Las modalidades de sumisión del pensamiento nunca han desaparecido, pero en nuestros días son más sutiles.

Si Aristóteles define la condición humana por la condición de racional, y Platón sostiene que la opinión sólo es legítima cuando ha pasado por el filtro de la razón, qué podemos pensar de una sociedad, la española, que da importancia a la opinión sin atender a quien la da. Incluso cuando esa opinión viene emitida por la chusma.

Por eso, si la democracia es el poder del demos, del pueblo como la razón expresándose a través de cada uno de nosotros, como decía Heráclito, homologar poder del pueblo con las opiniones de un conjunto dispar es sencillamente una parodia de democracia. De esta reflexión deberíamos partir a fin de entender la verdadera naturaleza de este régimen que hoy, después de su enorme despliegue, nos conduce al estado fallido.

El verdadero problema no reside en lo que está sucediendo, sino en lo que no está sucediendo, que nos indica de qué modo modifica e interpreta una cultura. De ahí entonces que la razón debiera traslucir la cultura, darle a España su verdadero rostro frente a la distopía que se está construyendo.

Se trata de que la identidad cultural sea capaz de percibirse a sí misma, algo que sólo la conciencia de patria hace posible. Y no se trata de una utopía, porque fue algo de lo que alguna vez se tuvo conciencia, algo que prospero en número suficiente para conforma una identidad reconocible.

Cuatro décadas de globalización neoliberal ha creado enormes desigualdades y una sociedad cada vez más individualista, incapaz de ser solidaria. Por eso la cuestión o, mejor diríamos, el problema no es tanto de gestión como de cambio de modelo. Se necesita un cambio de actitud para reconstruir una sociedad compartida que sólo es posible desde el ámbito cultural común.

Pinchar la burbuja distópica en la que vivimos se hace imprescindible para crea una experiencia compartida.