Hace un par de días cerramos las cuentas trágicas del libro alucinante de 2020 y abrimos las cuentas todavía en blanco del libro incógnito de 2021. Todo esto se produjo en el contexto de aislamientos impuestos y celebraciones virtuales en que despedimos a un año plagado de miedos y dimos la bienvenida a un año lleno de incertidumbres. Unos reaccionaron con euforia y otros con melancolía, según su forma de percibir la vida. La realidad es que cada uno de nosotros reacciona ante las mismas circunstancias de distinta manera.
Por otra parte, este es un proceso por el que pasamos los seres humanos todos los años en el tramo terrenal de nuestro camino hacia la eternidad. Son tiempos de reflexión y de introspección sobre nuestras experiencias, las decisiones que hemos tomado y los resultados positivos o negativos que las mismas han producido.
Desgraciadamente, son pocos los que conservan la ecuanimidad y el equilibrio necesarios para no dejarse embriagar por la euforia o embargar por la melancolía. Ese equilibrio es precisamente la fórmula que nos permite mantener el derrotero que es capaz de conducirnos a la meta que cada uno de nosotros nos hemos impuesto en nuestras respectivas vidas. Ni optimismo infundado ni pesimismos derrotista, realismo constructivo para mantenernos firmes en nuestros principios y activos en la lucha por un mundo libre, justo, próspero y respetuoso de Dios. 
Los cubanos hemos confrontado esa dolorosa disyuntiva durante los 62 años que han transcurrido desde que los vándalos nos robaron la patria, esclavizaron a nuestro pueblo y adulteraron nuestra historia. Afortunadamente todavía quedamos minorías que seguimos en rebeldía contra esos miserables y nos negamos a que también nos roben la hombría, la dignidad y la esperanza. Porque mientras haya cubanos que tengamos el coraje de presentar batalla nuestros tiranos no habrán ganado la guerra.
Esa es la posición desde la cual continuamos la lucha contra la tiranía los miembros del Proyecto Emilia, del Partido Unión por Cuba Libre y del Partido Nacionalista Democrático de Cuba, liderados todos por el Dr. Oscar Elías Biscet, un cubano excepcional que ha pagado su militancia patriótica con la cárcel, el ostracismo profesional y la penuria económica. Para nosotros, el 2021 no es un año más de esclavitud sino un año menos de tiranía porque la victoria está cerca. No es un año de resignación a la derrota sino de renovación de nuestra militancia patriótica.
Antes que nadie se adelante a la crítica--esa cosa que crece como la mala hierba entre nosotros los cubanos--de que estoy cayendo en la tontería de vaticinar la caída del régimen en un futuro inmediato le aclaro que se encuentra totalmente equivocado. Las verdaderas luchas por la libertad y la dignidad del hombre−y la de Cuba califica con creces como una de ellas−no pueden tener plazos predeterminados. Se llevan a cabo sin plazos, sin descanso y sin condicionarlas a su posible resultado.
Se trabaja y se combate con todos los medios y en todo momento hasta que se logre el triunfo del bien sobre el mal. Por eso yo no miro este 2021 como final ni como principio del triunfo o de la derrota, sino como una etapa más en el camino. Un camino que no puede conducir a otro destino que a la absoluta libertad de Cuba.
Libertad sin cárceles inmundas, sin exilio degradante, sin escuelas donde se adultere la historia y se enaltezcan mitos, sin mujeres obligadas a prostituirse por hambre, sin represores envilecidos y mal remunerados, sin trabajadores esclavos de un régimen avaricioso y explotador, sin ciudadanos que han optado por la hipocresía y por la mentira para poder malvivir en la inmundicia y sin jóvenes que han perdido la esperanza y tienen que buscar en otras tierras las oportunidades que se les niegan en su propia patria.
Pero sobre todo una Cuba donde sean arrancados desde sus mismas raíces los Castros, sus bastardos y sus apandillados en todos los niveles. Justicia ejemplarizante aplicada a todos ellos sin odios pero sin excepciones para que sirva de escarmiento a futuros aspirantes a tiranos. Cualquier otro desenlace al que se llegara por negociación o apaciguamiento es inaceptable. No sería éxito sino derrota. Peor aún, cualquier apaciguamiento sería traición a la patria y a millares de muertos, centenares de miles de presos y millones de exiliados.
A una Cuba donde no se cumplan estas condiciones yo no quiero volver. Prefiero caminar con la frente alta lejos de mi patria antes que doblar la cerviz para vivir en ella siendo testigo de su ultraje por sus malos hijos. Para quienes hemos dedicado toda una vida a combatir la maldad de un régimen sin entrañas ya es muy tarde para bajar la guardia. Además no hay espectáculo más triste que el de un combatiente arrodillado por cansancio ante los verdugos que lo despojaron del honor.
Pero en última instancia yo no pierdo el sueño preocupado por el desenlace. No lucho porque tengo certeza de que esa lucha será coronada por el éxito, ni dejaría de luchar si llegara a la conclusión de que la misma terminará en fracaso. Lucho porque me sería imposible darme por vencido. Si lo hiciera, dejaría de respetarme a mí mismo. Y eso equivaldría a un suicidio sicológico mucho peor que el suicidio físico
Por eso me levanto cada mañana preparado para contribuir, en la medida de mis limitaciones y posibilidades, a la libertad de mi patria. Una patria que no tengo que tocar y ver porque la llevo dentro de mi pecho como si nunca hubiera salido de ella. Una patria a la que no volveré hasta que la hayamos liberado de sus tiranos. Si llegara a verla libre sentiría el paroxismo de haber llegado a la cima del camino que me impuse hace 61 años. Si mi Creador me llamara antes a su servicio me iré con la satisfacción de haber cumplido con mi deber y la certeza de que otros seguirán el camino trazado con sangre, sudor y sacrificio por nuestros mártires, nuestros presos, nuestros exiliados y nuestros héroes. El camino que conducirá irremisiblemente a la libertad de Cuba.