Desde el comienzo de la epidemia del coronavirus hasta el final del estado de alarma la cifra de fallecidos en las residencias de mayores asciende a casi 20.000 personas. El dato es lo suficientemente estremecedor como para poder calificar de nefasta la gestión sanitaria de las residencias durante la crisis sanitaria. Ante tal situación no puede valer con mirar hacia otro lado, intentando obviar el hecho, ya que ninguna sociedad moralmente consolidada puede cargar sobre su conciencia con la lacra del silencio de los corderos, salvo que consienta caer presa de la ignominia que supone dejar en el olvido a aquellos que nos precedieron y ya no están entre nosotros.

Por ello, se nos antoja absolutamente necesario establecer el conjunto de acontecimientos que han rodeado a la gestión de las residencias a lo largo de la epidemia, para posteriormente poder exigir responsabilidades, tanto en el ámbito político como en el penal.

Decía John Milton a propósito del elogio que era necesario “que se ofrezcan muestras contundentes de que las virtudes que se elogian se den de manera real y clara en las personas a las que se atribuyen”. Entendemos que si tal aserto es válido para el elogio también ha de serlo para la crítica. Así es que, ya sea para una cosa o la otra, pasemos a repasar los hechos antes de realizar el alegato final que, sin solución de continuidad, nos conducirá al veredicto.

En la declaración del estado de alarma Pedro Sánchez quiso dejar claro a los españoles que para gestionar la crisis sanitaria “la autoridad competente en todo el territorio será el Gobierno de España y la autoridad competente delegada será el ministro de Sanidad, Salvador Illa”. Tras este comunicado, concretamente el 19 de marzo, se nombró al vicepresidente 2º y ministro de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, responsable único de la gestión de la epidemia en las residencias de mayores. El organigrama diseñado para enfrentarse a la crisis sanitaria desencadenada por el coronavirus quedó, por lo tanto, claramente definido durante los primeros días del estado de alarma. De hecho, dando muestras una vez más de su afán de protagonismo, Pablo Iglesias quiso dejar claro su cometido cuando declaró ante la prensa que el propio ministerio de Sanidad le había pedido que se pusiera al frente del operativo de atención a las residencias de mayores. Además, desde su recién estrenado puesto, se comprometió a medicalizar los centros de mayores, reforzar sus plantillas y suministrar equipos de protección individual a los sanitarios, pero la prometida ayuda nunca llegó, tal y como señala Cinta Pascual, presidenta de la patronal española de residencias de mayores (CEAPs), en declaraciones a Okdiario.

A pesar de su inoperancia, parecía muy ufano Pablo Iglesias con su nuevo cargo y sus nuevas responsabilidades. Sin embargo, el mundo se le vino encima cuando comenzó a tener conocimiento de la cantidad de personas mayores que estaban falleciendo en las residencias. Y en ese preciso momento, en lugar de pedir perdón e intentar poner en marcha algún tipo de remedio ante la dantesca situación, solo se le ocurrió hacer lo que mejor se le da, esto es, politizar el dolor, arremetiendo contra la Comunidad de Madrid (CM) al acusar a Isabel Díaz Ayuso de ser la responsable de lo que estaba ocurriendo en los centros de mayores. No cabe mayor cinismo, pero esto no debe extrañarnos lo más mínimo, ya que es ésta una cualidad que parece acompañar al personaje desde la cuna.

El planteamiento, en cualquier caso, pareció gustar en el seno de la coalición social-comunista, de tal forma que el delegado del Gobierno en la CM, José Manuel Franco, animaba en un foro telemático a sus huestes socialistas a “retorcer el tema de las residencias y que no busquen responsabilidades en el Gobierno”. Evidentemente no cabe más bajeza moral que acusar a otro de una tropelía que tú has cometido, pero así se las gastan los señores del puño y la rosa, si bien en este caso han unido la vileza a la estupidez, ya que la utilización en la arenga del verbo retorcer pone de manifiesto la repulsiva naturaleza de sus intenciones.

En cualquier caso la argumentación esgrimida por Pablo Iglesias y compañía carece de la más mínima consistencia.

Así, resulta obvio que los fallecidos en las residencias no se dieron solo en la CM, sino en todas y cada una de las Comunidades Autónomas (CC.AA.) que conforman el territorio español. Evidentemente Pablo Iglesias, acostumbrado a hacer trampas hasta en los solitarios, puso el foco de atención exclusivamente en la CM por un doble motivo: porque ésta estaba gobernada por el PP, y porque sabía que no podía atacar a aquellas comunidades gobernadas por los socialistas, ya que estos son sus socios de gobierno y tampoco podía mencionar a las comunidades gobernadas por los independentistas, pues estos son sus aliados en la tarea de deconstrucción nacional que pretende llevar a cabo. De esta forma, el relato construido por la coalición social-comunista no hace otra cosa que hundirse por el peso de un excesivo maniqueísmo, para solo poder ser entendido como una patética excusa.

Pero es que, para más inri, con los datos en la mano podemos decir que hasta 10 CC.AA. presentan una mayor tasa de mortalidad en las residencias de ancianos que la CM, lo cual viene a poner en evidencia la enorme falacia que supone centrar la crítica en Isabel Díaz Ayuso, en un intento no solo de desviar la atención y quitarse de encima la responsabilidad de lo sucedido, sino también de agraviar al PP y salvaguardar sus propios intereses partidistas.

A todo ello debe además sumarse que, dado que todas las residencias de España estaban bajo su jurisdicción, Pablo Iglesias tenía la obligación de supervisar su funcionamiento y, en caso de que éste fuera deficiente, tenía el deber de tomar medidas que ayudaran a paliar la situación. Sin embargo, el vicepresidente 2º del gobierno, lejos de cumplir con lo que su cargo demandaba, optó por hablar y no por hacer, dejando así en una precaria situación a los ancianos.

De esta manera, desoyendo la máxima benedictina que recomienda “ora et labora”, cuando llego la hora de ponerse manos a la obra, Pablo Iglesias fue incapaz de elaborar un protocolo de actuación, establecer indicadores de salud, implementar medidas, monitorizar actuaciones y alcanzar objetivos, demostrando, con todo ello, su incompetencia para cumplir dignamente con su cometido.

En definitiva, perdido en su guerra particular nacida del rencor, abandonó a su suerte a buena parte de una de las mejores generaciones de españoles de la historia. Una generación que, parafraseando a Winston Churchill, convirtió la sangre en esperanza de vida, el sudor en prosperidad y las lágrimas en sonrisa de satisfacción por el deber cumplido. En consecuencia, muchos de nuestros mayores han muerto sin tan siquiera disfrutar del consuelo de tener a su lado a un familiar que les limpiara el sudor de una frente arrugada por los años y el dolor, que les susurrara al oído palabras de aliento en tan funesto momento, que les apretara la mano transmitiéndoles su amor antes del fatal desenlace.

 

Este abandono de nuestros mayores es una prueba más de la miseria moral que adorna el carácter de Pablo Iglesias. Decía Stefan Zweig que “la historia, ese gran demiurgo, no necesita de un carácter heroico como personaje principal para poner en pie un drama estremecedor”, y eso es exactamente lo sucedido en las residencias con este siniestro personaje, el cual -financiado por la narcodictadura venezolana y la tiranía islamista iraní-, llegó a la política, con un discurso neomarxista, populista y demagógico, solo válido para mentes adocenadas, prometiendo asaltar el cielo, cuando en realidad solo puede ofrecernos el infierno al que conduce su distopía totalitaria y colectivista.

En conclusión, una vez probados los hechos, Sr. Pablo Iglesias Turrión el veredicto solo puede ser de culpabilidad.

Rafael García Alonso (Doctor en Medicina)