España, desde el final del franquismo, se ha convertido en un escenario gigantesco en el que han actuado de protagonistas, unas veces siguiendo el arte de Talía y siempre el de Melpómene, lo peor de cada familia civil o política. Miembros todos ellos de sectas, lóbis o mafias ominosas; nómbrense éstas Vagancia, Sodoma, Demencia, Ibex, Delincuencia, Anglosajonia, Codicia, etc., cuyos libretistas, con la etiqueta que los amables lectores quieran ponerles, son la encarnación del Mal en estado puro, y cuya tramoya ha sido manejada por el marxismo cultural, infiltrado ya desde comienzos de los años 60 en nuestro tejido social, no sólo sin oposición -eficaz, al menos-, sino incluso con colaboraciones ingenuas de gente bienintencionada.

 

Tras este proemio, que juzgo necesario para entender la trama, hay que decir que mantener las apariencias significa proteger toda la acción dramática, porque la ficción y el engaño son quienes sostienen la atención de los espectadores. Tal artificio es el que, mediante su recién concluida convención, acaba de llevar a cabo el PP, un partido que, como el resto de la llamada casta política, ante la irrupción de VOX se apresta a encontrar nuevas fórmulas que no pongan en peligro su tinglado.

 

La vida de los mortales, como dijo Erasmo, es una comedia en la que unos y otros salen cubiertos con las carátulas a representar sus papeles respectivos, hasta que el director de escena les manda retirarse de las tablas. En el mundo, como en el teatro, más en el de la política, acontece con frecuencia que unos mismos actores se disfrazan con diversos trajes y varían de discurso según el rol que ese día les toca representar.

 

Pero el trapacero PP, que pese a todo su empeño nunca ha destacado por su capacidad escénica, léase propagandística -al contrario que sus cómplices de las izquierdas resentidas-, se ha exhibido también en esta ocasión envuelto en desbarros y paradojas desconcertantes, repartiendo papeles con más aspiraciones que acierto. Si ya puede resultar ridículo traer a reliquias foráneas para abigarrar más aún la escenografía -véase esa traza francesa llamada Sarkozy-, o un embarazoso contrasentido tener que juntar en el elenco a Isabel Ayuso y a Pablo Casado, lo que adquiere visos patéticos a la hora de enjuiciar al guionista es aparentar una renovación de la comedia colocando a Aznar y a Rajoy en el centro de la fotografía. Efigies ambas de las que, parafraseando a Gerónimo de Covarrubias en La enamorada Elisea, puede decirse aquello de: Tiempo, lugar y ventura / Rajoy y Aznar han tenido, / pero ninguno ha querido / atender la coyuntura.

 

Que con fingida buena voluntad se evoquen y reivindiquen unos principios decapitados tenaz y asiduamente por los anteriores líderes y lo hagan cogidos de su mano debería constituir, más que un esperpento, una tragedia para el grupo; peor aún, un tremendo error. Pues no creo que a los sensatos electores del partido de la calle Génova -¿acaso queda alguno sensato?- les parezca adecuado que quienes fueron unos políticos exánimes para los adversarios y pérfidos para los suyos y para la Patria, deban ser mostrados como modelos a seguir. Y menos para caminar hacia la restauración que España necesita con urgencia.

 

La cuestión es que en esta escenografía pepera se ha repetido la farsa que, con distinto decorado, exponen cuando toca todos los partidos políticos parlamentarios actuales -salvemos a VOX-, incapaces como son de aceptar la realidad si esta no les conviene. Aparte de abstenerse de cualquier autocrítica, tienen el cuajo suficiente para emborracharse de mentiras y medias verdades que endosan una y otra vez a ese pueblo que dicen querer tanto y al que en realidad desprecian por utilizarlo para sus fines de alcanzar el poder o mantenerse en él.

 

Sabemos que en la actualidad congresista, el fraude y el engaño son comportamientos eficazmente estructurados para que su sistema particular de intereses políticos funcione, en perjuicio siempre del bien común. Porque no son la mayoría de los políticos de nuestro tiempo gente que actúe por estímulos de orden moral, sino conforme a su provecho, que es la suprema razón de su conducta. De ahí que acepten o incumplan las leyes según conviene a sus planes.

 

Y sabemos que la debilidad intelectual y moral de casi toda la política actual, cuenta con el contrapeso de una ambición sin límites, abierta a todos los vientos y a todas las sospechas. Lo que no se hallaba en el guión, y nunca se va a encontrar, es que esa habilidad suya de entretejer verdades a medias y falacias, urdiendo historias de codicia y perfidia, viene haciendo agua desde hace lustros, y mostrando de paso un repertorio tan pretendidamente lustroso como falto de caletre y de ética.

 

Porque la función ha resultado un fiasco para cualquier espectador con las neuronas a temperatura ambiente, el cual no ha dejado de comprender que esta burda ficción es consecuente al pánico de los protagonistas, no sólo ante su vacío ideológico y moral, sino sobre todo ante la competencia. Los artistas son conscientes de haber sido desenmascarados, además de por la realidad, por una oposición emergente que subraya en su discurso la identidad nacional y no parece subordinar nuestra economía y nuestra defensa a intereses que casi nunca son los nuestros.

 

Porque es evidente que la irrupción de VOX, cuestionando autonomías centrífugas y contrariando a la globalización pretendida por la UE, que desea que los países que la componen, sin alma ya, puedan disolverse concluyentemente en la mundialización, ha puesto de los nervios a esta partidocracia que, ausente del sentido del Estado y de la Historia, se ha dedicado durante décadas a impulsar los separatismos, financiándolos y permitiendo estatutos anticonstitucionales que, entre innumerables desafueros, han llevado a la inmersión lingüística y cedido atribuciones claves como la enseñanza, por ejemplo.

 

El congreso del PP hemos de verlo, pues, como una pantomima más a las que nos tienen acostumbrados unos dirigentes no aptos por su inmoralidad, negligencia y mala fe. Que quienes llevan décadas tratando de que todo sea incomprensible nos pidan comprensión, es un sarcasmo. Que quienes se dedican a empobrecer los ideales mientras se enriquecen, y traicionan a sus electores y a España, nos pidan confianza, es, más que un acto de fe imposible, una vileza.

 

En su reciente espectáculo -incluida la señora Ayuso, incomprensiblemente elogiada por muchos-, estos desleales hablaron como suele hablar la casta política que padecemos, es decir, como los oráculos, a fin de que cada cual pueda interpretarles según convenga; pero tanto ellos como sus partidarios deben tener presente que el lenguaje de los oráculos es el lenguaje de los impostores.

 

De entre ellos, los más inmovilistas están en un irresponsable «aquí no ha pasado nada», pues el convencimiento de su impunidad unido a su secular adicción al poder les lleva a estimar que no es preciso cambiar ni los hombres ni el estilo. Otros, más cautos, ventean la necesidad de cambiar algo para que no cambie nada y, haciendo un nuevo alarde de cínica versatilidad, pretenden presentarse como los creadores y ejecutores naturales de la «nueva política». Pero ambos modelos, con su típico estilo de limpiachimeneas, que se han mostrado una vez más desconcertados e imposibilitados de resolverse a nada verídico y provechoso, son pedazos de la misma tela.

 

Contra tanta falsa comedia y, por si fuera poco, considerando el moderado o dócil discurso de Isabel Ayuso, suficientemente revelador para los que tengan los dos ojos abiertos, es obligado insistir en que las papeletas otorgadas al PP, que en el pasado se vendieron y se compraron como sufragios útiles, hoy vuelven a mostrarse como un evidente voto estéril. Peor aún, dañino y destructor. A quienes importa la vida, la familia, la educación, la libertad, la justicia; a los españoles que aprecian las leyes naturales y abominan de la perversión, a quienes honran la unidad de España, su historia y su cultura, sus símbolos y tradiciones, saben que, juzgando las experiencias de estos últimos años, la opción del PP –y la de sus cómplices, por supuesto- debe excluirse por aciaga y escarnecedora.  

 

A lo largo de las últimas décadas y en todos los aspectos de su gobernación –que ha tenido su demoledor y explícito testimonio en la actitud con el delito, en general, y con la justicia, la educación y los separatismos, en particular-, quienes nos han traído hasta aquí han demostrado hasta la saciedad su actitud antiespañola. Aunque todavía nadie les hace tragar sus mentiras a estos promecondes de Soros y Cía., volver a contar con ellos para labrar el futuro, significaría una humillación como ciudadanos y una catástrofe como país.