La fascinación de Marx, Engels o Lenin por la Revolución Francesa, –y, más específicamente, por la guillotina– no sólo es relevante en sí –en tanto impregna la ideología comunista–, sino que merece recordarse en la medida en que sigue siendo tenazmente ignorada. Para cualquiera que haya leído a los citados popes del comunismo, resulta evidente la enorme influencia que la Revolución Francesa ejerció sobre todos ellos. Sin embargo, se suele pasar por alto la extensa bibliografía que los teóricos del socialismo dedicaron al estudio y encomio de aquella enorme masacre. Desde los libros de Karl Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852), o La guerra civil en Francia (1871); hasta la serie de artículos sobre “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850” (Neue Rheinische Zeitung, Nueva Gaceta Renana, 1850), del propio Marx; o el titulado “Enseñanzas de la Comuna” (Zagranichnaya Gaceta, o Gaceta Extranjera, nº 2, 23 de marzo de 1908), de Lenin, las referencias a la Revolución Francesa son constantes.

Con todo, acaso haya un ejemplo más nítido aun de este hermanamiento revolucionario en torno al título “¿Qué hacer?”, compartido por François-Noël Babeuf en 1795, por Nikolái Chernishevski en 1863, y por Vladimi Ilich Uliánov en 1902. De hecho, los tres textos aludidos, portadores de las mismas ideas fundamentales e idéntico programa de acción violenta, unen los procesos revolucionarios de 1789-1797, la Revolución de 1848, la Comuna parisina de 1871, la Revolución rusa de 1905 y la de octubre de 1917. Y vinculan, así mismo, a tres ideólogos del comunismo que dieron enorme importancia a la creación de órganos de propaganda escritos que pregonaron la revolución: Babeuf, que creó Le Tribun du Peuple (El Tribuno del Pueblo); Chernishevski, que dirigió Sovreménnik (El Contemporáneo) y Lenin, que fundó Iskra (La Chispa) y Pravda (La Verdad).

Babeuf –apodado Gracchus en honor del político romano Tiberio Sempronio Graco, conocido por impulsar una revolucionaria lex agraria distributiva– fue uno de los primeros artífices del comunismo. No en vano, ya en 1795 publicó “La posibilidad del comunismo” (Le Tribun du Peuple, nº 37, 30 de Frimario del año 4 de la República, 21 de diciembre de 1795), aunque no suela ser citado. De igual modo, Chernishevski tampoco es un autor demasiado conocido. No obstante, al analizar las tres obras bautizadas con el título “¿Qué hacer?”, tanto en Babeuf, como después en Chernishevski, como, por supuesto, finalmente, en Lenin, se pueden identificar con claridad las claves de ese socialismo real que todavía pervive bajo el símbolo de la hoz y el martillo. A saber: la alimentación de la esperanza y la agitación de los bajos instintos de la masa con un único fin: la obtención del poder en exclusiva y para siempre.

Pero vayamos por partes. Por un lado, la promesa de la utopía, de la felicidad, de un “mundo nuevo”, de un “nuevo hombre”. Por otro, la promoción de la revolución violenta y la guerra civil, con absoluto desprecio por la vida humana.

Recordemos aquí la idílica visión de Chernishevski en ¿Qué hacer? (1863), en torno a esa primera promesa: “[…] la felicidad de la gente es posible […] se aproxima a nosotros una nueva vida, luminosa”. (¿Qué hacer?, “El tercer sueño de Vera Pávlovna”, Ediciones Akal, Madrid, 2019, p. 295).

Una idea tomada de Robespierre (Declaración de los Derechos, 21 de abril de 1793) y asumida por Babeuf: “Explicaremos claramente cuál es la felicidad común, finalidad de la sociedad”. (“El Manifiesto de los Plebeyos”, Le Tribun du Peuple, nº 25, París, 17 Brumario, año 4 de la República. Es decir, 8 de noviembre de 1795). Y promesa que Chernishevski reiteraría en su ¿Qué hacer? hacia el final del libro: “Di a todos: esto está en el futuro, el futuro es luminoso y hermoso. […] Vuestra vida será luminosa y buena, rica en alegría y placer en la medida en que sepáis trasladar a ella el futuro”. (Id. “El cuarto sueño de Vera Pávlovna”, p. 474).

Ahora bien, semejante ensoñación o delirio, impregnado de un idealismo desatado, se quedaría en efusiva licencia si no destapase la tremenda contradicción que encierra, pues, ¿acaso su autor no defendía un arte utilitario y atacaba todo idealismo en su tesis doctoral sobre Las relaciones estéticas entre el arte y la realidad (1855)?

Aunque, como buen revolucionario, Chernishevski no se arredraría por incurrir en contradicción. Al contrario, anticipando la clásica coartada comunista de cabalgarlas, Chernishevski no se queda ahí, sino que alimenta la imaginación del lector con una utopía tentadora, vinculando la felicidad a un espacio físico simbólico, remedo flagrante de la Arcadia: “[…] en el centro mismo de lo que era un desierto […] se ha convertido en una tierra más fértil, de la que antiguamente se decía que rebosa leche y miel. Más abajo se encuentran con una casa extraordinaria y de cristal, con las columnas blancas. […] Cada uno puede vivir como se le antoje”. (Ibíd. p. 468).

Valga observar que la perspectiva de Chernishevski de una nueva sociedad feliz, resulta, cuanto menos, curiosa: “[…] aquí no hay recuerdos ni peligro de miseria o dolor; aquí solo hay recuerdos de un trabajo libre, realizado a gusto, de abundancia, de bondad y de placer […] (estas gentes, los “hombres nuevos”) poseen todo nuestro desarrollo moral junto con el desarrollo físico de nuestra clase trabajadora. […] Sólo personas como éstas pueden divertirse de verdad y conocer toda la emoción del placer. ¡Cómo rebosan de salud y de fuerza, qué esbeltos y elegantes son, qué enérgicos y expresivos son sus rasgos! ¡Todos ellos son personas hermosas y felices que llevan una vida libre, una vida de trabajo y de placer! ¡Felices, felices!” (¿Qué hacer?, “El cuarto sueño de Vera Pávlovna”, p. 472). ¿Acaso no recuerda demasiado al “hombre nuevo” proclamado por el Nacional-Socialismo? Parece evidente, pero no sólo por la exclusión de lo feo o imperfecto, sino por otras ideas que asoman en el libro en boca de Rajmétov –alter ego del propio Chernishevski– a propósito del valor de la vida humana. Rajmétov es un personaje inflexible –rigorista, según su apodo en el texto– que afirma: “[…] –¡qué significan cincuenta personas! –, sino que usted perjudicaría el avance de la humanidad, traicionando la obra del progreso”. (¿Qué hacer?, “Un hombre especial”, p. 371).

Semejante instinto criminal aflora también y sobre todo en la exclusión de lo “insano”: “Doblemente agradable se le antojó a Vera Pávlovna su nueva vida con pensamientos puros, en compañía de personas puras”. (Ibíd. p. 211). Y en la insistencia en un “hombre nuevo” –“espigas sanas” (Ibíd. p. 337)– que eliminará y hará olvidar cualquier pluralidad o “anómala” disonancia: “toda la gente será así y difícilmente comprenderán que hubo tiempos en los que era una rareza y no un rasgo común a toda la gente” (Ibíd. p. 254). Desde luego, una muestra evidente del espíritu intolerante de su autor, plasmado en el rechazo absoluto a la diversidad –no digamos ya a la discrepancia–, entendidas ambas, por defecto, como signos de disidencia a extirpar.

Esta misma intolerancia vertebraría también la obra homónima de Lenin, publicada en 1902. Pues la unificación por él propugnada en el II Congreso del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) y el ataque al periódico Rabócheie Dielo (La Causa Obrera) en el susodicho texto ¿Qué hacer? no pretendían sino la imposición de un camino único y la supresión de cualquier corriente independiente, con vistas al desencadenamiento de la revolución como medio para la conquista del poder por la fuerza: “De la revolución misma no debe uno forjarse la idea de que sea un acto único […] sino de que es una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con períodos de calma más o menos profunda. […] La organización que se forme por sí misma en torno a este (único) periódico […] estará precisamente dispuesta a todo, desde salvar el honor, el prestigio y la continuidad del partido en los momentos de mayor “depresión” revolucionaria, hasta preparar la insurrección armada de todo el pueblo, fijar fecha para su comienzo y llevarla a la práctica. […] el plan de un periódico político central para toda Rusia” […] es […] el plan más práctico de empezar a prepararse en el acto y por doquier para la insurrección […]”. (Qué hacer, 1902, “¿Qué tipo de organización necesitamos?”, Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, Caracas, 2010, pp. 256-258).

Envuelto en una retórica infame, Lenin proclamaba abiertamente la guerra civil, pero, si nos fijamos, apenas es posible diferenciar su discurso del de Babeuf: “¡que sobrevenga el caos, y que del caos emerja un mundo nuevo y regenerado!” (“El Manifiesto de los Plebeyos”).

Por descontado, la revolución sólo podía surgir –y, eventualmente, triunfar–, alimentando la frustración y prometiendo una felicidad que, en la práctica –en tanto derivada del propio comunismo o socialismo real–, sería inalcanzable en su pretendida exigencia de pureza. “Igualdad pura”, “democracia pura” reclamaba Babeuf en su “Manifiesto de los Plebeyos”, como aún hoy reivindican “democracia real” sus actuales discípulos. Pero, ante todo, la revolución nacería de la ambición de unos pocos y de su falta total de escrúpulos para alcanzar sus objetivos. Movilizando a las turbas mediante la pulsión de sus más bajos instintos –la envidia, el rencor y el odio– para satisfacer su afán de poder, tanto Babeuf como Chernishevski y, claro está, Lenin, se manifestaron como resueltos conductores de masas.

Imbuido de un espíritu mesiánico, Babeuf se consideraba llamado a guiar al pueblo en el artículo titulado “¿Qué hacer?”: “cuando es todo el pueblo quien quiere la revolución siguiendo a un Tribuno que tiene su confianza, el deber de este Tribuno es decir siempre al pueblo en dónde está, lo que está hecho, lo que queda por hacer, dónde hay que ir y cómo, y por qué”. (Le Tribun du Peuple, nº 36, París, 20 Frimario, año 3 de la República. Es decir, 10 de diciembre de 1794).

Y en el mismo año, poco después, insistiría en su papel de caudillo de los oprimidos e intérprete de su voluntad: “Eternamente convencido de que nada grande se puede hacer sin contar con el pueblo, creo que es necesario, para hacerlo, decirle todo, mostrarle sin cesar lo que hay que hacer. […] Explicaremos claramente cuál es la felicidad común, finalidad de la sociedad”. (“El Manifiesto de los Plebeyos”).

Una actitud redentora que encerraba una hipocresía infinita y que sería denunciada por Dostoyevski: “[…] todos esos bellos sistemas, todas esas teorías que explican al hombre sus intereses genuinos y normales para que, en su inevitable esfuerzo por alcanzarlos, se vuelva al momento noble y virtuoso, no son, a mi parecer, más que sofistería” (Apuntes del subsuelo (1864), Alianza Editorial, Madrid, 2009, p. 37).

Pues, como bien explicaría el mismo Dostoyevski, “[…] el hombre, quienquiera que sea, siempre y en todas partes, prefiere hacer lo que le da la gana a lo que le aconsejan la razón y el interés […] Su propia, libre y franca voluntad […] esa es la más preciada ventaja que se ha pasado por alto, que no figura en ninguna clasificación, y contra la cual se estrellan de continuo todos los sistemas y todas las teorías”. (Ibíd. p. 40).

Una observación clarividente que sería refrendada por el propio Babeuf en una evidente contradicción –otra más– al afirmar: “¿cómo no sentirse humillado quien ha imaginado ser el guía de su país, al ver llegar a alguien que le ofrece sus luces, y pretende casi garantizarle que aquéllas son más preferibles que las propias? Hay gentes a las que encanta poner de relieve el espíritu de los otros, confieso que tal no es mi caso. Yo no soy nada con ropa prestada. Yo no soy yo más que con mi propio ropaje, y sería el primero en no reconocerme, si quisiera adornarme con los más bellos plumajes que me fueran ajenos”. (Carta de Babeuf a Fouché de Nantes).

Si, a la vista de lo expuesto, todavía nos preguntáramos ¿qué hacer?, la respuesta es clara: desperezarse, leer un poco más y abandonar esa ingenuidad suicida del cobarde e ignorante que prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en el suelo esperando que la amenaza se disuelva sola por arte de magia.