Suele aceptarse, con deplorable cinismo, que la política es un oficio necesariamente abyecto, también vicioso; los vicios tienen su asiento en nuestra naturaleza, pero si se convierten en tolerables, por hacerlos necesarios según el gusto de los políticos y sus panegiristas, necesario es también confiar este papel a los ciudadanos más desfachatados, menos escrupulosos, a los que sacrifican su tranquilidad de conciencia a la salud de su ambición, como los héroes sacrifican su vida por una buena causa o los patriotas por su patria.

Frente a ellos, los individuos más corrientes, conscientes del valor cívico y social, desempeñan papeles más sencillos y menos temerarios o penalmente arriesgados. El bien público, al parecer, según el criterio de estos irreverentes, requiere que se traicione, que se mienta y que se abuse y extermine; tal vez por eso el pueblo encomienda esa misión a gentes más adecuadas, más obedientes a la maldad. 

En verdad que uno, en su sencillez, experimenta gran desconsuelo al ver que los jueces, los intelectuales áulicos y los medios informativos y, en nuestro liberalismo democrático, también los reyes y los militares y los educadores, ayudados por el fraude, la extorsión o por esperanzas de favor, y empleando la prevaricación, el engaño y la impudicia, se dejan atraer por el criminal.

Mal sirve a la monarquía, a la justicia y al resto de las instituciones del Estado, el procurarse estos medios de subsistencia. Y mal sirven a la monarquía y a la ley, los monárquicos y los legalistas que se empeñan en justificar la ignominia en que ambas chapotean. Si fuéramos maliciosos sería fácil burlarse de esos espíritus que con tanta temeridad y alegría se brindan a ser instrumentos de causas tan perdidas como inicuas.

El caso es que son estas que sufrimos unas instituciones viciosas y no debemos considerarlas menos nocivas para sí mismas que para el pueblo o para la causa de la verdad, que es a quien deberían servir. En mi opinión no sólo es detestable el engañar, sino que cualquier persona de bien debiera negarse a dar oportunidad al delincuente para que la farsa y el crimen se lleven a cabo.

En toda ocasión, y más en estas actuales circunstancias que nos despedazan, debiera evitarse cuidadosamente infligir perjuicio y traicionar al bien común. Las gentes del oficio, es decir, los políticos y mandatarios en general, se mantienen encubiertos y engañosos en todos los foros y por todos los medios, ofreciéndose, según su más viva codicia, a negociar para sí mismos, antes que a favor de sus representados, sin importarles faltar al deber que teóricamente tienen contraído con éstos, ni por supuesto a su propio prestigio y dignidad. De ahí que sus maneras sean turbias, difíciles al convencimiento, y alcancen descrédito con la primera acción y el primer contacto, quedando como paradigmas de esa mentira absoluta y omnipresente que lo pudre todo. 

Entiendo que en cualquier época son oportunas la ingenuidad y la verdad, y dignas de brindarse puras y sin disfraces. Del mismo modo que son poco sospechosos los amantes de la libertad, y que la libertad misma no puede resultar odiosa, menos aún en boca de aquellos que actúan con desinterés, los cuales se descargan de toda sospecha de fingimientos, por su vigor, que de nada presumió por duro y amargo que fuese su etopeya, y por mostrarse sencillamente y por las buenas. 

Pero no es así, y en este siglo que vivimos, se persigue, anatematiza y encarcela a quien no pretende otro fruto ulterior más allá de defender la libertad; a quien habla verdad, porque hablar hoy verdad es atacar a este tinglado de la nueva farsa globalista que nos oprime y embrutece, cada una de cuyas acciones, sistemáticamente concebidas y realizadas, viene cumpliendo eficaz y particularmente su juego, y cada uno de sus golpes viene produciendo el efecto adecuado a su propósito.

Hoy día el oro y la gloria no es para quien se sacrifica por la libertad y el bien común, sino para los poderes prometeicos que se empeñan en destruirlas mientras nos aherrojan, y para sus títeres y esbirros; para todos aquellos, en fin, que sirven a su particular provecho y al mejoramiento de sus intereses.

De ahí que los hombres de bien, los espíritus libres, no dominados por pasión alguna espuria hacia dichos poderes, ni sintiendo su voluntad determinada por obligación particular o partidista, ajenos a todo sectarismo abyecto y empobrecedor, miren a sus reyes, a sus jueces, a sus guerreros y a sus mandatarios en general, con consideración de legítimo y civil desprecio, un sentimiento hijo de las deslealtades y de la corrupción de todos ellos, embebidos como están en su personal codicia o en su tenebrosa cobardía; en su interés privado, en definitiva.

Porque a esos hombres libres, perseguidos precisamente por simbolizar el genuino espíritu de la libertad, no los ata la falaz hipoteca de lo políticamente correcto, no se sienten anudados a esos compromisos íntimos y bien pagados del delirante globalismo, ni permanecen mudos cuando la cólera y el odio totalitarios trasponen los límites a que la justicia debiera mantenerse sujeta, o cuando las perversiones privativas o las corrupciones financieras y morales de los cofrades del NOM desbordan los límites de la simple razón.

Porque, por principio, denuncian todas las intenciones y decisiones sediciosas, ilegítimas e injustas, y ello hace que en todo momento marchen, entre la amenaza de los plutócratas intolerantes y de sus sicarios, con la cabeza alta, la mirada y el corazón dispuestos. Y, entre tantos cambios diversos, ante el naufragio de la patria y de la civilización occidental, seguirán así, en el buen partido -el de la justicia- hasta el último límite.