Satanás premia sobre la tierra al adicto a la mentira, al inútil envanecido y al idiota disimulado. Illa cumple los tres requisitos. Su premio es Cataluña al voto escrutado, no nos engañemos, con Indra  posicionado. 

Bacanal de inocentes extinguidos por sus gestiones, con la covid  como excusa; la morfina mató más que el virus, responsables de decenas de miles de muertes los escondidos tras los sectarios fiscales. ¿De quién depende la Fiscalía? Del Gobierno. Dicho y hecho, fullero cum fraude.
 
 Las únicas lágrimas derramadas en este miserable, ¿fueron por la Generalidad como candidato? Psicópata; el exterminio le importa dos bledos, justicia sería responder ante un tribunal, o investigado por presunta estafa acabara en la cárcel a gorrazos. 
 
Salvador Illa, el enterrador de western, no solo viste de negro con la percha en los hombros, de ahí será la apariencia de buitre, sino que su conciencia la oscurece con la complacencia de un ignorante, homicida. Juzgarlo es difícil con la Delgado en la Fiscalía, la cosa sería diferente probando que es genocida. Se ocultan datos. Si se descubriera la verdad no hay campo donde correr ni agujero donde esconderse, huyendo también el de La Moncloa. 
 
El filósofo fue nombrado ministerial como cuota de reparto y exigencia catalanista, el circo del terror formó con Simón, los dos expertos de saldo. A saber del exterminio que asesinó a nuestros padres si hay un Ángel Justiciero el alma se lo ensarte. Sabido es que el exministro, petulante lo es un rato, jamás se arrepintió de su incompetencia con mano ejecutora e inexistente comité, farsante, que poca agonía llevará cuando lo entierren siendo mucha la que le espera.

 No fue capaz de ocultar la demagogia, fanático catalanista, que puso la zancadilla prevaricadora para perjudicar a Madrid usando la cartera. Sectario como la carroña, de rositas tras el crimen, Illa gana elecciones y el demonio monclovita lo pasea. Que no hombre, no cuela que los treinta de Ciudadanos, desaparecidos, se vayan a socialistas, eso atufa a pucherazo. Que haya recuento oficial, hay que ser imbécil para votar por este Salvador de pacotilla, el filósofo de la muerte en Sanidad timando con las mascarillas y a saber qué negocios sucios más que sospechados. Enterrador, buitre, presunto delincuente se funde en un abrazo con un Sánchez mantenido por las artes del engaño. Criminales.

Lo de Hasel es lo de menos, la guerra urbana es cortina de humo. La calle se quema a su mayor gloria que rozaron el esperpento con los resultados, más vale distracción, ha sido evidente el arte fullero, sumo, del presidente. ¿Por qué si no los policías abandonados? Acabáramos.
 
De la cartera a la cárcel se habría trasladado si existiera Justicia y no corrupción en los juzgados. Pacot-Illa se siente resucitado, atrás quedó el ataúd multiplicado por su ministerio, decenas de miles; es un enterrador sin conciencia, atufa a muerto al que le esperan las brasas del infierno. Con ese careto se le transparenta el tufo del alma condenada. Vade retro.