La historia del cristianismo, vista con perspectiva, es análoga a la pintura impresionista, en la que al acercarte no ves ni los objetos ni las personas, pero separándote sí los ves, y eres capaz de apreciar luz e incluso movimiento.

Tras unos siglos de vida en catacumbas y perseguida, se convierte en la religión, consentida por Constantino y elevada a oficial por Teodosio. La forma de vivir es consecuencia de estos marcos institucionales tan distintos. Con la invasión de los bárbaros y su menor nivel cultural y cívico, la Iglesia se repliega sobre sí misma en los Monasterios y en las labores de los clérigos y de los monjes que estudiaban, dándose figuras tan insignes como Isidoro de Sevilla, o Beda el Venerable  todo ello  con importante proyección cultural, pero fueron muestras excepcionales de una minoría, mientras la sociedad vivía de las armas, de los oficios o del trabajo rural. En la baja edad media, a partir del reconocimiento de las Órdenes mendicantes, Franciscanos y Dominicos, que salen de dos en dos a extender el cristianismo mendigando, se alcanza una sociedad  en muchos aspectos ejemplar, pese a la mala imagen que la cultura dominante de supremacía protestante, la haya presentado, hasta nuestros días, como oscurantista.

Con el renacimiento al volver la mirada a los clásicos, griegos y romanos, se importan también los valores culturales, tales como la supremacía del hombre y la relegación de la mujer, es decir el patriarcado en el ámbito del derecho, o pater familias o patria potestas, razón por la cual ya no se verán mujeres como Leonor de Aquitania o Berenguela, María de Molina, Isabel La Católica, o Santa Teresa de Jesús. También se produjo en el Renacimiento un gran incremento de la prostitución y se extendió la esclavitud que en los siglos medievales practicaban, fundamentalmente, los musulmanes, como demuestra brillantemente Régine Pernoud, catedrática francesa de Historia Medieval. Por supuesto que esto no invalida el insuperable arte que dio lugar a Miguel Ángel, Rafael, Leonardo o Benvenuto Cellini, ni las bellísimas edificaciones de la arquitectura renacentista. Pero una cosa no quita la otra.

El Renacimiento, por la estabilidad social y económica que posibilitó la existencia de los mecenas, potenció al hombre, al uso de su razón y supuso un antropocentrismo cultural, y de alguna forma supuso abonar el terreno para el nacimiento del protestantismo, que tanto arraigó en los príncipes alemanes. Este proceso no está exento del “seréis como dioses” del paraíso. Siguiendo esta deriva se llegó al siglo XVIII con el advenimiento de la Ilustración, siendo su resultado más trascendente en los planos político, social y económico, la Revolución Francesa que enarboló el lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad, e instituyó como divinidad a la “razón”. Es decir la razón humana, volviendo a recordar el “seréis como dioses”.

Desde la óptica del siglo XXI, se advierten los errores que supuso esta forma de pensar. La humanidad tras el enorme desarrollo científico y tecnológico, sigue sin saber ni por qué se originó el universo, ni para qué; sigue sin saber lo que es la vida, la conoce, y la reconoce, pero no sabe qué es, ni por qué, cuando se ha producido la muerte, no hay forma de que lo que ha muerto vuelva a la vida, aunque se vuelva a intervenir quirúrgicamente hasta recomponer el organismo igual a como estaba cuando vivía. Nadie sabe por qué late el corazón ni por qué respiramos mientras leemos este artículo. Sabemos que no somos como dioses.

La Revolución Francesa también trajo en su mismo lema una mezcla de ideas que pueden ser interpretadas como positivas o si se llegan a mal entender se transforman en negativas y perjudiciales. La “libertad” en la actualidad se viene entendiendo como capacidad ilimitada para la actuación, con la única referencia de la voluntad del hombre. Por supuesto que cuando un drogadicto no es capaz de decir que no a un consumo de droga, los que entienden la libertad de este modo, miran para otro lado, pues en esas circunstancias, la voluntad esclavizada por la dependencia pero en definitiva voluntad de la persona, es drogarse.

La “igualdad” también es entendida como algo absoluto, llegando a negar la importancia  de los muchos factores que influyen en la vida, como es el esfuerzo, la fuerza de voluntad, las dotaciones naturales de unos y otros, y llegándose  finalmente hasta a crear un  Ministerio para la igualdad de hombres y mujeres. Esto no es sino desconocer que antropológicamente la igualdad es algo exclusivamente mental, nunca real y por ello sólo se aplica a objetos pensados y nunca a lo real. Esta es la razón por la que  quien participa de esta idea de la igualdad no tiene respuesta a muchas realidades como, por ejemplo, que desde que hay estadísticas, el 95 % de la población reclusa, son hombres. En su concepto de igualdad esto no tiene ni explicación, ni solución respetando la “libertad”.

¿Y la fraternidad? La fraternidad supone ser hermanos, eso quiere decir que tenemos un origen, tenemos un padre común. Pero no podemos olvidar  que fueron los racionalistas quienes acabaron con el Padre, con pronunciamientos en ocasiones tan expresivos como el “Dios ha muerto” de Nietzsche. Y como con la crítica al paternalismo,  se está acabando con el rol de padre, , habrá que buscarle una solución a la fraternidad. La solución es esta: sustituir la fraternidad por la solidaridad, que además se concilia con los conceptos de igualdad y de libertad tal y como los entienden la mayoría de los ilustrados y sus sucesores.

No es raro que este lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad arraigara en un país católico y que de ahí se extendiera a toda la cristiandad, pues la Iglesia ha defendido siempre la libertad, en un mundo en el que hay tanta falta de libertad humana y religiosa; la Iglesia ha condenado las desigualdades que son incompatibles con el Evangelio y ha señalado los abusos allí donde se han producido; y al reconocer que tenemos un Dios , al que podemos llamar Padre, algo  que no aparece en ninguna otra religión, la Iglesia, que defiende a la familia formada por padre, madre e hijos si los hubiere, ¿cómo no va a hacer suya la fraternidad?, y así lo acaba de proclamar el Papa en la encíclica Tutti fratelli.

Pero lo que la Iglesia no puede es compartir la negación de la figura del Padre, ni  su proyección en los padres de familia. Y como  día tras día demuestra que se ocupa de ayudar a los más desfavorecidos practicando la caridad, virtud que vincula por amor a la unidad, no puede sino y superar el concepto de “solidaridad”, sin negar su valor como lo demostró Juan Pablo II apoyando al sindicato polaco, Solidarnosc.

Conforme el hombre ha ido alcanzando cotas de desarrollo más elevadas, las verdades a medias, que son las más peligrosas de las mentiras, son cada vez más sibilinas, como sólo lo sabe hacer el padre  de la mentira.