Resulta una curiosa paradoja que, mientras en todo el mundo (y también en España) se está produciendo la mayor ofensiva contra la libertad de expresión desde la constitución del gulag soviético, en manos de las grandes tecnológicas, se produzcan unas movilizaciones, según dicen sus promotores, por la libertad de expresión, aunque la libertad que reclaman es la de incitar a pegar tiros en la nuca o a reventar cabezas con piolets.

En España, desde que ETA dejó de matar, momento feliz del que debemos congratularnos, se está produciendo una frivolización de sus crímenes (mientras se tratan de recordar obsesivamente los presuntos crímenes del franquismo, más lejanos en el tiempo, e imposibles de entender sin conocer los del otro bando, que sistemáticamente se silencian). Todavía quedan padres, hijos y hermanos de los asesinados por ETA, a los que la apología de los crímenes de sus familiares, algunos impunes, causa un hondo dolor, mientras quienes brindaban por su muerte ahora ocupan las instituciones y se ríen en su cara. Ellos son las verdaderas víctimas.

Llama también la atención, el diferente rasero a la hora de valorar la libertad de expresión, según la ideología política del que se expresa. No vi a ninguno de estos salvajes que incendian nuestras calles por un rapero filoterrorista que habla de tiros en la nuca con la tranquilidad de quien sabe que estará siempre en el lado seguro de la pistola, ni a ninguno de los que los animan desde pulpitos políticos y le afean a la policía el cumplimiento de su deber, manifestándose a favor de la librería Europa, cerrada por vender libros, ni a favor de los obispos, verbalmente linchados por estar contra el aborto, ni a favor del autobús paralizado y luego destrozado por proclamar verdades anatómicas evidentes ni a favor de los seguidores de Trump, expulsados de las redes sociales en USA por apoyar al candidato opuesto al favorito de las élites financieras, ni a favor de la Fundación Nacional Francisco Franco cuando amenazan con ilegalizarla ni a favor de Vox cuando son agredidos en campaña electoral ni a favor de todas las personas censuradas por salirse de lo políticamente correcto, en un momento dado. Solo a favor de un rapero proetarra. Mira por donde...

Parece que la libertad de expresión tiene un alcance diferente según el espacio político por donde se ejerza. Así, para opiniones conservadoras o políticamente incorrectas, según los dictados de la progresía, la libertad de expresión es prácticamente inexistente, aceptándose la censura, el silenciamiento o, incluso, la violencia, para acallar las voces discrepantes. Valen aquí linchamientos morales, censuras, multas, cierres de librerías, prohibiciones de actos, incluso, escraches, acosos o violencias. Para expresiones procedentes de la izquierda del tablero, sin embargo, la libertad de expresión es prácticamente infinita, abarcando los insultos, las humillaciones, las amenazas o, incluso, la apología del crimen, del terrorismo o del genocidio, mientras sus autores sean de izquierdas y sus víctimas religiosos, derechistas o, simplemente, personas normales, que han tenido el doble infortunio de ser victimizados por el bando simpático, a ojos del marxismo cultural dominante. En estos casos, incluso cuando se sobrepasan los límites del código penal, se pretende que se desconozcan las leyes o que se modifiquen ad hoc, para conseguir la impunidad absoluta e, incluso, se hace arder las calles de no ser así.

La libertad de expresión no puede depender de la capacidad de unos imbéciles para ofenderse, porque la capacidad para ofenderse de los imbéciles es infinita, abarcando desde una canción de Mecano que utiliza la palabra “mariconez” hasta los conguitos (ya sabéis, vestidos de chocolate y con cuerpo de “cacahuet”) con lo que eso equivaldría a la desaparición de esta por completo. Ahora bien, la libertad de expresión tampoco es infinita y tiene, como todos los derechos, unas fronteras naturales, cuando colisiona con otros derechos como el honor o la seguridad.

La libertad de expresión debe de tener, pues, unos límites objetivos, no unos que dependan del ideario político del que se expresa. Los derechos a la intimidad, al honor y a la propia imagen, a la integridad moral y a la sensibilidad religiosa, y la posible comisión de delitos en grado de apología, especialmente el terrorismo y el genocidio, son limites naturales a la libertad de expresión, que deben operar igual, sean quienes opinan o quienes se ofenden, de derechas, de izquierdas o de centro; nacionales o republicanos; nazis, comunistas o demócratas; ateos, moros o cristianos. Solo desde esta perspectiva puede construirse una democracia sólida. Lo demás es arbitrariedad y tiranía.

Suponer que los gritos de “gora ETA”, vivas a una banda de asesinos, o las directas amenazas de un junta letras que berrea como un gorrino sobre tiros en la nuca y piolets que destrozan cabezas están amparados por la libertad de expresión, pero que, por ejemplo, hablar bien del franquismo, el régimen que creo en España la seguridad social e instituyó el sistema de pensiones, debería estar perseguido, como se deduce de las últimas leyes liberticidas del gobierno globalista español (subsección social-comunista), es una aplicación del doble-pensar orweliano, denota un doble rasero, tan evidente, que sus partidarios deberían de sonrojarse.

Las ideas políticas, incluso las extremistas o políticamente incorrectas, sean del lado que sean, están amparadas por la libertad de expresión. Las amenazas, la incitación a la violencia, la apología del terrorismo o las calumnias no están protegidas por la libertad de expresión. No parece un concepto tan difícil y no alcanzamos a saber qué es lo que los progres, incluidos los perros rabiosos de las calles y los bien pagados contertulios de las televisiones no entienden.

Parece que su última intención es abandonar cualquier atisbo de disimulo y prohibir directamente toda forma de pensamiento crítico con su poder, mientras se alienta a los perros rabiosos de las calles para que las incendien, para que saqueen las tiendas y para que agredan, bajo pretensión de disidencia, a los verdaderamente disidentes Entre tanto, los señores del mundo ríen a carcajadas ante la impostura de que quienes se pretenden antisistema sean, en realidad, la fuerza de choque del sistema. Un sistema corrupto y vil, decadente hasta la náusea, que se niega a morir ante el impulso de un pueblo que está comenzando a despertar y que se resiste al suicidio de su Civilización.