Los obispos españoles acaban de hacerse presentes para anunciar que en cuestiones religiosas las cosas no van bien en una España que ha dejado de ser católica.  Debiéramos sentir vergüenza de tener que reconocer que una Nación, considerada por todos, hasta hace pocos años, como la reserva espiritual y moral de Occidente, haya pasado a ser el tercer país de Europa con mayor rechazo al cristianismo.  Es preocupante el hecho de que en nuestra amada tierra, la fe se haya ido perdiendo a pasos agigantados y en las iglesias apenas  vayan quedando ya viejecitas para encender las velas. Los obispos son conscientes de ello y han salido a la palestra para decir   muy a “soto voce”  que España se ha desligado de su ancestral cultura cristiana, a la que venía perteneciendo durante muchos siglos. Abiertamente reconocen que en nuestra nación hay problemas económicos, sanitarios, políticos, pero el más grave de todos es el concerniente a la salud espiritual.

En sus orientaciones pastorales, recogidas en el documento titulado “ Fieles al envío misionero”, se nos trasmite la urgente necesidad de una gran renovación espiritual, cultural y política.  En este reciente documento episcopal, se alude también al resurgimiento de las dos Españas enfrentadas, aunque a decir verdad desde hace tiempo que en nuestra tierra solo se aprecia la presencia de la España de los revanchista, los separatistas y los traidores, porque la otra, la España decente de los patriotas, ha quedado amordazada y oprimida hasta el punto de que cualquier intento de reanimarla puede tener serios problemas  con la ley de la memoria democrática, que ni siquiera va a permitir  expresar una opinión al respecto que contradiga la versión oficial. Llegados a este extremo, bueno sería indagar con honradez de qué polvos provienen estos lodos y preguntarnos ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? 

La verdad es que todo esto que está pasando se veía venir desde los orígenes mismos de la transición, en que se comenzó a borrar todo nuestro glorioso pasado. El régimen del 78 surgía del pacto alevoso del separatismo con el marxismo y liberalismo, ambas ideologías condenadas por la Iglesia Católica. De todo ello no cabía esperar cosa buena y lógicamente así ha sido. Ahí tenemos a una pobre España rota y desorientada, que nadie sabe ya lo que es y lo que representa, tanto por lo que respecta al orden político como al religioso.

Para entender lo que nos está pasando habría que proyectar una mirada retrospectiva y situarnos en el crítico momento de la desaparición del Generalísimo Franco. Fue entonces cuando la Iglesia dispuso de un momento histórico para hacer valer su fuerza e influencia, que por aquel entonces no era poca y ponerla al servicio de España y de la Iglesia pero,  mucho me temo que en esta hora  trascendental,  la iglesia española se  equivocó de hombre y de estrategia, si bien es verdad que hubo prelados como Monseñor Marcelo González o Monseñor Guerra Campos, que tuvieron las cosas muy claras desde el principio. El caso es que el liderazgo por aquel entonces lo ejercía quien lo ejercía y ese fue el motivo por el cual emprendimos el derrotero que nos ha conducido al precipicio donde ahora nos encontramos.  El enfrentamiento mantenido entre Monseñor Enrique Tarancón y D. Blas Piñar, es la clave para entender estos tiempos turbulentos en los que la Iglesia se jugaba su futuro y que quedó muy bien reflejado en el libro que el político español escribió titulado “Mi  réplica al cardenal Tarancón.” 

El Sr. Blas Piñar pudo ser ese hombre providencial, que reunía en su persona todas las cualidades para haber sido el candidato por el que la Iglesia seguramente debió apostar y no lo hizo.  Brillante, capacitado, honesto, leal, religioso, patriota, fiable, que de haber tenido el apoyo de la jerarquía, hubiera sabido defender con honor, no solamente los derechos de la Iglesia sino también los derechos patrios, que ahora andan rodando por los suelos. Desde aquel entonces han sucedido muchas cosas y si nos atenemos a las palabras del evangelio, que nos alertan de que “por sus frutos los conoceréis”, bien pudiéramos decir hoy que los políticos que protagonizaron el cambio no fueron otra cosa sino unos oportunistas,  preocupados sobre todo por obtener buena ración en el reparto de la tarta.

La cosa no puede estar más clara. Los lobos vestidos de corderos resultaron ser los mismos que los lobos del 36, que no han sabido nunca pedir perdón ni perdonar  dispuestos eso sí a asaltar capillas y a profanar tumbas y lugares sagrados. Han aprendido, como nadie, las lecciones de la historia y han cambiado de estrategias, si bien siguen manteniendo intacta la misma finalidad, que no es otra que desarraigar a España de sus creencias religiosas y con ello hacer desaparecer la identidad de una Nación milenaria. Su propósito fue siempre el mismo y lo tuvieron claro ya desde el principio de la transición, pudiéndose decir tristemente al día de hoy, que su objetivo está a punto de cumplirse.  O ¿es que acaso alguien puede negar que existe un marcado paralelismo entre la política represiva del actual gobierno promotor de la ley de memoria histórica y memoria democrática, con la ejercida en su día por el “Frente Popular”.  Ahora no hay sangre de por medio, porque naturalmente no les conviene que la haya, les resulta más útil y eficaz la maliciosa propaganda interesada y la infame mentira manipuladora.  No es posible que todavía los obispos no lo vean claro.

Siendo muy triste y desolador el panorama que se nos presenta delante de nuestros ojos, lo que resulta trágicamente doloroso es pensar que el sacrificio generoso de los héroes y mártires de la Cruzada, entre ellos no pocos obispos, no haya servido para nada. Se le hiela a uno la sangre en las venas al constatar que tanto sacrificio, tanto esfuerzo y laboriosidad de nuestros mayores y pastores carezca de sentido, que haya perdido su razón de ser y que esa gloriosa herencia y patrimonio nacionales, que ellos nos legaron, se perdiera para siempre, sin que hayamos sido capaces de defenderlo con uñas y dientes como ellos lo hicieron.

En el documento recientemente sacado por los obispos españoles se pueden leer estas palabras : “No se trata de sacralizar el régimen del 78, pero sí de afirmar que este marco político constitucional ha devuelto a España una estabilidad grande, no lograda durante siglos.” ¿Cómo ha de entenderse esto? ¿Puede considerarse como una suerte que la corrupción, los intereses partidistas,  la deconstrucción social y familiar, el libertinaje, el relativismo radicalizado,  se hayan consolidado y  perpetuado durante tanto tiempo? Por otra parte, quiero pensar que la Conferencia episcopal Española es consciente de que muchos católicos se han visto obligados a cuestionan los turbios orígenes del Régimen del 78 en donde, según versión oficial, se pasó “de la legalidad a la legalidad”, pero lo que en realidad sucedió fue que el Jefe del Estado alcanzó el poder a través del juramento solemne de los “Principios Fundamentales del Movimiento”  para desde allí poder dinamitar lo que se había jurado. ¿Cómo denominarían nuestros obispos a un presunto sujeto que llegara  a la Sede de S. Pedro  con el siniestro propósito de destruir la Iglesia Católica?.    

 Seguramente que nuestros pastores saben  como nadie que somos muchos los católicos de buena fe, que  nos hemos visto obligados a cuestionar la Constitución, la Monarquía o el Poder Judicial, no por visceralidad ni por animadversión, sino basándonos en sólidos argumentos difíciles de rebatir. No resulta nada fácil para un católico sentirse cómodos con una Constitución atea, abierta al aborto, al divorcio, a la eutanasia y a todos los desmanes imaginables, sin un dique superconstitucional de contención.  Es complicado sentirse orgullosos de un monarca sancionador del aborto, un jefe y representante del Estado Español, que tanto en su vida privada como pública, ha suscitado sospechas fundadas sobre su ejemplaridad, tampoco queremos pecar de ingenuos, confiando ciegamente, como hubiera sido de desear, en la Institución Judicial, pues sabido es que existen indicios serios de su politización y así podíamos seguir…  

Lo que hemos podido ver durante estos últimos cincuenta años nos entristece a todos sin duda, pero ello no es motivo para perder la esperanza.  Quienes somos providencialistas  estamos convencidos que de los presentes males que afligen a nuestra Patria, Dios sabrá sacar gran provecho en el momento oportuno. Esa hora, sin duda, habrá de llegar y para cuando llegue, si es que no ha llegado ya, hemos de estar preparados y no dejar que sea Dios quien lo haga todo, sino que hemos de estar dispuestos a prestarle nuestras manos, nuestros pies y todo lo que haga falta, para que al final se cumpla su Voluntad y no la de unos hombres ciegos de odio, que se niegan a reconocer que existe un Señor y Dueño Supremo de todo lo creado.