La “nueva normalidad” pasa por el aparato legislativo arrolladoramente dictatorial puesto en marcha por el gobierno social-comunista para construir el “hombre nuevo” clavado en las ideas maoístas del Ministro de Universidad Manuel Castells y en las marxistas-leninistas de Pablo Iglesias.

El “hombre nuevo” es el del marxismo chinesco que acompañó a Castells en su juventud cuando militó en la organización maoísta “Bandera roja” en los años 70, o el del imaginario “frapero” de Pablo Iglesias nacido de las canciones terroristas que su padre le cantaba de niño.

Estos dos ministros marxistas, principales cabezas ideológicas destiladoras del materialismo clasista, han sustituido la lucha de clases del marxismo clásico, fracasado cuando cayó el muro de Berlín, por el empoderamiento de las minorías raciales, las mujeres feministas, el lobbie LGTB o los ecologistas.

El racismo anti blanco del movimiento “Black lives matter” es parte ineludible de la agenda pro inmigracionista de un gobierno español que aboca a la ruina al tejido laboral y productivo como propósito anhelado para levantar, sobre el lodazal de la miseria, los deseos de esclavitud social perpetrados por dos tipos: Pablo Iglesias y Manuel Castells. El primero es un mancebo de Ana Patricia Botín, la monaguilla del Comité directivo del Club Bilderberg y rectora del grupo “PRISA” a través de su esbirro Javier Monzón. El segundo es el elaborador de la siniestra doctrina de “monitorización social” y digital y control ciudadano que ha puesto en marcha el gobierno contra la disidencia política, y así lo ha escrito y plasmado en sus artículos – a lo largo de varios años- en “Open democracy”, el “think thank” progre internacional que aboga por exterminar la familia tradicional considerada “olla a presión del capitalismo opresor” y que es financiado por el magnate George Soros.

La “nueva normalidad” del gobierno de Sánchez exige un sometimiento pleno a disposiciones policiacas de control estatal para imponer conductas que callen conciencias y eliminen la libertad personal de pensar y sentir. La “mascarilla” hoy obligatoria, que en plena pandemia era “innecesaria y alarmista” según el Ministro Illa y el chikilicuatre Simón, es un bozal simbólico, abrasivamente macabro y significativamente pervertidor para mostrar ante el “Gran Hermano” nuestra docilidad y acallamiento. Al constructor socialista del “hombre nuevo” le gusta comprobar los signos tangibles y materiales de sumisión social.

Reciclando la sociedad española para que ésta sea una masa amorfa, desnortada, sin conciencia crítica, sujeta a un marco legislativo policiaco de control abrasivo que nos “tapa“ las bocas y nos recorta los movimientos personales, estamos a merced gradual de ceder la última reserva de dignidad que le queda a un pueblo: sus hijos, su prole, sus niños.

La nueva “ley de protección de la infancia” que ha urdido Pablo Iglesias es una marrullera normativa que abre la puerta a las denuncias falsas, al enfrentamiento intrafamiliar, a la ruptura de la relación paterno- filial y que desincentiva la natalidad, de la cual está tan ávida una nación española con el índice de fecundidad más bajo de Europa.

Los socialistas y podemitas quieren destrozar los resortes de la sociedad española. No sólo han sido abatidos, en residencias de mayores, nuestros ancestros, por la culpa directa del Vicepresidente Pablo Iglesias en número de 20.000; ahora quiere abatir la inocencia de los niños, pues gracias a la ley de “protección de la infancia” anunciada, los niños van a ser mutilados en su decencia y dignidad como parte indispensable del hogar y la familia.

Destruir a los ancianos molestos que no les votan, y cooptar a los niños; un sueño húmedo podemita que se consuma en España.

Pretextando que “hasta los 45 años” se podrá denunciar un “abuso” a menores, se abre la puerta a que niños y jóvenes enardecidos por gabinetes de psicopedagogos o servicios sociales (copados por el pensamiento progre) denuncien a su padre o madre porque hayan sido reprendidos verbalmente o, no digamos, si reciben el clásico bofetón en el culete. Cualquier padre o madre que ejerza autoridad de corrección disciplinaria sobre su hijo o adolescente, acabará a disposición policial aunque no exista ningún indicio de maltrato salvo el mero testimonio del menor o de un “delegado” o “comisario”, figuras “protectoras” que se impondrán a modo de delatores y espías para denunciar a los padres.

La destrucción de la familia, su quebrantamiento vertebral al enfrentar a padres e hijos, al derribar la posibilidad de ejercicio de la autoridad paterna, abre la puerta hacia una mayor anti-natalidad y, cómo no, a los vividores y cuentistas del pesebre izquierdista: los servicios sociales –plenipotenciarios- podrán arrebatar con mayor albedrío y discrecionalidad niños a sus padres, enviándolos a centros de menores tutelados premiados con la subvención y en los cuales, en ocasiones, los menores son lanzados al delito o al abuso sexual como sucedió con el horror de las niñas abusadas durante décadas en las Islas Baleares con el mutismo de las autoridades políticas de PSOE- Podemos. No existirá control judicial en el arrebatamiento de los menores a sus padres a manos de “delegados”, “comisarios” o “servicios sociales”; los niños serán pasto de la voluntad ideológica de esos agentes soviéticos cuya cualificación y protocolos de actuación son, en la mayoría de ocasiones, desconocidos, pues sólo anidan en el ideario apesebrado desde donde reciben colocación.

España no necesita una “ley de protección de la infancia” podemita por parte de quienes quieren corromper a los niños aplicándoles, en las aulas, un adoctrinamiento inmoral y anti natural a través de la ideología de género y su relato artificial contrario a la libertad y a la biología. España no necesita una ley de enfrentamiento de padres e hijos que producirá anti-natalidad y destrucción de la familia. España no necesita que el ideario marxista del “hombre nuevo” de Pablo Iglesias, Manuel Castells e Irene Montero, arrebate, pervierta y mancille la dignidad y libertad de los niños.

Mientras la “nueva normalidad” arrecia vía Decreto ley, Podemos fabrica la ingeniería social que los esfínteres de George Soros aplauden. Mientras la “nueva normalidad” arrecia, los descendientes ideológicos del comunista Georg Lukacs -instructor educativo del gobierno comunista húngaro en 1919- honran su legado practicando la misma hedionda manipulación sobre los menores inocentes que Lukacs patrocinó hace 100 años, y para ello crean leyes anti natura que deforman las estructuras familiares y someten los menores al Estado invasor e intrusivo; al Estado “instructor”, que educa sexualmente y moralmente. Es el proyecto educativo del socialismo y su “hombre nuevo”.

La “nueva normalidad” va a jalonar con su esencia déspota el coctel de ideas de lucha de clases, de materialismo, que seducen los ánimos de cuántos adoran que la “agenda 2030” de la ONU y su sacerdotisa Greta, nos conviertan en un ganado encapsulado en fobias y complejos. Fobias y complejos contra el uso del diesel, contra la práctica de la caza, contra la tauromaquia y contra la natalidad. La “reproducción de las parejas heterosexuales es nefasta para el calentamiento global” (Greta dixit), y no digamos para Bill Gates y los informes de la Fundación Rockefeller favorables al control social y la reducción de la población mundial. Por ello Pablo Iglesias y su gobierno acaban de idear otra ley, de “protección de la infancia”, que supone un atropello a la familia y un ataque a la estructura heterosexual y reproductiva del hogar familiar al robar la inocencia e integridad de los niños.

Recuerden aquellos años pasados de nuestra historia en que a padres y madres les teníamos un respecto sepulcral; en que la calle era un océano de paz social; en que la conformación de un hogar amplio era considerada una entrega civil y patriótica de amor a España y al bien común. Eran los años donde España era una Nación cohesionada, inficionada de valores cristianos y cooperadores y de respeto por la raíz común llamada Patria. Eran los años del régimen franquista, donde un “boom natalista” sin parangón en nuestra historia llevó a que España en 1975 tuviera un índice de fecundidad de 3 hijos/mujer; índice que hoy es, en el caso de las mujeres españolas, de 1,1.

Cuando surge en libertad y armonía la clase media, y cuando la cultura de la vida se abre paso con normas de salubridad social donde lobbies hedonistas, hipersexualizadores y ateístas no tienen espacio, aumenta la natalidad como lo hizo en España durante décadas, especialmente en los años 60, gracias a la armonía de una Patria no unida al materialismo sino regida por el compromiso de los valores más auténticos de la doctrina social del derecho natural y el cristianismo.

En 2020 ya hemos dejado atrás definitivamente la fertilidad social de antaño, para instaurar la cultura de la muerte donde aborto y políticas anti-familia producen en algunas regiones el doble de fallecimientos que de nacimientos en nuestra Patria.

La izquierda mamporrera de Bilderberg, barragana de “think tanks” soristas y sumisa al capitalismo trasnacional usurero, no quiere reemplazo natalista sino procesos inmigracionistas; desea deshacer familias y destruir nacimientos. Quiere levantar su sociedad multicultural desbocada anhelada por el masón Kalergi, padre- inspirador de la Unión Europea, para el cual Patria y cultura propia desaparecerán en el magma de los mercados y del gobierno mundial.

Semejante ataque a la nación española está perpetrándose y lo hace de la manera más endiablada y asquerosamente comunista: apropiándose de los niños y pervirtiendo la infancia. La “ley de protección de la infancia” de Pablo Iglesias es horrorosa y pura ingeniería social bastarda.