Juan Carlos I abandona España; lo hace cediendo a la izquierda mediática y política, que encañonó a la monarquía cuando toda la turbamulta progre de la cloaca estatal podemita ha puesto al Emérito como diana. De este modo, Juan Carlos I se ha convertido en el pirómano de la monarquía, hoy representada en su hijo, Felipe VI; acaba de asestarle una puñalada mortal a la institución, y le ha regalado a la izquierda un éxito político notable en su avance hacia la república bananera, socialista y cleptocrática.

Las comisiones del ex Rey, los puteríos, las evasiones fiscales, las cuentas en Suiza… Ese batiburrillo de la porquería no lo ha sacado el ex Comisario Villarejo, ni los “valientes periodistas” de La Sexta.  Esto no es nada que no supiéramos desde hace décadas. Las travesuras mujeriegas de Juan Carlos; sus devaneos con la comisiones del petróleo desde los años 70; los regalos de las monarquías del petrodólar; su “papel” en el auto golpe del 23 F destapado entre otros, por Jesús Palacios; su conspicuo conchabamiento con Felipe González para hilvanar un sistema oligárquico donde el separatismo catalán fuese bendecido con impunidad para lavar dinero negro, imponer el “3 por cien” etc. Todo esto era chismorreado y conocido en petit comité desde hace 40 años, pero vetado y tapado con minucioso esmero por una partitocracia que, encabezada por Felipe González, era coparticipe de iguales –y peores- corrupciones que el ex Rey.

Pero la corrupción económica o personal del Emérito, que muchos conocíamos y que la izquierda ha tapado siempre, siendo terrible, no es la peor. La peor fue la moral, que comenzó mucho antes; y es que la trayectoria de Juan Carlos I estuvo inficionada por el doble perjurio. El primero de ellos fue en julio de 1969, al ser nombrado por el Caudillo como su sucesor a título de Rey, cuando juró lealtad al General Franco  así como a las leyes fundamentales y a los principios del Movimiento Nacional destacando la legitimidad recibida del 18 de julio “ en medio de tantos sacrificios”. El segundo fue cuando, muerto Franco, al tomar posesión del trono y ante los Evangelios, volvió a hacer el mismo juramento el 22 de noviembre de 1975, seguido por unas palabras de reconocimiento y admiración a la obra del Caudillo y a su talante como estadista.

La entrega del Sáhara a Marruecos fue bochornosa. Semanas antes de la muerte de Franco, el príncipe Juan Carlos, ocupando la jefatura del Estado “interina” con plenas atribuciones, había declarado ante el Consejo de Ministros y ante las tropas españolas en África, que defendería ese trozo de territorio español. Días después de esas declaraciones, y contrariando la voluntad de Franco –defender el Sáhara con la fuerza militar y hacerlo saber al rey de Marruecos Hassan II-, Juan Carlos aprovechaba la postración del Caudillo para ceder el Sahara a Marruecos y a Mauritania. Una cesión ilegal, no reconocida por la ONU, y que supuso dejar en ridículo a las armas de España, otorgando al invasor marroquí un territorio de 270.000 km cuadrados estratégicos y repletos de riquezas naturales y energéticas. La ilicitud de la “marcha verde” y su violencia fue reconocida hasta por la propia ONU que en varias resoluciones conminó a Marruecos a la no invasión del territorio en octubre de 1975. Más de 40 mil saharauis serían machacados con napalm y fósforo blanco por las fuerzas marroquíes, en un genocidio horroroso ante el cual nuestro ejército español se vio atado para no actuar y forzado a arriar la última bandera de España en 1976.

En años posteriores Juan Carlos I irradió amorío y afecto hacia Hassan II, tildándolo en innumerables ocasiones y actos públicos como “su hermano”.

A la indignidad de haber entregado a Marruecos suelo español, se le sumaría otra mayor, a nivel doméstico: renunciar a la función de la Corona como órgano constitucional de la alta magistratura del Estado, símbolo de la unidad y permanencia del Estado, cuando se despedazaba al Estado. Esto es: permitir las grandes cesiones de los partidos nacionales a los separatistas vascos y catalanes.  Entre éstas destacan los vergonzosos acuerdos del “Majestic”, firmados por Aznar con Pujol en 1996 para garantizarse la investidura y que supusieron, entre otras cosas, retirar de forma masiva a la policía y la guardia civil de Cataluña. Los “mossos d´Esquadra” fueron convertidos, entonces, en un verdadero “ejercito policial” y nacional catalán que coadyuvaría un 1 de octubre de 2017 a la rebelión independentista.

Se había llegado a ello porque catorce años de gobierno de Felipe González sirvieron para sellar un pacto tácito donde la función del Rey como “árbitro y moderador de la vida institucional” recogida en el artículo 56 de la Constitución, quedaba en el armario cerrado bajo siete llaves. De esta forma se desarrollarían con impunidad los pactos de todos los gobiernos de la democracia con los terroristas de ETA; la anulación del sistema educativo nacional vigente durante el franquismo para ser troceado, “taificado” y cedido a las autonomías; y el atropello progresivo de la lengua española en las escuelas de las regiones gallega, vasca, catalana, valenciana y balear, con leyes de “normalización” lingüística que desterraban al idioma universal de Cervantes para engrandecer los egos excluyentes y aldeanos. El odio a España comenzó a ser inyectado en la vena de los jóvenes españoles a través de los maliciosos poderes autonómicos adoctrinadores en manos del separatismo.

Si grave fue la “des-españolización” de España también lo fue la sanción real de la “ley de memoria histórica” de 2007, que deslegitima la propia monarquía al deslegitimar el franquismo que la instauró e implantar, con forma legal, el relato político e histórico benefactor de la trágica II república española. Fue entonces cuando Juan Carlos, en un acto más de depravación moral, consignó con su firma la ley que sentaba el precedente político para avanzar en la demolición anhelada por el proyecto masónico y laicista del entonces presidente -y hoy agente de Nicolás Maduro- José Luis Rodríguez Zapatero. El último oxígeno dado por el Emérito a la izquierda en su agenda totalitaria fue cuando guardó descarado silencio ante la profanación del cadáver de quién lo sentó en el trono, quién le proporcionó la educación y quién según él –en su discurso del 22 de noviembre de 1975- era un “hito” y un “jalón del acontecer español”: Francisco Franco.

Hoy Juan Carlos I ha sido sacudido a placer por los podemitas, por los separatistas y por los grandes medios de la izquierda. Los mismos con los que trató de congraciarse desde 1975: se abrazó a los comunistas, cuya legalización permitió y aplaudió en 1977; y a los sindicalistas de UGT y a los socialistas, con los cuales se alió en 1982 tras el deseado naufragio de la UCD. De este modo se alzó un régimen oligárquico donde “PRISA” intoxicaría, y donde los separatistas catalanes y vascos tendrían su cota de poder inalterable y exponencial.

Al haber deslegitimado la monarquía con la aprobación de ley de memoria histórica de 2007 y con la profanación del cadáver del Generalísimo, bastaba que el escenario político fuera el idóneo para que el proyecto republicano reviviera, y como en una repetición del 14 de abril de 1931, la izquierda hurgó en su golpismo permanente para poner a un Borbón camino del exilio en agosto de 2020.

España no es entendible sin la monarquía. 1600 años de historia monárquica de España son la continuidad de una nación que no sería digerible con una alternativa republicana capitaneada por los actores nefastos que la proponen y que quieren conectar España con las dos repúblicas anteriores de nuestra historia y, por ende, con la balcanización, el enfrentamiento y la destrucción nacional. Un monarca con defectos y vergüenzas como Juan Carlos puede pasar a la historia; pero la institución monárquica no puede perecer. La quieren hacer perecer, y Juan Carlos, desgraciadamente, les está ayudando.   

Abandonando España, Juan Carlos I da un espaldarazo a la izquierda, la asienta en su hegemonía moral, la justifica en sus caceroladas y en sus ataques a la Casa Real, y asesta un golpe terrible al hoy jefe del Estado, Felipe VI. El proyecto de la república bananera de socialistas y comunistas cobra toda su fuerza y esplendor al verse amparado por un exilio que torpedea la raíz moral e histórica de la monarquía española.

Los socialistas de historial criminal frentepopulista y protagonistas del robo del Tesoro Nacional en 1936, de la corrupción de los ERE, de la demolición económica de España –la peor del mundo desarrollado-, de la peor crisis sanitaria de 50.000 muertos, de las mentiras ilegales y siniestras como el “comité de expertos”…Los podemitas hijos de “fraperos”, que almacenan el “senicidio” de 20.000 ancianos en residencias y el dinero del narcoterrorismo venezolano en las mansiones de la Nomenklatura galapagariana…Y los separatistas que atizan a los pistoleros de ETA y a los golpistas del 1 de octubre…Todos esos actores políticos siniestros y mortíferos, cuyas vergüenzas e inmoralidades rebasan lo imaginable, han activado el ventilador de la basura contra Juan Carlos como cortina de humo para continuar despellejando a España con impunidad mediática y social a la vez que sus agendas ideológicas ganan impulso. La marcha de Juan Carlos I acaba de servirles en bandeja de plata la cabeza y el torso de la nación española y de la monarquía.