Acabo de oír a Pedro Sánchez afirmar ante las cámaras de televisión lo siguiente, a raíz de la solicitud de imputación de  su vicepresidente Pablo  Iglesias  por tres  supuestos delitos: “Confío  plenamente  en  él”.

         Ha transcurrido muy poco tiempo  desde que  le oíamos decir que con Pablo Iglesias  jamás pactaría  “Porque ni yo ni el 95 % de los españoles   dormiríamos   tranquilos”.

       ¿Qué ha sucedido desde entonces para un cambio tan radical? Pues que cuando mostraba ese rotundo rechazo de los populismos representados por su actual vicepresidente, estaba empleando la táctica de mostrarse ante los españoles como un político responsable, serio, moderado, que anteponía los intereses de los ciudadanos  a todo lo demás,  incluida  su  legítima  aspiración  a  ser  presidente  del  gobierno.

        Fracasada aquella farsa, al no obtener el apoyo electoral necesario que, en su narcisismo creía merecer, -y bien que exteriorizó el disgusto-, al día siguiente de celebradas las elecciones, se echó en brazos de quien tanto insomnio iba a provocar a  los españoles, según sus propias palabras,  materializando  un  pacto  de gobierno  con  Pablo  Iglesias   en  menos  de  48  horas.

        Pero  como las cuentas parlamentarías para ser presidente, que, entre  otras  ventajas  le garantizara  una paga  vitalicia, aún no le salían, a continuación  alcanzó  un rápido acuerdo  con los independentistas y  los  herederos  de  la banda terrorista ETA, con quienes,  asimismo, había  asegurado  poco antes que  jamás  iba a pactar: “Ni  antes, ni  durante, ni  después”. ¿Lo  recuerdan?

      ¿Cómo se explica una conducta así, junto a otros muchos comportamientos discordantes, que tanta  incertidumbre  y  preocupación están  ocasionando  a  la mayoría  de  los  españoles? La  única   explicación inteligible, la única que hace comprensible su contradictorio comportamiento, es  que  tiene  una  personalidad  psicopática, es decir, presenta un evidente desequilibrio emocional de tipo narcisista, con tan desorbitada ambición de poder, como modo de ocupar el más alto escaparate  donde  pavonearse,  donde  exhibirse  y  ser  admirado, que para  él  las  consideraciones de orden ético,  la palabra dada, la coherencia consigo mismo y ante los demás, la integridad moral y la honradez, no cuentan para nada. ¿Pueden bastar cuatro  hechos concretos  que apoyen lo anterior?: Mientras  miles de españoles no tienen ni para comer, a él le ha sobrado  tiempo  para colocar con todo  el descaro y sin pudor alguno, a su mujer, a su hermano y a su mejor amigo, en privilegiados puestos, con elevadísimos sueldos, sin más mérito  que  el  de  parentesco  o  amistad.

          Se  puede aducir que  en  ESPAÑA  todos los políticos hacen lo mismo, lo que para  vergüenza  nuestra  casi  siempre  es  cierto, pero lo que no  había  hecho  jamás  un  presidente  del  gobierno,  y aquí está el cuarto hecho, es manifestar su profundo pesar por la muerte voluntaria de un terrorista condenado por su  militancia  en el  comando que asesinó a  Miguel  Ángel  Blanco.  Cualquier indignidad es válida con tal de no perder  los  apoyos   que  le  sostienen.

          Hay muchas clases de psicópatas. Están los desalmados, asociales, que no respetan las normas de la sociedad; los paranoides que desconfían de todo; los impulsivos que no se detienen a reflexionar y pasan del pensamiento al acto en décimas de segundo sin valorar las consecuencias de sus acciones; los sádicos, que disfrutan con el sufrimiento ajeno; los dependientes, incapaces de tomar decisiones por ellos mismos; los “evitativos”, que rehúyen el contacto con otras personas; los psicópatas histriónicos, necesitados de llamar continuamente  la atención de los demás;  etc.

         Se calcula que en la población general hay aproximadamente un 2% de psicópatas puros, lo que da una cifra aproximada de un millón  de ellos en nuestro país, proporción que aumenta al 16% entre la población reclusa.

        Un grupo curioso de psicópatas son los estafadores, personas especialmente dotadas por su encanto personal, tanto en lo físico como por su conversación, si bien tienen una empatía superficial y fría a poco que se les analice;  astutos, se aprovechan  de  todos  y saben generar confianza con su aspecto y modales, mostrando seguridad en sí mismos, aunque necesitan mentir continuamente por lo que tienen que ocultar; poseen una  particular visión de la realidad que tratan de acomodar a su conveniencia, sabiendo distraer la atención de los demás con temas  marginales para mejor alcance de sus verdaderos objetivos y les gusta exhibirse   como   personas  importantes.

          Dotados de tales atributos son capaces de engañar a personas de un elevado nivel cultural e intelectual, si no se está suficientemente prevenido ante este  tipo de sujetos.  Como ejemplos, citemos a tres famosos estafadores, dos extranjeros y uno nacional, de triste y desafortunado recuerdo: Luis Roldán, exhibió un curriculum que no tenía y fue nombrado por Felipe González nada menos que Director General de la Guardia Civil, cargo que  ocupó a lo largo de siete años. Durante ese tiempo, a pesar de estar rodeado por todo el Cuerpo de la Benemérita, se enriqueció ilícitamente antes de ser descubierto, huyendo a Laos con el dinero robado. Tras entregarse, con buena parte del dinero ya a buen recaudo, cumplió 15 años de cárcel y ahora vive plácidamente en su Zaragoza natal;  George C. Parker, estadounidense: a principios del siglo pasado  vendió varias veces el puente de Brooklyng,  así como la mismísima Estatua de la Libertad. Terminó sus días en la cárcel, condenado tras múltiples reincidencias; y Victor Lustig, checo: también una persona refinada,  con don de gentes, políglota, vendió la torre Eiffel en dos ocasiones y se fue a Viena con una maleta repleta de dinero. Fue detenido en EEUU por otras estafas y encarcelado en Alcatraz, donde falleció en el año 1947, no sin antes haber  estafado  en la  cárcel  al  mismísimo  Al  Capone.

         Pedro Sánchez es un estafador de la política, hábil, astuto y taimado. Para satisfacer su narcisismo, ese trastorno narcisista de la personalidad que lo embarga, ha estafado de forma  intencionada a todos los españoles, valiéndose para ello de las dotes de actor que posee para representar el papel de hombre de estado y valiéndose también de la  fluida verborrea vacía de contenido que prodiga,  lo que le ha  permitido ocupar un puesto  para  el que no está  capacitado, como demuestra la gravísima degradación económica y social a la que está  llevando  a  ESPAÑA  en  un  brevísimo  espacio  de  tiempo.

          Como psicópata típico que es, su conducta no es susceptible de reconducir. Siempre  actuará  dominado  por la misma insaciable necesidad de sentirse importante, y, lo que es peor, aunque arruine a ESPAÑA, cada vez  sentirá mayor necesidad de  tomar decisiones de más hondo  calado y trascendencia,  para  que no  decaiga lo más mínimo la admiración  que cree  despertar  en  los españoles y en el mundo entero, como  “líder mundial”  que  él  mismo  dice  ser.

         ¿Terminará en la cárcel como tantos otros psicópatas, narcisistas y estafadores?