el 81. Pero para emulsión de eros, Triana. Una de las bandas más grandes. Una noche de amor desesperada, parando la vida con las manos, una noche que se alejó. O, también, otra banda prodigiosa Queen, tocaba Another one bites the dust, otro que mordía el polvo. Un año, asimismo, donde Spielberg, con la primera parte de su tetralogía sobre el arqueólogo Indiana Jones, nos indicaba que nos encontrábamos ante uno de los tres mejores directores contemporáneos. También año donde Carros de fuego arrasó en los Oscar. Y un año que nos legó el canto del cisne del inconmensurable Billy Wilder. Aquí un amigo fue el adiós cinematográfico de este eminente judío vienés. Y Carlos Saura nos dejó, posiblemente, su mejor película, paradigma del cine quinqui, Deprisa, Deprisa. Allí sonaba el magnífico himno de Los chunguitos, Me quedo contigo. Y los futboleros disfrutaban de nuestro querido balompié, cuando la radio lo era todo, con el añorado Héctor del Mar.

 

 

Tiempos de desencanto y ofuscaciones colectivas, tiempos de melenas merovingias, patillas alucinógenas y pantalones ajustadísimos marcando paquete ellos, a la vez que las chicas con sus camisetas marcaban inmortal tetamen. ETA, mientras, asesinando a 100 personas por año y el divorcio dando la puntilla a una España diferente, que no mejor. Tiempos de lastimosa movida madrileña, alcoholismo y drogadicción en masa, asilvestrados comics undergrond (tres hurras por El Víbora), Vainica doble sosegando las pasiones y Zulueta, Almodóvar o Eloy de la Iglesia actuando, con bastante talento en ocasiones, como los nuevos clérigos de la moral progre, ayudados por las nuevas élites emergentes (conchabadas en parte con el anterior régimen) creyéndose todos los reyes del mambo.

 

 

Una España que ya resultaba cenicienta. Tan gris como el régimen anterior. La ausencia de libertad, en esta ocasión, se disfrazaba de democracia. Todo, una estafa. El incipiente y letal régimen del 78. Un puro camposanto. Cementerios donde llegaban los rumores de la selva del vómito. Pero como nos recuerda Lorca, no el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta/ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido/ son los muertos que arañan con sus manos de tierra/las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

Y llegó el 27 de mayo...

 

El atraco al Banco Central en Barcelona (quizá el primer reality de nuestra telecaca) distrajo a la patria en los días anteriores al partido. Y El Madrid de Voskov se presentaba sin el halo de favorito. Zamora había hecho una avería al Madrid en la Liga. La moral andaba muy deteriorada y el fichaje de relumbrón, Laurie Cunningham, era cuestionado por casi todo el mundo. Tras ser operado de una lesión en el pie se le vio en un lugar poco conveniente para dar comienzo a su rehabilitación: la discoteca Pachá. Satisfecha bronca y castigo, volvió a jugar el 15 de mayo, a doce días de la final de París, en el homenaje a Pirri.

 

El glorioso Liverpool de finales de los setenta se vislumbraba superior en todos los sentidos.  El maravilloso Liverpool de Keegan y Toschack dejaba paso al Liverpool comandado por los escoceses Souness y Dalglish. Un Liverpool que lo fue todo (luego recuperaría parte de su merecida gloria con el Spanish Liverpool dirigido por Rafa Benítez). Campeón de la copa de Europa en 1977 y 1978 y de la UEFA en 1973 y 1976, el equipo inglés sonaba al compulsivo ritmo de The Rubettes con su bellísima Sugar Baby Love. En la temporada 1980/81, el Liverpool  había dejado en la cuneta al OPS Oulu (campeón finlandés), Aberdeen, CSKA de Sofía y Bayern. Por su parte, el Real Madrid había eliminado al Limmerick irlandés, Honved húngaro, Spartak de Moscú e Inter de Milán. 

  

El Parque de los Príncipes ansiaba un milagro que no llegó. Tras quince años sin ganar ninguna Copa de Europa, volvía el Madrid a una final. Y tuvieron que transcurrir otros diecisiete años, Mijatovic mediante, para ésta vez sí, ganarla. El Madrid se encontraba ante un oasis en medio de dos desiertos. Eso sí, ningún merengue llegó en forma a París, las lesiones pululaban  (sobre todo, un renqueante Stielike) y todo era novedoso. Incluido el uniforme. El equipo desertó del blanco pulquérrimo e impoluto y estrenó las rayas de Adidas y una lycra satinada ditirámbica. El partido fue rácano, romo y solo presenció escasos detalles de calidad. Vamos, a grandes rasgos, fue un horror, sin apenas ocasiones. La mejor del Madrid la poseyó Camacho, que se plantó solo solísimo ante Ray Clemence y picó el balón demasiado alto. Hasta el infinito y más allá.

 

En símil pugilístico, el Liverpool ganó  a los puntos. Y a los goles. Cuando restaban tan solo nueve minutos para el final, García Cortes se hizo la picha un lío. Con Agustín cubriendo pésimamente su palo, Alan Kennedy se aprovechó del regalo y fusiló al arquero madrileño. El buen Madrid de semifinales contra el Inter apareció desdibujado en París. Guardaron las apariencias, tan solo, Camacho, Santillana y ese portento llamado Juan Gómez Juanito (junto a Iván de la Peña, Martín Vázquez y Raúl González, los cuatro mejores futbolistas de la historia del fútbol español).

 

Somnífera primera parte

 

La primera parte no llegó ni a decorosa. Boskov se empeñó en marcajes agobiantes al hombre. Deliberadamente decidió ir a no ganar. Camacho amarró a Souness hasta unos extremos asfixiantes. García Cortés perseguía por todo el estadio a Dalglish. Y Sabido oscurecía el talento de Johnson. El Madrid de los Garcías (García Remón, García Cortes, García Navajas, García Hernández y Pérez García) se iba a limitar a sofocar la supuración de genio de los mejores jugadores del Liverpool. Algún contragolpe, si por fortuna caía, y a correr. Paupérrimo planteamiento que acabó pagándose justamente. El juego de ambos conjuntos fue el de dos aspirantes timoratos y excesivamente circunspectos. El Madrid se impregnaba de un difuso nerviosismo. Sobrevolaban las patadas sin cesar. Parecía un combate de artes marciales mixtas. Pero sin un McGregor prominente. Poco a poco, fue arribando cierta serenidad entre los vikingos, pero la sensación de torpeza no se eclipsaría durante una gran parte del partido. Los ingleses, sin prisa pero sin pausa, se fueron adueñando de todas las teclas del  órgano futbolístico. Fueron leyendo mejor el partido y ello propició un mayor dominio del terreno de juego.

 

Pero, justo es decirlo, Agustín apenas fue agobiado durante todo el partido. La cautela en ambos rivales se metamorfoseaba por instante en tedio incipiente. Juanito apuntaba alguna de sus ráfagas geniales. Desborde, regate, velocidad. Pero, junto a Santillana, estaban más perdidos que los toreros al otro lado del telón de acero (Sabina). El achique de Navajas, Sabido y Cortés daba resultado, aunque todo se hallaba muy poco oxigenado y tendente al feísmo. De vez en cuando Dalglish proporcionaba apuros a la zaga merengue. El guardameta madridista, bastante novato, cumplía con eficacia los poquitos aprietos que le ocasionaba el Liverpool. Respondió, en dos tiempos, soberbiamente a un sanguinario cañonazo de Dalglish. Eso sí, por alto, la seguridad que ofrecía era absoluta.

 

Según avanzaba el primer periodo, algo se aseaba el partido. Se aparentaba mayor flexibilidad entre líneas, pero Clemence parecía un arcano de tan lejano e inaccesible como se hallaba. Juanito, cual Guadiana, aparecía y desaparecía. Del Bosque intentaba conectar con él, pero todo en vano. Los ansiados contraataques de Boskov no llegaban por ningún lado. Balones divididos y poco más. Cunningham y Santillana, dos ínsulas remotas y evaporadas. Stielike, que tapó lustrosamente a Sammy Lee (ese futuro osasunista que llegó a Pamplona de la mano de Michael Robinson), hociqueaba por la banda zurda que jamás fue la suya. El mundo al revés. Y los presagios empeorando cada minuto.

 

Los marcajes rigidísimos planteados por Boskov asemejaban a ídolos con pies de barro. La defensa zonal del Liverpool además de hermosear un latazo de encuentro, resultaba más eficaz. El cansancio era cada vez más notorio en muchos jugadores. Si a eso le añadimos una prudencia extrema y un planteamiento cinceladamente amarrategui, los augurios se vaticinaban oscuros. Pero no se puede torcer el designio de lo intuido. Como afirma el príncipe danés, creación de Shakespeare, "hay singular providencia en la caída de un pájaro, si viene ahora, no vendrá luego, si no viene luego, vendrá ahora". Todo, en definitiva, resultaba cansino. Y muy soporífero. Pases horizontales que no conducían a ningún lugar. El juego se fue espesando sin remedio. Alguna audacia fugaz de Del Bosque daba esperanza al Madrid, incluido un túnel realizado, sencillamente indeleble. 

 

La hecatombe y la venganza

 

Algo espejeó el asunto durante la segunda mitad. Ambos conjuntos pusieron fe y esperanza. Y poca caridad (un partido donde se saltó leña de forma memorable). El Liverpool fue sintiéndose superior, levemente,  pero superior. Presionaron certeramente y dejaron más desbrujulado al Madrid de lo que ya estaba. Un par de saques de esquina volvieron a ilusionar a los madridistas, pero el agotamiento era letal. Se intuía la prórroga. A ambos equipos les parecía una opción de salida bastante razonable. Tras el tedio, llegó la somnolencia. Pero la tragedia se abatió a nueve minutos del final. Un banal saque de banda, un fantasmagórico despeje de García Cortés y Agustín alelándose, acabaron con un sueño tras muchos años, antes y después, de pesadillas futbolísticas europeas (Liverpool, PSV, Milán)…

 

…Hoy se consumará el desquite. Esperemos. Con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañaremos al diablo mismo. La racha vikinga actual nos acerca al majestuoso Madrid Ye-Ye. Las penas futboleras asediaron a los merengues no como un espía solitario, sino en batallones. Los patricios (los plebeyos ganan la Europa League), cuyo impulso natural es solicitar venganza, deben queden quedar satisfechos. Rememorando a Nietzsche, es imposible sufrir sin hacer que alguien pague por ello, cada queja ya contiene venganza. Y nuestra queja con aquellos ingleses que jamás caminan solos es recóndita. Algunos teníamos cuatro añitos y nos hundieron concluyente e irremisiblemente en el escepticismo más inescrutable.