Otra crisis a costa de Marruecos. Ahora es con Argelia, de resultados impredecibles no sólo por nuestra dependencia energética, sino por el volumen de nuestras exportaciones a dicho país. No deberíamos estar sometidos al Moro, ni por cultura ni por nivel económico y desarrollo social, ni por capacidad de defensa.

    Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística, el incremento experimentado en el número de la nacionalidad española concedida a extranjeros en 2021, es de 144.012. Un 14,1% más que el año anterior. Entre ellos destacan los marroquíes con 43.000 nacionalizados.

    No nos engañemos, el Caballo de Troya ya está instalado, y sobran las bravuconadas. Lo que se debería hacer es impedir más entradas, no permitir más nacionalizaciones y dejar de tenerles como primeros beneficiarios de las prestaciones sociales que las distintas administraciones dispensan. Aparte de que paran nuestras mujeres a parir de los 18 a los 35 años.

    El marroquí, o todo marroquí que se preste, tiene en su horizonte: Ceuta, Melilla, Andalucía y las islas Canarias. Y sobre esto no discuten, que al respecto hay bastantes españoles que lo hacen. Otra cosa es, que como pueblo ladino y paciente espere ver pasar el cadáver de su enemigo.

    Marruecos es, desde el punto de vista jurídico-político occidental, un Estado fallido. Un país que sobrevive del control de la inmigración hacia Europa, de nuestros antiguos calderos de pesca, de las divisas que le entran de sus inmigrantes y del turismo. Poco más hay en el corrupto reino alauí.  

    Enemigo declarado de todos sus vecinos, con los que mantiene constantes pleitos y disputas, pretexto que le sirve al Sátrapa y a su corte para desviar la atención de su pueblo, la inmensa mayoría en la precariedad.

    Precariedad que se sacuden en España, país al que de ningún modo reconocen nada, hasta el punto de que la población marroquí que soportamos vive endogámicamente, sin querer tener ningún tipo de relación con la española porque temen que la cultura, las costumbres y la religión contaminen a sus hijos.

    En el punto de mira de las fuerzas y cuerpos de la Seguridad del Estado, estos individuos nos aportan fundamentalmente problemas. Ahí tenemos nuestras cárceles llenas de estas gentes y cada vez más menores, muchos de ellos altamente conflictivos, a los que alimentar.

    Estamos jugando con fuego, y cuando llegue el incendio, que será voraz, sobrarán las armas porque todo se decidirá democráticamente. Tiempo al tiempo que torres más altas han caído, y en España, como de sobra venimos acostumbrados, todo es posible.

    Lo dicho, sobran las bravuconadas y faltan vientres.