Borges dedicó su primer libro de cuentos, publicado en 1935, a la infamia. De hecho, llamó a su libro “Historia Universal de la Infamia”, en un acto de adjetivación hiperbólica que luego reconocería como un error de juventud. Quizás su primera intención haya sido aclararle al lector  que esos siete cuentos (La segunda parte reúne otros textos de tema variado) se desarrollaban en diferentes territorios (EE.UU., América del Sur, China, Japón, Medio Oriente) por lo que el adjetivo se justificaba desde la misma naturaleza ficcional, o literaria si se quiere.

Casi 90 años más tarde, los relatos de Borges nos resultan bellos, pero frente a la realidad de cada día, un tanto inocentes. Es que para referirse a la Infamia más que literatura se requiere de periodismo, de sano análisis de la vida cotidiana, aunque la literatura – como todo arte – lo haya hecho antes. Infamia deriva del verbo griego “femí” que significa “decir”, y en su prefijo latino aduce aquello que no puede ser dicho, o mejor expresado, aquello que produce horror al ser expresado. Lo que creíamos materia de la fantástica, el horror o la otra parte que surge y se muestra – el monstruo no es más que eso – es elemento cotidiano de la tarea administrativa de los gobiernos, de los organismos de educación, de los ocultos sectores que entrevemos como pantallas – clubes, foros, fundaciones, sociedades -. La infamia es su razón de ser, toda vez que se ocultan vergonzosa y arteramente, para dibujar sus planes pandémicos en favor de una ingeniería que les resulte exitosa. Es interesante pensar que lo que nació como un barbijo – o tapabocas, como se lo conoce por estas latitudes – hoy ya es una mordaza. Una mordaza, valga aclararlo, que hemos aceptado y que nos ponemos voluntariamente, y que no sólo nos protege de todo contagio, sino de manifestarnos en serio. Manifestar es verbo tardío en nuestra lengua, y tiene su raíz en “mano”, lo que no debe asombrar, pues a la mano está su oportuno implemento de silencio del que habláramos. Y en relación con esto, la mano tapa la boca, los oídos, los ojos, como en el monito triplicado que debería ser insignia de los estados subordinados de la actualidad: a todo asienten, pero se callan, no escuchan, no ven, y siguen adelante con sus agendas impuestas.

Recuerdo que Eduardo Galeano ironizó sobre el título del libro de Borges, diciendo que había escrito una historia universal de la infamia y que no había visto la que se vivía en su propia sociedad. Demás está decir que, si bien las venas de América Latina se abrieron con sus palabras, el uruguayo tampoco vio la infamia de muchos regímenes de este continente que premiaban su obra, mientras encarcelaban, exiliaban o torturaban a sus oponentes. Los tres monitos en pinta. Es que la heroicidad no se consigue alabando a un régimen ideológico determinado, sino asumiendo el sentido trágico de una época sin tragicidad, es decir, esta era de hedonismo a la carta, progresismo en cuotas con tarjeta de crédito, y solidaridad bajo el paraguas propio, que niega la tormenta. O al menos empaparse.

En resumen: la infamia es un ejercicio retórico, que como todo tropo tiene su dimensión ética, alegórica, simbólica, cuando bien se la usa. Por ello nos parece acertado consignar que la infamia – la inversión discursiva – es un atentado a la memoria, su manipulación – otra palabra que involucra a la mano – un tiznado de la verdad que se requiere para imponer la propia voluntad ante los otros, bajo el precepto de la relectura libre. Porque si progresamos, si somos más evolucionados que nuestros antepasados, es decir, más lúcidos que Platón, Aristóteles, Boecio, Tomás de Aquino, Vico o Marx, pues entonces estamos en una cima de la inteligencia que nos permite juzgarlo todo, hasta el punto de convertir la historia en un enorme error que sólo se corrige en el presente. O como se dice hoy en día: resetear el pasado. Prefiero seguir llamando a eso, infamia. Quizás porque no me creo mejor que mis ancestros.