Se ha cumplido el primer aniversario del alumbramiento del gobierno de coalición social comunista que ocupa el palacio de la Moncloa. La maldita y pertinaz pandemia que nos asola ha permitido que tan excelsa efeméride haya quedado en un segundo plano, sin celebración de cumpleaños. Sin embargo, no puedo ni quiero olvidar la desgracia consumada en aquel parto político, aciago y adúltero, que nos está llevando por un camino de perdición de difícil salida. Ni gemelos, ni mellizos, siameses unidos por un mismo cordón umbilical a un sentimiento de rabia y rencor, de sectarismo y revanchismo, de deslealtad e indignidad, hacia la madre Patria mantienen unidos, en un solo cuerpo,  dos corazones distintos, uno el socialista de la peor versión del occidente europeo, el otro el de un comunismo bolivariano chavista trasnochado. Son Pedro y Pablo, dos exponentes de la felonía y la traición más insidiosa que se pueda manifestar hacia la unidad del Reino de España. 

 

Pero nuestra desdicha no terminó con aquel natalicio infausto, desgraciado y desdichado. Después vendría la familia numerosa de vicepresidentes, ministros, secretarios de estado, vicesecretarios, directores generales, subdirectores y una legión de asesores apesebrados paniaguados, muchos carentes de méritos y honores suficientes. Cuatro vicepresidentes y  dieciocho ministros configuran la alegra pandilla del Consejo de Ministros. Algunos de ellos, sin funciones propias, deambulan sin más que hacer que tener una buena cobertura salarial y un séquito de servidores dispuestos a atender sus caprichos., antojos y gracietas. Alberto Garzón (Consumo), Luis Planas (Agricultura, Pesca y Alimentación), Manuel Castells, extravagante e inútil (Universidades), Irene Montero (Igualdad), Salvador Illa (Sanidad), o José Manuel Rodríguez (Cultura y Deporte), son ejemplos de ministros con carteras vacías y billeteras bien provistas. Un despilfarro y un saqueo de las arcas públicas que España no se puede permitir ni puede consentir. De hecho, cuando la familia palmera se reúne en consejo no hay mesa que pueda dar cabida a tanto comensal. Tampoco es baladí la tarea del fotógrafo que, siendo extremadamente habilidoso, tiene que abrir un plano panorámico casi imposible. Vergüenza me provocan esas imágenes de familia tan alegre, vivaz y bulliciosa, siempre bajo la auctóritas de Pedro y de Pablo, tan ensimismados, orgullosos, prepotentes, soberbios y altivos.

 

Detrás de las cámaras, entre bambalinas, Iván Redondo (Jefe de Gabinete de la Presidencia del Gobierno), diseña el guión, la representación y la puesta en escena de tan entrañable encuentro de hermanamiento para la infame gestión que protagonizan.










Hoy estamos condenados a sufrir aquel ignominioso, execrable y cruel adulterio que legitimaba la perversidad de los vientos de una involución histórica. Pedro y Pablo, los siameses de la Moncloa, no han cejado en su empeño destructor y demoledor del modelo de convivencia alcanzado. Pronto, muy pronto, se entregaron con denuedo vigoroso y obsceno a dinamitar cuanto les provocaba urticaria. Las leyes orgánicas, aprobadas sin consenso ni acuerdo; los reales decretos; y toda una batería de iniciativas extraparlamentarias han sido impulsadas con desprecio al pueblo español. Muchas más son las que vendrán y seguirán destrozando España. El denominador común es el desquite, la represalia, el ajuste barriobajero de cuentas, o simplemente un sectarismo recalcitrante verdaderamente insufrible y humillante. 

 

Pablo Iglesias –qué apellido tan poco apropiado para el gachó- quiere ser el capo de la familia, siempre a la sombra de Pedro, y por ello abusa de su condición de segundón para hacer declaraciones impropias, irresponsables y cuajadas de chulería. Hace lo que le da la gana, dice lo que quiere, va donde le place y profiere amenazas e insinuaciones, afirmaciones y bravuconadas que Pedro le consiente. Jamás imaginé que en España llegaríamos a estar condenados a tener un vicepresidente de tal calaña. Se representa a sí mismo, a sus intereses particulares y personales y, sin disimulo ni ocultación, se deshace en elogios hacia los paraísos bolivarianos, iraníes y rusos, por ser éstos ejemplo de virtud y salud democrática. Es un impresentable por fuera y por dentro. Me he tomado la molestia de buscar a un homólogo europeo que pudiera tener peor aspecto. Les aseguro que no lo he encontrado ni por su presencia, ni por su talante sin talento. Mi rechazo no puede ser mayor, primero por lo que cuenta, segundo por cómo lo cuenta y tercero, por lo que hace. 

 

Pero Pedro, siempre desde el burladero, le deja hacer sabedor del desgaste que a él beneficia en sus espurios afanes personales y, por el rédito del pastoreo que Pablo practica, con notable éxito, con las turbas anti españolas de Bildu, ERC y cualquiera que esté dispuesto a blasfemar contra España. La fuerza de Iglesias ya no está en las urnas, está en que es capaz de convocar a la flota de desaforados enemigos de nuestra nación. Ahí reside la necesidad de Pedro que, unido como decía Pablo, le interesa que éste haga la fea y oscurantista labor de negociación con los corsarios. Patente de corso a cambio de estabilidad en la poltrona. Ésa es la jugada del señor de la Moncloa.

 

Nos quedan tres años de dolores, quebrantos, decaimiento, deterioro, decadencia, aflicción y pena hasta que se celebren las próximas elecciones generales. Hasta entonces les ruego pensar, hablar claro y alto, manifestar su disconformidad y desacuerdo. La indolencia, la indiferencia, la apatía y el conformismo es lo que ellos desean para proseguir con el saqueo que vienen perpetrando. ¡¡¡España, despierta!!!