La maldita pandemia del 2020 y siguientes nos ha hecho vivir una auténtica situación de guerra con unas cifras de fallecidos, de infectados, de ingresados en UCI, de crisis económica y social lo más parecido que puedo imaginar a un parte de guerra.

Una guerra que se inició hace justo un año que pilló al Gobierno de España con el pie cambiado respondiendo con mucho retraso e improvisación y sin lo más importante para hacer frente a un enemigo mortal, un General al mando. El resultado fue una soberana derrota materializada en una letal primera ola.

Los gobiernos Autonómicos, que empatizan con el Central en modelos, formas y objetivos, optaron por agazaparse cobardemente en la trinchera mandando a su infantería, es decir, a los profesionales esenciales, a primera línea de batalla sin protección ni amparo. El resultado ahí está, reflejado en la altísima tasa de infectados en profesionales sanitarios, entre otros.

Que estas aptitudes tan abominables las hayan hecho gobiernos izquierdosos e independentista no me sorprende porque son propios de su ADN de ideologías que desprecian la vida y cuyo fin justifica cualquier escenario intermedio.

Pensé que gobiernos y partidos de derechas, de centro derecha e incluso de centro adoptarían por posiciones más nobles. Pero me equivoqué. Callaron durante toda la primera ola, dejándose llevar, sin valor para adoptar medidas urgentes a pesar de tener competencia para ello gracias al chollo del Estado autonómico y a sus transferencias que en definitiva les da el sustento

Cuando llegó la desescalada se pusieron gallitos pensando como ingenuos que la guerra estaba ganada. Llegaron las descalificaciones de unos y otros. Como estaban dedicados a la política en vez de al servicio público la bronca les impidió ver la segunda ola y dejaron sus deberes sin hacer, las medidas sin tomar nuevamente.

Pero es que llegó la segunda ola y siguieron igual. Casi igual, la Comunidad de Madrid, que pongo de ejemplo por aquello de la todavía capitalidad, con su presidenta a la cabeza descubrió que enfrentándose directamente a Sánchez distraía la mirada y la crítica hacia su letal gestión y ganaba peso político y se entregó a la orgia política aplicando medidas de Perogrullo. Tan subida estaba que se ha permitido el lujo, al más puro estilo del ministro Illa, de perder el tiempo en visitar provincias en plena pandemia para ganar peso dentro de su partido, no sabemos si para presidir el PP de Madrid o el Nacional.  

Mientras tanto su comunidad, que acumula más de 12.000 fallecidos por covid se acercaba a una nueva escalada que la ha situado en el actual ranking incidencia. Escalada a la que ha contribuido sin duda su populismo al animar la movilidad y por lo tanto los contagios, los ingresos hospitalarios en UCI y la letalidad.

Como su brújula, su aportación, no es otra que llevar la contraria y acertarás,  se nubla, exige más vacuna que nadie y no se da cuenta de que no ha planificado la campaña de vacunación. Nuevamente se sitúa en el ranking de menos vacunados en todo el planeta desarrollado, todavía menos que los independentistas catalanes para vergüenza de propios y extraños.

Que el ministro Illa lo ha hecho fatal está claro y era previsible. Que la derechita presidenta Ayuso, con sus socios de gobierno lo ha hecho rematadamente mal es más que evidente. El ministro Illa ya ha sido cesado a la manera de Sánchez y se va castigado para Cataluña a perder las elecciones y regalarle Cataluña al independentismo premeditadamente. Esperemos que el Partido Popular vaya haciendo lo mismo con sus responsables autonómicos y se dé una larga cambiada para hacer frente a esta guerra con seriedad, disciplina, criterio científico, sentido del deber y de servicio y se nos libre de la letal gestión izquierdosa y de la palmadita derechoide.