La revolución rusa supuso de facto el fracaso teórico del marxismo, al no cumplirse el paradigma etapista propio del materialismo histórico, esto es, el curso inexorable de la historia hacia el paraíso comunista, en el cual cada clase social debía cumplir, en cada momento histórico, un papel predeterminado. Para superar este escollo teórico Lenin desarrolló el concepto de “hegemonía”, según el cual durante la revolución rusa, debido al insuficiente desarrollo de la burguesía, la clase proletaria, liderando una “alianza de clases”, debió asumir un papel que no le correspondía según el constructo marxista, esto es, derribar el régimen zarista e instaurar una sociedad socialista. Evidentemente este tipo de argumentaciones “ad hoc” solo sirvieron como demostración de la incapacidad de la teoría marxista para explicar el desarrollo histórico.

Consciente de todo ello, ya a principios de los años 30 del siglo XX, Antonio Gramsci, secretario general del Partido Comunista de Italia, puso especial interés en desarrollar una sólida teoría de la “hegemonía” en el contexto de la lucha de clases, para de esta forma recomponer la teoría marxista. Así, en sus Cuadernos de la cárcel – así llamados por haberse escrito cuando ya estaba encarcelado durante el régimen de Mussolini por instigación a la guerra civil- Gramsci elaboró su teoría sobre la hegemonía, desplazando el foco de interés al plano ideológico y moral.

Desde esta perspectiva, para Gramsci la “hegemonía” debía entenderse como una estado de liderazgo intelectual y moral de una alianza de clases unidas por vínculos hegemónicos, que no serían otra cosa que un conjunto de ideas y valores compartidos que actúan como cemento unificador de un “bloque histórico”. En todo caso este bloque histórico con pretensiones hegemónicas deberá estar siempre vertebrado por la clase obrera. Sin embargo, según Gramsci, para que el proletariado actúe como sujeto revolucionario debe contar, en primer lugar, con conciencia de clase y, en segundo lugar, con un bagaje intelectual que de consistencia a su quehacer revolucionario. Por ello, para Gramsci, resulta fundamental la existencia en el seno del bloque que pretende ser hegemónico de “intelectuales orgánicos” que deberán llevar a cabo la tarea de construcción de autoconciencia y formación ideológica. De esta manera, los intelectuales habrían de contribuir de manera decisiva a la cohesión grupal y al fortalecimiento de su estrategia revolucionaria, posibilitando todo ello que el bloque histórico conformado en torno a la clase obrera pueda alcanzar la hegemonía social.

Vemos, por lo tanto, como Gramsci da una mayor importancia a la superestructura (ideología y moral) que Marx y Lenin, pero sin embargo la sigue supeditando a la estructura (economía) tal y como señala la ortodoxia marxista, ya que sitúa al hecho revolucionario en el momento en el que la ideología favorece un cambio en los modos y relaciones de producción, lo cual será, en última instancia, el núcleo fundamental sobre el que se asentará la sociedad socialista. Igualmente, Gramsci permanece dentro de la ortodoxia marxista ya que sigue sosteniendo una visión esencialista de las clases sociales, concediendo a la clase obrera el protagonismo absoluto de la revolución en un espacio político dicotómico y todo ello de forma apriorística.

En definitiva, a pesar de su indudable profundización teórica, Gramsci no logra salir del constructo marxista al permanecer dentro de los límites marcados por el materialismo histórico, al sostener la primacía de la estructura sobre la superestructura, al conceder a la clase obrera el papel preponderante en todo proceso revolucionario y al mantener los mismos fines sociopolíticos. Por todo ello, la crítica al marxismo (materialismo histórico y dictadura del proletariado) realizada en capítulos anteriores del Manifiesto anticomunista sigue siendo válida para el edificio teórico construido por Gramsci. En cualquier caso, la teoría gramsciana supuso un punto de transición entre el marxismo clásico y lo que vendría en llamarse posmarxismo.

La caída del muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991) dejó a la izquierda en general y a los partidos social-comunistas en particular sumidos en el caos, al demostrarse por la vía de los hechos la inviabilidad práctica de la concepción sociopolítica del marxismo-leninismo. La crisis teórica y práctica del comunismo se debió a dos hechos fundamentales: por un lado, a su carácter represivo y, por otro lado, a su ineficiencia económica.

No es de extrañar que, para superar el estado de frustración generado en el seno de la izquierda, pronto surgieran diferentes voces que intentaron volver a levantar un edificio en ruinas, mediante una reformulación de los postulados básicos en los que se asentaba el socialismo del siglo XX.

Así, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en su obra Hegemonía y estrategia socialista, sentaron las bases del posmarxismo. En primer lugar ambos autores rechazan de plano la “tercera vía”, propuesta entre otros intelectuales por Anthony Giddens, una mezcla de postulados liberales y  socialistas, que defiende una posición política que podríamos llamar de centro reformista y una economía mixta. También se oponen a la “democracia deliberativa” propuesta por Jürgen Habermas, la cual defiende el diálogo como medio de llegar a consensos racionales que sean capaces de reconciliar puntos de vista diferentes. En definitiva, Laclau y Mouffe comienzan su constructo teórico por rechazar de plano cualquier posibilidad de acuerdo entre diferentes fuerzas políticas, situando así a la política en el terreno del enfrentamiento social.

A continuación plantean su constructo teórico en torno a 4 ejes de discusión:

1- La crítica al esencialismo filosófico característico del marxismo clásico.

Para Marx la identidad de clase viene dada por las relaciones de producción y la hegemonía tanto leninista como gramsciana no altera la esencia ni la naturaleza de las clases sociales. Por el contrario, para Laclau y Mouffe no existen clase sociales con una esencia dada, sino que lo que existe en la sociedad actual son distintos colectivos identitarios, cada uno con sus propios objetivos, los cuales no tiene porqué coincidir plenamente con los objetivos de los obreros. Así, desde su punto de vista, no se puede admitir la conceptualización apriorística de clase social ni defender la lucha de clases como motor de la historia ni la centralidad de la clase obrera como sujeto político revolucionario.

2- El desarrollo del concepto de “hegemonía”.

La “hegemonía” como concepto implica un campo teórico sociopolítico dominado por la “articulación” de distintos grupos identitarios, de tal forma que se establece una relación entre los mismos que, debido al fenómeno de “sobredeterminación” –concepto utilizado por Louis Althouser para señalar el carácter simbólico de todo agente y relación social- da lugar a una “formación discursiva”, la cual viene a ser un conjunto de posiciones de sujeto político diferenciales pero articuladas entre sí.

3- La democracia radical.

Según Laclau y Mouffe “El problema de lo político (…) es la definición y articulación de las relaciones sociales en un campo surcado por los antagonismos”. Por ello, la tarea revolucionaria inicial consiste en identificar grupos identitarios que se rebelen ante una “relación de subordinación” frente a otros grupos, con la intención de que este tipo de relación se convierta en una “relación de opresión”, donde ya se den antagonismos. Para articular a los distintos grupos oprimidos hace falta un “discurso” que, mediante el establecimiento de “cadenas de equivalencia” a partir de “puntos nodales”, consolide la relación entre colectivos oprimidos, movilizándolos hacia la lucha para la implantación de una llamada democracia radical. Todo grupo social oprimido es coyuntural y no de carácter esencialista, pero en un momento histórico es necesario consolidarlos y agruparlos, para que puedan constituir una “formación discursiva” de mentalidad hegemónica. Por consiguiente, la siguiente tarea revolucionaria debe consistir en favorecer la proliferación de múltiples conflictos, que posteriormente deberán ser articulados para dar lugar una formación hegemónica, en la que la lógica de la equivalencia implica la disolución de la autonomía de cada lucha.

Frente a la lucha de clases marxista-leninista, lo que caracteriza al posmarxismo es, por tanto, una pluralidad de movimientos autónomos independientes que determinan la aparición de múltiples antagonismos en el seno de la sociedad. Del sentido del discurso dependerá su articulación y la aparición de una formación hegemónica. Por lo tanto, es la superestructura la que predomina sobre la estructura, invirtiéndose así los papeles de ambas instancias marxistas.

4-La defensa del colectivismo igualitarista.

Finalmente Laclau y Mouffe abogan sin paliativos por ampliar el ejercicio de los derechos individuales más allá del concepto de ciudadanía, defendiendo, para ello, la ausencia de separación entre lo privado y lo público, ya que el objetivo final de la democracia radical y las luchas radicales no es otro que construir un orden social de carácter socialista en el que prime el colectivo por encima del individuo y la igualdad por encima de la libertad.

- Crítica del posmarxismo.

Aparte de su oposición a los postulados básicos en los que se asienta el marxismo clásico – planteamiento con el que obviamente estamos de acuerdo- el posmarxismo busca al final las mismas metas que el social-comunismo, aunque con una estrategia diferente. Así, fomenta los antagonismos en el seno de la sociedad para generar una fuerte crispación y conflictividad social y, de esta manera, profundizar en su agenda rupturista de carácter socialista. A su vez, nos encontramos que detrás de un discurso teórico basado en la contingencia, la dispersión de las demandas sociales  y la autonomía de las luchas de cada colectivo identitario late un indisimulado deseo, como ha señalado Cayetana Álvarez de Toledo, de conducirnos a “la destrucción del demos, a la ruptura de la comunidad de ciudadanos” por la vía de la fragmentación y el enfrentamiento social, como paso previo al desarrollo de un proceso de colectivización de carácter inevitablemente igualitarista. En esta línea debemos entender su defensa de la invasión del ámbito privado por lo público, con lo cual no queda espacio para la libertad individual y el desarrollo de proyectos personales por la vía de la igualdad ante la ley,  la igualdad de oportunidades y la posibilidad de elección, siendo todo ello sustituido por la igualdad por medio de la ley y el autoritarismo. Vuelven, de este modo, a retumbar los tambores de la dictadura y la economía planificada, con su inevitable corolario de sometimiento de los individuos, a partir de la pobreza y las checas, por parte de unas élites que diseñan sus siempre malévolos planes desde la opulencia que les otorga el poder absoluto que ostentan.