Como si de una teleserie de sobremesa se tratase, todo el país sigue capítulo a capítulo el proceso de investidura de un gobierno que aún resulta imposible adivinar. Todos son sospechosos de estar bloqueando el proceso y, en mayor o menor medida, la culpa de no avanzar por ningún lado puede ir repartiéndose entre las cuatro formaciones principales.
 
A estas alturas se hace difícil saber quién es el autor material, quiénes los colaboradores necesarios. Todos tienen razones, todos intentan convencernos de sus coartadas para eximirse de responsabilidad pero sus huellas aparecen cada vez que se rompe un aparente proceso de diálogo. La situación está resultando tan absurda que el espectador ya  no sabe si se encuentra frente a una película de Hichtcock o ante una tira cómica de Mortadelo y Filemón.
 
Mientras todo este entuerto simula  "desfacerse" es necesario no olvidar que hay quienes rebuscamos afanosamente en la trastienda de nuestro sistema tomando nota de la cantidad de errores que en nuestra democracia convendría enmendar con carácter de urgencia para que el país no vuelva a encontrarse en semejante situación. Que poner en marcha España dependa de la capacidad/voluntad de cuatro -con sus respectivos equipos de "sabios" que no sabemos si suman o restan en esta ecuación- es totalmente absurdo en nuestra presunta democracia. 
 
La falta de educación política de la ciudadanía es el caldo de cultivo ideal para que broten situaciones como "los seis puntos de Rivera" y no se escuche una carcajada colectiva ensordecedora. Las nociones más básicas sobre los procedimientos del funcionamiento de nuestras instituciones servirían para saber el calibre de la enorme tomadura de pelo que estamos presenciando. Sin embargo, probablemente porque a esos cuatro y a los otros cuatro que les manejan les resulta mucho más conveniente que la gran masa se disperse, se despiste e interprete los gestos de la manera en que sea conveniente. Dicho de otro modo: cualquiera que sepa un poco sobre Derecho Constitucional, por ejemplo, sabe que los seis puntos propuestos por Rivera a Rajoy para darle el "si" en la investidura son pura falacia: para modificar la Ley Electoral, para constituir una comisión de investigación en el Congreso de los Diputados, es necesaria una mayoría parlamentaria. Es el trabajo diario de los representantes del pueblo en las Cortes, y con los escaños de Ciudadanos y del Partido Popular no es suficiente para poder sacar adelante ninguna propuesta. Esto es algo que no se explica, que es normal que la mayoría de la ciudadanía desconozca, pero que supone que toda la palabrería de Rivera quede en papel mojado. Si tanto les preocupa esta situación oprobiosa a los naranja siempre podrían haber puesto similares condiciones a Cifuentes para investirla presidente, o negociado una comisión de investigación parlamentaria para el tema Bárcenas con PSOE y Podemos en los interminables meses de vodevil que ya llevamos soportados. 
 
Que aparezca Ciudadanos como el salvador del bloqueo y que Felipe Gonzálezle atribuya una actitud responsable no es más que la evidencia de que nos toman por idiotas y encima pretenden que les aplaudamos. Y lo cierto es que aquí ninguno se ha comportado de manera mínimamente defendible. Ninguna de las cuatro formaciones políticas. A la vista está que alcanzando la segunda mitad de agosto no hay visos de tener un Gobierno, ni siquiera con los presupuestos generales a la vuelta de la esquina. 
 
Todo parece apuntar a unas terceras elecciones. El Partido Popular está encantado con esta opción, pues sin duda saldrá reforzado frente a su rival más cercano, un Ciudadanos que ya ha demostrado cuál es su papel de comparsa en esta pantomima. Podemos continuará su asalto al asfalto, una vez que ha agotado al espectador y no ha perdido ocasión de decepcionar a propios y extraños (el sainete con Marea en Galicia estos días está siendo muy revelador: tienen tal descontrol interno que es imposible dar un mensaje claro -ni a sus bases ni a sus votantes-). Y en semejante panorama la formación que, según las últimas encuestas, podría aumentar en apoyos, por increíble que parezca, sería el PSOE. 
 
¿Cómo es posible que la formación a quien puede atribuirse la mayor responsabilidad de haber permitido que el PP campase a sus anchas durante estos años, que aparecieran oportunistas como Podemos y Ciudadanos para intentar hacer lo que los socialistas no eran capaces de hacer, ahora pueda verse respaldada con la que está cayendo?  A pesar de encontrarse en el peor momento de su historia, de haber dinamitado sus principios, sus valores, de obtener los peores resultados electorales una vez detrás de otra, de encontrarse vacío de ideas y perfiles fuertes, obsoleto y sin visos de renovación, ha habido una clave que está dándole oxígeno a los de Ferraz: mantenerse firmes en el NO a una investidura de la derecha. Un pequeño rayo de luz en toda esta ciénaga. Una trinchera conceptual que resulta comprensible e incluso plausible. 
 
Que jamás apoyarían un gobierno que perpetuase el destrozo del Estado de Bienestar ni las medidas del Partido Popular
 
El máximo órgano de decisión del PSOE, el Comité Federal, decidió de manera unánime a principios de julio que su respuesta sería un NO. Que jamás apoyarían un gobierno que perpetuase el destrozo del Estado de Bienestar ni las medidas del Partido Popular. No lo harían por activa -votando NO- ni por pasiva -absteniéndose-. Dicho esto, Pedro se fue a la playa y los demás, a conspirar contra Pedro -la conspiración es el deporte favorito en las filas socialistas-.  
 
Que el PSOE lidere la oposición es, sin duda, la mejor estrategia que puede llevar para intentar regenerarse y ocupar el espacio que ha perdido. Sin embargo, si para ello tiene que dejar gobernar al partido imputado por corrupción que ha arrasado el Estado de Bienestar, el precio puede resultar demasiado caro a los socialistas, pues corren el riesgo de que no se comprenda esta estrategia ni por el electorado ni por sus bases. Y ese es el mensaje que están queriendo utilizar las demás formaciones para presionarlo.  
 
Podemos pretende dar a entender que existe una alternativa de izquierdas, cosa aritméticamente falsa (pues los números no dan), y con esta soflama pretenden manipular una vez más, dando a entender que si el PSOE no pacta con ellos es porque en realidad, el PSOE prefiere que gobierne el PP. Ante esta estrategia es preciso advertir al lector que: no está claro que Podemos sea de izquierdas ni de derechas ni de arriba ni de abajo, que aún no han puesto sobre la mesa una sola propuesta para desbloquear esta situación, y que sus últimas declaraciones iban precisamente en la línea de preferir un gobierno de Rajoy a unas terceras elecciones. Es evidente que lo que está en juego es la hegemonía de la oposición (para eso han quedado los supuestos rojos y los morados) y que puestos a conducir hacia el precipicio, Pablo Iglesias pisará antes el freno porque sabe que unos nuevos comicios le harán estamparse contra el suelo. 
 
Si Pedro aguanta y es fuerte, como dijera aquél, lo más probable es que tengamos que ir a votar cantando villancicos. A estas alturas ya no es tan dramático, pues se está convirtiendo en un panorama interesante el que estamos presenciando (para más inri, Bruselas no puede mordernos mientras no haya gobierno, así que no estamos tan mal); y de darse tal situación, lo suyo sería que estos cuatro sospechosos habituales entendieran que ya va siendo hora de que pasen los siguientes. De este modo se evidenciaría quién es quién en realidad: lo que quedaría de Podemos y Ciudadanos sin Pablo y sin Albert -mostrando que han sido un mero producto de marketing-, y las nuevas caras de los dos partidos anquilosados, que probablemente escenificarían una nueva entrega, palomitas incluidas, del moderno gatopardismo. 
 
Ahora está por ver, en el futuro más inmediato, si en la sesión de investidura no hay sorpresas. Vayan preparando las palomitas, porque el panorama promete ser entretenido.