Muerte extensiva, cuando Dios decida pues solo Él da y retira la vida terrena, a los correligionarios del Demonio que secundan las siempre inacabables y confiadas maldades del social comunismo. Al margen de fe y creencias, todos pasamos por ella: la muerte que sumirá en un segundo de terror a estos íncubos terrenos que soportamos. No habrá marcha atrás. No saben lo que hacen. 
 
El desgarro del alma de España clama Justicia al Cielo. Vivimos tiempos para poner a prueba los principios y valores morales con los que nos hemos regido durante una extensa vida forjada en democracia. Y lo descubres con mayor nitidez cuando alguien te pregunta sobre la vida de los seres que mataron protocolariamente a mi Padre y a mi Suegro, con prohibición de velarlos y enterrados en soledad, y decenas de miles de ajusticiados en un proceso de eutanasia encubierto. 
 
Mi Padre, Excmo. Sr. Don Pedro Fernández Labrador, Militar y Jefe de Gobierno de la Casa Real en los 80' y 90', fue a hacerse la diálisis y, en vez de llevarlo en la habitual ambulancia a su casa, lo ingresaron-dando negativo en Covid el día anterior que fui con él -en planta de infectados de coronavirus, y lo atiborraron a morfina hasta matarlo una madrugada del 29 de marzo de 2020, poco después de la exhibición carroñera del "sucialismo" el 8 de marzo. Un exterminio por protocolo. 
 
Su mente precisa, la misma de décadas, el cuerpo anciano: condena a muerte. Cuando se dio cuenta de la situación terminal que indujeron, acertó a gesticular repetidamente una genuflexión para recibir la Extrema Unción. Asesinato por órdenes genocidas que una Fiscalía prostituida impide investigar. 
 
En menos de un mes asistimos mi mujer y yo en soledad a la incineración de los restos de mi suegro que fue un personaje famoso. La residencia de Guadalajara fue abandonada a la suerte de la Parca con los sanitarios suplicando piedad y los ancianos muriendo en racimos, una sorpresa infernal del ausente responsable de Galapagar. En olor de multitudes durante la vida, con dantesca soledad en el adiós. Y la gente bailando en la verbena de los balcones con estos demonios encubriendo una masacre y el propósito de sacar rédito político. Crimen fue, además, mantener a Simón e Illa como los ineptos responsables que multiplicaron los efectos mortales de la pandemia artificial, creada en laboratorio y enviada como arma de destrucción masiva por el mundo. 
 
Luego llegaron los pretextos liberticidas y convertir todo en coronavirus, con manipulaciones de terror informativo comprado a cargo siniestro de los recursos del Estado, negados al tejido empresarial por sectores; asfixiados como objetivo. Hasta los suicidios son de la pandemia y la desvergüenza de los engañadores, de Satanás. 
 
Decía que pone a prueba los principios morales la pesadilla vivida que se graba para siempre y una simple pregunta:
 
-¿Deseas la muerte política de Sánchez e Iglesias? 
 - No, deseo que llegue un Arcángel del Cielo y los ensarte con una espada de Justicia Divina.
-Es un decir. 
-Creo en milagros. 
 
A fuer de ser sincero considero una injusticia macabra que los diablos psicópáticos, inhumanos, intolerantes, tramposos, saqueadores, golpistas y genocidas, con la convicción vivida que abrasa las entrañas, no hayan derramado lágrimas de sangre por la muerte de los suyos. 
 
Noventa mil ataúdes, ocultos los verdaderos datos de la aniquilación cuando sí existió una  masiva entonces, con una soberbia satánica, y los elementos malignos de un desgobierno criminal, fraudulento y golpista, vivos. Ellos y los de su ralea atiborrados, no de morfina para matar sino de recursos públicos robados a mansalva por una alianza de íncubos sin conciencia. Ni un lamento, ni disculpa. Las actitudes delatan al homicida. 
 
Estamos aquí de paso y sé que mi Padre descansa con las calmas y meritorias siembras de su vida aprovechada en espíritu, y con esa Fe sólida de mis experiencias debo responder que la muerte política es poco y la muerte física demasiado rápida si no ajustan antes cuentas con la Justicia. Pasado este deseo de verlos juzgados, el que más debe compensarnos a millones de damnificados es lo que les espera con el terror del último suspiro: muerte sobre muerte. Se escucharán los alaridos por toda una eternidad. Acaso una espada que los reviente de agonía sin volver a morir. 
 
No entiendo mejor muerte eterna en el dolor para estos genocidas confiados, chulescos y aterrorizados cuando expiren. La venganza es mía, dice el Señor. Amén.