Lo llamo desescalada, pero la palabrita no me gusta y no me gusta porque hubiera preferido que se acuñara un término más castellano para referirnos al hecho. La Real Academia de la Lengua ha aceptado y hemos dejado en la cuneta a nuestra lengua. Cosas de España.

Nunca he negado las virtudes del aislamiento como medida de salud pública ampliamente acreditada por la historia de la medicina como herramienta de lucha frente a las pandemias aunque después de su pésima aplicación en nuestro país posiblemente se tenga que reconsiderar.

Para que sea eficaz se requiere que sea correcto en el tiempo y en la intensidad. Lo es cuando se aplica en el momento adecuado de la evolución de la pandemia y durante el tiempo necesario, ni más ni menos. La intensidad está en función de la necesidad de restricción de movimientos que se deduzcan del nivel de transmisión del virus que necesariamente hay que conocer.

Desde esta perspectiva, su aplicación cuando existe una gran amenaza a la salud pública es tan obligatoria como justificada y no debe percibirse como una amenaza a las libertades individuales sino como una obligación del individuo para con su sociedad.

Se agrede al individuo y a la sociedad cuando se aplica o muy precozmente o muy tardíamente o con una intensidad incapaz de desplegar sus beneficios o tan intensamente que ahoga el desarrollo social. Y esto es lo que ha pasado en nuestro país donde la incompetencia del Gobierno de España y de las Comunidades Autónomas para detectar precozmente la pandemia supuso retrasar al menos un mes la aplicación del aislamiento y como consecuencia ha sido necesario prolongarlo excesivamente en el tiempo y mantenerlo con un alto nivel de restricciones.

Como consecuencia de este hecho estamos sufriendo las verdaderas limitaciones a nuestros derechos y libertades que se traducen en la pérdida de empleo, la ruina empresarial, la dificultad para tener vivienda, para mantener y alimentar a la familia y un largo etcétera que todos sufrimos o percibimos por no hablar del excesivo e injustificado volumen de muertes evitables que es la mayor agresión posible a las libertades del individuo.

Por ello, cuando unos u otros nos venden el cuento chino de que no somos libres porque no podemos desplazarnos o porque nos obligan a llevar mascarilla sencillamente nos toman por tontos o nos quieren impedir ver la realidad para que ignoremos sus responsabilidades en el abordaje de la crisis. Si viviéramos en otros tiempos diría que son cosas de la derecha y de la izquierda.

Porque los partidos políticos, esos que gobiernan el Estado o las Comunidades, responsables todos de semejante fiasco, lejos de reflexionar y servir a España se enzarzan en la bronca política, su aportación a la defensa de las libertades de los españoles. Están fallando en el objetivo de alcanzar acuerdos de Estado, cosa cuán imposible con un gobierno izquierdoso y rancio, pero menos difícil en algunas autonomías donde tampoco se percibe intención alguna.

Por ello, no voy a gastar una sola letra en defender al Gobierno Sánchez-Iglesias sencillamente porque los considero culpables de esta crisis. Pero por la misma razón tampoco lo haré con ninguno de los responsables de los Gobiernos Autonómicos incluidos aquellos partidos que sin gobernar les dan soporte.

Cada debate en Cortes para prorrogar el estado de alarma me invita a posicionarme, no con el fondo del debate sino por las formas, de tal manera que cada día soy más consciente de que si los españoles de a pie adoptáramos la misma posición que nuestros políticos a estas alturas estaríamos a tortas, no contra el maldito virus sino entre nosotros. Y como de momento no lo estamos, ellos deberían bajar el tono y redirigir sus estrategias.

Es repugnante que falleciendo diariamente españoles por el Covid, la clase política se entregue al grotesco espectáculo, casi bacanal del pasado debate en las Cortes. Mal está que la rancia izquierda juegue de esta manera, pero los civilizados deberían buscar y encontrar otros caminos, verdaderamente patrióticos, ponerse al servicio de España y defendernos del suplicio humano y económico que hemos vivido, estamos viviendo y padeceremos a largo plazo. De esto último, hasta ahora nada de nada.