Contra Díaz Ayuso –no sé por qué los socialistas de mala baba la han tomado con ella– vienen desplegando una despiadada campaña de marketing dirigida a su acoso y derribo, al objeto de dañar su imagen como gestora política de la Comunidad de Madrid, siendo el PSOE el organizador de esta cacería y contando con la inestimable ayuda de los podemitas, esa fuerza de okupas planchacéspedes que alguna tajadilla pillarán estas criaturitas del Señor, que todos hemos sido llamados a la corruptela nacional.

En plena pandemia, la labor política de rojetes y morados en la Comunidad de Madrid es emplearse a fondo en poner zancadillas y entorpecer la labor de Ayuso, dado que no se puede zancadillear y colaborar con tu adversaria política a un mismo tiempo ¡Muslo o pechuga!, que diría el castizo. Tampoco uno puede explicar la presión mediática tan descomunal contra Ayuso si no hay detrás un montón de gentuza orquestándola.

Esta guerra a muerte en plena pandemia bien retrata la catadura moral de las hordas rojimoradas, su zafia forma de ejercer como diputados y diputadas.

Carmen Ayuso, en completa soledad y sin medios, ninguneada y abandonada a su suerte, maltratada por un Ejecutivo ejecutor, no obstante ha hecho frente por derecho al mayor desafío sanitario de la reciente historia de España en la capital del país, fuerte político de alto valor estratégico con el que a todas horas y obsesivamente sueñan rojetes y morados. 

Cuatro problemáticas se han juntado en Madrid para convertir esta capital en un foco de coronavirus que ha necesitado los arrestos de su presidenta, días y noches, semanas y semanas al pie del cañón para hacerles frente por derecho y lograr controlar cada uno. La gestión de Ayuso, analizando lo que tenía encima, a lo que hay que sumar la obstrucción y el trampeo constantes de sus rivales políticos en la Comunidad, es para nota alta, ya que ha controlado la pandemia justo antes de la segunda oleada nacional. Sin duda, Ayuso merece una nota  alta, notable.

La pasión que ha sufrido Ayuso en sus blancas carnes se concreta en cuatro problemas específicos y singulares de Madrid:

Uno: La infectomanifestación feminazi del 8 de marzo, un foco de intercambio y captación del virus que se propagaría por miles y miles de hogares de la capital y por cientos de Residencias de Ancianos.

Dos: Inexistencia de un Plan Preventivo de Choque en las miles de Residencias de Ancianos que hay en Madrid, asunto este responsabilidad del “Chepa”, hombrecillo dedicado en aquellos días en freír una tarjeta SIM porno en un microondas, dejando a los abuelitos de Madrid, y de toda España, en el más completo de los abandonos, auténtico festín del coronavirus que se tradujo en un Palacio de Hielo atestado de ataúdes, convertido en una gran morgue.

Tres: Distritos madrileños envejecidos, construidos en los años 50.

Cuatro: Politización de la pandemia, utilizando Madrid como cortina de humo al objeto de ocultar cerca de 60.000 muertes en toda España. Madrid como causa de todos los males y entre ellos, el mal más malo de todos, su presidenta, la tal Díaz Ayudo, flagelada y azotada –esa fantasía sexual del Chepa hecha realidad– con una campaña política diseñada en despachos de marketing progre, una campaña antipersona, antiayuso.

La crucifixión de Ayuso llegará en unos días a manos del secretario general del PSOE en Madrid, un tal José Manuel Franco, quien está dispuesto, según recoge una entrevista en su cadena amiga, la SER, a echar de la presidencia de la Comunidad de Madrid a Díaz Ayuso para entregar su cabeza a Ciudadanos, que alcanzaría de esta forma tan rastrera la presidencia. “Pero aún no es el momento mientras dure la pandemia”, eso dice Franco. Porque piensa echarla con una moción de censura justo cuando Ayuso haya solucionado por completo el tema sanitario. Es listo el Franco este, ¿verdad?: tú me resuelves el problema y después te echo, tú cargas con toda la responsabilidad mientras yo te critico sin piedad y después llego yo para no dar un palo al agua y cobrarlo calentito a fin de mes ¡Joder, sin duda es un lumbreras, qué fiera, qué alcance, qué visión política tan noble y civilizada, qué encanto de diputado socio listo autonómico acaba de nacer para mayor gloria no ya de Madrid, sino de la nación.

Pues esas tenemos, y al parecer, la presidencia de la Comunidad de Madrid es el precio que cobra Inés Arrimadas por sus servicios personales al que hace de presidente, un tal Sánchez, es decir, por su apoyo a los “presupuestos rojimorados”.

La cabeza de Díaz Ayuso, esa es la tarifa de la señora Inés Arrimadas, que llegó en faldas de tablas a la Moncloa para despachar a solas con el elemento y de seguido cobrale sus servicios.

¡Arrimadas, no te arrimes!