El poeta, que no era de izquierdas ni de derechas, salió huyendo del Madrid de las izquierdas que lo tenían amenazado para morir en la Granada de las derechas, pese a la protección que le brindaron los falangistas amigos suyos. El poeta puede ser de España, puede ser una gloria nacional indiscutida -yo soy un admirador rendido de su Yerma-, pero Federico -es innecesario escribir García Lorca- era y es de sus seres queridos, de sus familiares. Una razón que no parecen querer entender y mucho menos admitir ese conglomerado que forman los desenterradores y subvencionados de la "memoria histórica", a los que se suma una ansiosa Junta de Andalucía que quería exhibir, como impúdico trofeo, los restos mortales del poeta; de ahí la orden taxativa de la Junta que preside Susana Díaz (sería un exceso pensar que quería un cartel para apuntalar su candidatura a líder del PSOE), saltando por encima de la voluntad de la familia, de proceder a desenterrar a Federico abriendo la tierra en el lugar en el que se supone fue asesinado. La razón que, sin embargo, si entendió y atendió Francisco Franco cuando, a través del poeta José María Pemán, contactó con la familia para recuperar los restos y depositarlos en un lugar destacado, quizás en el Valle de los Caídos, pero ya se sabe que Franco era un dictador omnipresente que siempre imponía su voluntad al contrario que, como vemos, la respetuosa Junta de Andalucía y la no menos atenta Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica.

 

80 años después, hace unos días, se ha abierto la tierra pero solo se han encontrado casquillos y, atendiendo a la noticia, algunas evidencias que prueban que allí fue enterrado Federico y que sus restos fueron exhumados poco después, antes de que se iniciara el proceso de esqueletización.

 

Lo he escrito y lo he dicho hace tiempo, porque era un rumor y un mito que corría por Granada, incluyendo la versión de que no murió pero quedó gravemente herido con sus facultades mermadas y que quedó refugiado en un convento: es probable que, en realidad, los restos de Federico, desde hace décadas, reposen en el panteón familiar, en la finca o en algún convento. Por eso la familia se ha negado sistemáticamente a que se buscara el cuerpo, se removiera la tierra y se abriera la fosa.

 

A veces el historiador o el investigador debiera hacer más caso a la lógica a la hora de resolver los interrogantes. El problema es que en este caso la lógica cuadra mal con el mito y la versión interesada. Aclaremos que la familia de Lorca estaba bien considerada en aquella Granada convulsa, tenía contactos más que suficientes. En agosto de 1936 es casi seguro que averiguaron el lugar donde fue asesinado. En el crimen injustificable, producto de las luchas de poder y de las envidias familiares, participaron familiares del poeta. La excavación reciente ha confirmado que el cadáver fue recuperado poco tiempo después de su asesinato. Si lo hubieran hecho las autoridades quedaría constancia por algún lado y a estas alturas se sabría, sobre todo porque se encargó un informe policial sobre los hechos años después y nada se sabía de esto. Si hubiera sido trasladado su cuerpo a una fosa común de cementerio, como se ha sugerido, a buen seguro que se podría rastrear en los registros las huellas de aquel entierro y algún testigo lo habría relatado. Lo que la lógica indica es que, si se produjo la exhumación, fue obra de la familia realizándose en el mayor de los secretos. Y todo ello contando con que hubiera llegado a ser enterrado pues de ello, hasta donde este autor conoce, no hay constancia real salvo que lo hicieran los propios asesinos y que nunca lo revelaran. ¿Y si Lorca, en realidad, nunca llegó a ser enterrado? ¿Dónde depositaron pues el cadáver? No sería la primera vez que se hace mención a la propia propiedad familiar más que al panteón familiar.

 

No hace mucho encontré unas declaraciones de uno de los familiares que abundaban en la tesis que anotaba al inicio de estas líneas: el poeta es universal, Federico de la familia. Quizás ahí esté la explicación del misterio, del por qué de la negativa a Franco, que nada había tenido que ver con su muerte, y de todas las negativas hasta hoy: simplemente no quieren o no querían ningún circo como el que han montado los desenterradores y la Junta, ni que su tumba acabe borrando aquello a lo que debe su inmortalidad y el aprecio de los españoles, su poesía. Bien harían los políticos y los desenterradores en aceptar esa decisión.