Ya se oyen por doquier las tubas feminazis que convocan a reunión plenaria. El carnaval feminista acude puntual a su cita del 8M. Ni un virus, ni su contagio masivo por segunda vez lo detendrá, porque nadie puede frenar una mentira disfrazada que se cuela acá y acullá, porque hay muchos millones del presupuesto nacional y de los Fondos de la UE, que llegan para igualdad, en juego, aunque aquí se dedique ese pastizal a desigualdad, un negocio cada día más rentable.

       El 8M es una llamada a renovar el ardor guerrero, una puesta en escena para mostrar fuerza, un desfile militar en toda regla con el que exhibir el tanque que es una denuncia falsa, el misil que es la palabra incuestionable de toda mujer cuando dice “Me ha maltratado” y la constitucional presunción de inocencia de un varón heterosexual salta por los aires.

       Cada 8M constituye un día de hogueras callejeras para que millares de mujeres incautas, engañadas, compartan abrazos, besos… Son esos tan necesarios encuentros de las fieles parroquianas de la Orden de la Denuncia Instrumental al Varón, una secta con la garantía del Estado, como las Letras del Tesoro. El 8M se celebrará “sí o sí”, porque esa ridícula  tropa de paniaguadas, de almas en pena que vagan desoladas  todo el año por las estepas de la mentira, reciban, al menos una vez al año, el calor humano del contacto físico y, a ser posible, y con urgencia, contacto homoíntimo. Fuera guantes, Pili, fuera mascarillas, Maca, y vamos a confraternizar como Dios manda que este es nuestro gran día.

      La farsa feminista, el teatro del 8M, el día más grande de una “Dictadura de Género” –gran Juez Serrano dixit– está al caer, porque todas las dictaduras que el mundo han sido tienen su día de fiesta. Ya se oyen por doquier las tubas a arrebato, las que soplan las altas cargas del Estado, las feministas Loewe. Ya cargan gasoil los autobuses que paga la asociación feminista de cada barrio, ya se ve a la Menestra de Igualdad sumida en el nerviosismo ese tan de lanzar plegarias para pedir favores al de arriba cuando se está apurada: “Dios quiera que me salga todo bien el 8M”, porque esa chica, con Calvo y compañía al acecho, se juega, literalmente, su gaznate feminista.

       El 8M es el Día de los Días, el de la gran hoguera del aquelarre máximo en las anchurosas avenidas de Madrid, por unas horas capital del brujerío nacional. En esa jornada, mientras el alto staff del feminismo made in Spain, tras encabezar ese teatro callejero, bien almuerza o cena en los más lujosos restaurantes de Madrid; en el polo opuesto de la cadena de mando, la tropa base, un ejército de mochileras con el pelo teñido color berenjena, abre su bolsita de guerra y engulle un bocata de mortadela barata, se coloca su pulserita regalo-recuerdo y sacude su banderita morada al grito enternecedor de “¡El machismo mata más que el coronavirus!”.

     Es absolutamente inevitable el 8M, sencillamente porque de ese día y sus ecos son miles las altas cargas del Estado que se embolsan sueldos cercanos unos a los 100.000€ al año, otros los sobrepasan holgadamente. Son las mismas que viven durante todo un año entero de los tufos, del hedor a desigualdad manifiesta que queda en las calles tras el paso de miles de inocentas, ganadas a la causa de la desintegración social, del ataque infame a la familia y a la Infancia.

     Poderoso caballero es don Dinero y quien lo anhela, si además no tiene escrúpulos y menos aún conciencia, entonces es el/la actor/a de una farsa, en esta caso la farsa feminista de España, porque sin dinero no hay feminismo.