El presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, ha sido objeto de lo que al parecer es una agresión contra su persona mientras realizaba una visita al sureste del país, especialmente golpeado por el daño a la hostelería consecuencia de la intransigente y fracasada política de cierres y confinamientos.

No han tardado mucho los operadores de la corrección política, los cortesanos de la idiocia progre, en atribuir el bofetón ligero, de parvulario, del que mamá nos dio a cada uno de nosotros –cuando España era un “malvado heteropatriarcado”- a la “ultraderecha” gala.

El periodista de 2021, lejos de aquilatar informaciones contrastadas, veraces y teñidas de una mínima objetividad, ejerce de vocero propagandístico e ideológico. Nada cómo agredir a un hijo predilecto de la banca Rothschild, al niño mimado del Foro de Davos, para que en tromba la patulea mediática internacional, incluida la española, dediquen portadas a tan insignificante suceso.

Emmanuel Macron pertenece a esa ralea de políticos enfangada por un cada vez mayúsculo odio popular. Desde su atalaya presidencial montó, en enero del presente año, el espectáculo comunistoide de cariñitos hacia China cuando durante la última reunión del Foro de Davos proclamó la necesidad de un “capitalismo inclusivo” y tolerante, una “reformulación” del sistema “de desigualdades” que repartiera la riqueza de forma más justa. Enarboló, como epígono de cualidades al presidente chino Xi Jinping, y defendió el credo plasmado en los desarrollos formularios de la Agenda 2030: un futuro sin propiedad privada donde seremos felices desprovistos de posesiones; la supresión de los viajes en avión; o el fin de la dieta carnívora, entre otros disparates.

Macron no tardó mucho en aplicar el mantra del ecologismo rancio y unció Francia a los deseos de la sacerdotisa mundialista Greta Thunberg. Hace escasas semanas, los vuelos de avión en el interior de Francia fueron prohibidos. Del mismo modo, y en nombre de la agenda verde, el combustible diesel acumula las iras del presidente francés que no vaciló en aumentar su tributación y en triturar a transportistas y clases populares llevando al país en 2018 y 2019 a las famosas huelgas de los “chalecos amarillos”.

Los franceses, en hartazgo creciente ante las mentiras de Macron, comenzaron a desatar en toda Francia una protesta social mientras las necesidades del Presidente y de la izquierda francesa pasaban por implementar la legislación del aborto legalizando la matanza de vidas inocentes no natas hasta el mes noveno de embarazo aduciendo “angustia psico-social” de la embarazada.

Entre los últimos actos terroristas sufridos por Francia destacan el asesinato del profesor Samuel Paty a manos de islamistas tras la publicitación en redes sociales de falsas acusaciones sobre su persona por parte de musulmanes de las terceras y cuartas generaciones de “nuevos franceses” o el atentado en una Iglesia de Niza, en el cual fueron abatidas tres personas a manos de un “refugiado” africano entrado desde Lampedusa y ayudado por Cruz Roja. El revuelo montado en una Francia donde se disparan la división social y racial y el riesgo inminente de guerra entre sociedades paralelas de convivencia imposible, llevó a Macron a declarar, en 2020, que las fronteras serían “cerradas” a inmigrantes provenientes de España –invadida desde verano de 2020 a través de las islas Canarias- y que se procedería a clausurar asociaciones islamistas radicales o a deportar masivamente a ilegales con antecedentes.

Promesas que se revelaron absolutamente falsas cuando la asociación juvenil francesa “Generación Identitaria” comprobó, en enero del presente año, que los principales pasos de inmigrantes ilegales desde España hacia Francia estaban siendo tomados por ilegales africanos, que la Gendarmería no los retornaba y que Macron estaba engañando a los franceses. La denuncia pública del grupo “Generación Identitaria” fue aprovechada por el gobierno francés para ilegalizar, sin intervención judicial, y en nombre de la “libertad, igualdad y fraternidad” de la República, al mencionado colectivo juvenil, agrupación sin ningún antecedente delictivo pero con el “pecado original” de proclamarse defensora del legado cristiano de Carlos Martel y su histórica victoria contra el islam en la batalla de Tours –año 732-.

Hace unas semanas, destacados mandos y ex mandos militares del ejército de Francia suscribieron una carta alertando del inminente riesgo de guerra civil en el país, dada la brecha cultural y el peligro del separatismo islamista destructor de la convivencia. La carta volvió a destapar las mentiras de Macron sobre el “éxito” contra la inmigración ilegal. El presidente galo es un líder que toma por imbéciles a los franceses. La izquierda volvió a demonizar a la “ultraderecha” social que, en palabras del socialista Melenchon, ya estaría preparando un falso atentado perpetrado por un musulmán “para generar un escenario de guerra civil semanas antes de las elecciones de 2022”.

Las pajas mentales del líder izquierdista Melenchon son tan enormes como las mentiras de Macron, asustado ante la sombra gigante que le persigue, que puede derrotarle electoralmente –pese al infernal sistema mayoritario y de doble vuelta- y llamado “Reagrupamiento Nacional”, la fuerza que dirige Marine Le Pen.

Las élites de Francia se han divorciado de las clases populares y trabajadoras. Les quitan el pan, el avión, la carne y les inundan de musulmanes, impuestos y despotismos variados.

El jovenzuelo anidado en el globalismo más servil a los dictados del neo comunismo de la Agenda 2030, el protegido de Rothschild y llamado Emmanuel Macron, ha recibido una bofetada en público que ya se ha convertido en la noticia más difundida del orbe internacional aprovechada para cargar tintas sobre la disidencia al pensamiento único, harta de que intelectuales, universitarios y pijos parisinos manden no sólo en el Eliseo sino también sobre los campos y los tractores de los agricultores y ganaderos de Francia.

Todavía no ha sido portada de ningún medio cómo la tasa de suicidios en Francia es de más 12,9 por cada 100.000 habitantes, por encima de la media de suicidios a nivel mundial. Todavía no ha sido portada en ningún medio cómo en el año 2020 se produjo una ola de suicidios en Francia, cebada en agricultores pero también en empresarios hundidos por las medidas liberticidas de Macron. Tan dramática es la situación que un tribunal de comercio del departamento de Seine St Denis propuso un sistema de “ayuda psicológica” para los empresarios al borde del suicidio.

Dueños de hoteles, restaurantes y hoteles se han quitado la vida a centenares en 2020.

Entre 2015 y 2019 se suicidaron en Francia una media de 370 agricultores por año: un agricultor cada día. 2020 terminó con cifras superiores a los 400 campesinos suicidios. La subida del diesel, la ruina consecuencia de los recortes de Macron en pensiones y en poder adquisitivo, las alzas fiscales “medioambientales” y las obsesiones tributarias del Presidente son las culpables de la desolación y la muerte.

Sin embargo de esta tragedia humana, de estos autoasesinados compatriotas franceses, nada nos han contado en primeras portadas los medios informativos galos, ni las élites francesas tan preocupadas, eso sí, por la salud del pómulo facial del preside Macron.

La chulería política, el desprecio al pueblo y la altivez oligárquica tienen, a veces, precios a pagar, aunque sean tan livianos como una caricia de parvulario. Lo que le ha tocado padecer a Macron ha sido un pellizco de monja comparado con lo que miles de franceses sufren…y mueren como consecuencia de sus políticas. Pero éstos no ocupan portada alguna en la tele, ni sus dramas personales y familiares son aireados. Esperemos que a Macron le den una lección –ésta sí, de verdad-, en las próximas elecciones.