Hemos llegado a un punto en que si no nos desayunáramos diariamente con escándalos y noticias de variada corrupción, los españoles nos quedaríamos en nada. Son múltiples las informaciones y los acontecimientos que se pasan de moda y vuelven para acogerse de nuevo bajo el foco de la popularidad. A los poderes fácticos, en general, y al Gobierno y a sus integrantes, en particular, no paran de desenterrarles fósiles y putrefacciones de todo tipo, que acaban acumulándose en el extenso vagón de sus impunidades.

La chusma, la justicia y los medios informativos subsidiados de este país aman a los delincuentes, aunque no lo digan. De manera que todos ellos saben perfectamente para quien están trabajando, y no es para la verdad, precisamente. La casta política que nos ha traído hasta aquí aspira a regir un país de criminales y víctimas, gobernable gracias al chantaje y a la tiranía, del mismo modo que la plebe desea ser gobernada por ladrones para poder robar ella también.

Por los guasapes y los mentideros informáticos no paran de circular los chistes, las noticias y los secreteos sobre la inenarrable capacidad que para la maldad poseen quienes nos encauzan. El acopio de tan inmenso material informativo acabará siendo una perfecta serie de terror, una crónica interminable próxima a la ciencia ficción, por lo increíble; una infinita enciclopedia de excesos que añadir a la Historia de la Infamia.

En este país, con esta gentuza sentada en el asiento del conductor, cuando asoma la cabeza un contribuyente o un partido legal, si no se le puede convertir en fiambre, se le convierte en fascista, porque el fascismo es un mantra que lo mismo sirve para un roto que para un descosido; una especie de popularidad malvada, a despecho de que el insultante sea el mismísimo Satanás presidiendo su cohorte de demontres. Cuando no se puede argumentar contra el patriotismo, la prudencia y la verdad, se utiliza el catálogo de insidias hasta completar la serie.

Al parecer, si del vacío cósmico que envuelve a la nación, es decir, de la nada institucional absoluta, brotara un juez independiente, de veras democrático, que con valentía sentenciara que el rey anda desnudo, sería un caso insoportable para nuestra pestilente democracia. Un hombre equitativo, que defendiera el código universal de valores, asumiera sus responsabilidades y cumpliera sus juramentos desde el poder, constituiría en España la gran noticia. 

No estamos acostumbrados a lo razonable, sino a la agenda progresista, es decir, al aborto, a la inmigración fraudulenta, al genocidio sanitario, a la LGTBI, a la pornografía, a la pedofilia, a la propaganda sovietizante, al hedonismo, a la okupación, al paro, al subsidio de los parásitos, a la financiación y alianza con el separatismo y el terrorismo… Hacer las cosas bien y denunciar los desafueros, pidiendo condenas y cadenas para los hampones y chantajistas es una cosa que incomoda al buenismo y a la corrección política.

Hacer justicia es hoy el gran escándalo, pues está mejor visto el chorizo y el okupa que sus víctimas. Y es lógico que el poder pervertido defienda la perversión contra la probidad. Si llevamos más de cuarenta años bajo la férula de quienes encarnan la quintaesencia de la mala política, cuya meta consiste en la mera conquista y retención del poder para enriquecerse a costa de la destrucción de España y de los españoles, es lógico que todo ciudadano dispuesto a cumplir con la verdad sea un cuerpo extraño introductor del desorden en nuestro ordenadísimo Sistema.

Qué se habrán creído esos medios informativos tan financieramente precarios como fervorosos defensores de su independencia y de su patria, o esos francotiradores chinchorreros, o ese partido, VOX, que se está tomando el Parlamento como si fuera algo serio, empeñados todos ellos en denunciar la corrupción institucional y, más allá, la absoluta podredumbre de la nación, oprimida por la dictadura bolchevique.

La caza de la verdad y de la excelencia es hoy el deporte favorito del poder, que sustenta su fuerza en una justicia corrupta y corruptible. Para este poder que padecemos, todo aquél que cumple es sospechoso. Y detrás de esta montería de los influyentes, detrás de esta morbosa obsesión por desvirtuar crónicas y testimonios, cualquier persona avisada sabe que se esconde un miedo a la verdad y a la realidad, pretéritas y presentes, es decir, a la propia historia, repleta de turbios atajos y de crímenes.

Los españoles de la época calificaron de «milagro alemán» al extraordinario progreso de la nación germana durante la posguerra. Manuel Alcántara, en un rasgo de humor, aprovechó aquello para escribir que al trabajo los españoles lo llamábamos «milagro». Ahora los españoles de bien desearían que a nuestra justicia se la pudiera calificar del mismo modo.

Para ello, por si acaso se produce el prodigio, ahí está, sin ir más lejos, el guardarropa repleto de sangre, atrocidades y cadáveres, del expediente Rayuela, a la espera de unos tribunales valientes, dispuestos a dejar claro que en España, más que un vacío legal, lo que hay es un incomprensible vacío de acción jurídica. Porque si siempre el mismo pan cansa, el fermentado con permanentes escándalos y atropellos, que es el que nos estamos comiendo desde hace más de cuatro décadas, mata.