Uno de los tópicos exculpatorios –y derrotistas al mismo tiempo– más repetidos todavía en España, asumido y compartido por hombres y mujeres, ricos y pobres, niños y ancianos, personas con estudios o sin ellos, es aquél que reclama la singularidad de nuestra patria para explicar nuestras “desgracias”. Una singularidad teñida de negro, según la cual esta tierra sería una especie de isla maldita, descarrilada in illo tempore y lastrada por un oscuro pasado.

Así, nunca faltará quien, ante cualquier calamidad, error o tropelía, sea cual sea su origen y naturaleza, se ampare en esta suerte de maldición telúrica para justificarla. Al fin y al cabo, no hay nada más cómodo que echar la culpa a los astros o a los muertos.

En cualquier caso, lo que resulta innegable es que dicho fatalismo es directamente proporcional al desconocimiento de la Historia y se retroalimenta en la muy extendida ignorancia de esta última.

Por descontado, no trataremos de demostrar nada a quien, envenenado por la leyenda negra, prefiera creer a quienes la inventaron que estudiar las fuentes históricas que la desmienten. Podremos invitar a leer a los autores que la han combatido en el pasado y, debido a su vigencia entre nuestras gentes, aún la combaten en nuestros días[1], pero no más. Porque enseñar a quien no quiere saber es, sin duda, una pérdida de tiempo.

Sin embargo, lejos de las prolijas explicaciones a que nos llevaría intentar desmontar las múltiples manifestaciones de la leyenda negra entre nuestros abducidos compatriotas, sí queremos abordar una cuestión clave que, por sí misma, puede ayudar a comprender lo absurdo de flagelarse por causa de nuestra presunta e irrevocable “anómala especificidad”. Y esta no es otra que la cuestión cultural.

¿A dónde nos ha conducido nuestro afán de “homologarnos” a los países de nuestro entorno sino a la marginalidad más absoluta? ¿Qué es esa monserga de la necesidad de “integración en Europa” sino el reconocimiento de una especie de minoridad? ¿Pero qué se podía esperar de la renuncia a nuestra cultura? Ilusos quienes creyeran que la sumisión a quienes nos desprecian tendría otro efecto que un desdén aumentado.

Preguntémonos también si este complejo no ha sido alimentado por nuestros políticos en su propio beneficio. ¡Cuán rentable siempre esa promesa de un futuro esperanzador! Y hasta qué punto su pretendido intento por contrarrestar la matraca del “Spain is different” no ha propiciado la subordinación cultural a los anglosajones y su neopuritana corrección política.

¿En qué sentido puede hoy sostenerse que el “alineamiento” cultural con nuestro entorno ha sido beneficioso para los ciudadanos españoles? ¿Qué supone, de facto, la puesta en marcha del programa de bilingüismo en las escuelas sino la perpetuación de una sociedad acomplejada? ¿Acaso no son nuestros profesores de inglés propagadores de todos los prejuicios contra nuestra nación y de los tópicos más afrentosos?

Y en tanto dicha “corrección”, a todos impuesta, no significa otra cosa que una constante autocensura y restricción para pensar libremente, ¿qué “noble” propósito puede respaldar la creación de un pueblo de esclavos?

A nadie escapa que la deriva emprendida hace décadas en aras de la modernización de España ha ido de la mano del simultáneo y progresivo arrinconamiento de nuestra propia cultura. Y esto, no hay más que verlo, ha conducido a España al estado de postración en que hoy se halla.

Sin embargo, aún queda una esperanza. No una solución mágica o  una mera promesa. La reversión del sentido de nuestra marcha no será fácil –no puede serlo–. Requerirá del esfuerzo y compromiso de los mejores. Nuestro renacer como nación debe asentarse en sólidos valores, en el amor por el trabajo bien hecho, en el respeto a los vivos y a los muertos, en un honrado sentido de la verdad y la justicia. Una sociedad próspera habrá de ser una sociedad culta. Y para ello tendrá que empezar por exigir a los maestros y profesores tanto el conocimiento del idioma como el máximo celo en su correcta enseñanza. “Primum non nocere”, lo primero no hacer daño, reza la máxima atribuida a Hipócrates. No se permita fijar el error por no corregir las faltas de ortografía. Y no se admita la indiferencia entre lo bueno y lo malo. En ninguna etapa. Pues, como decía el profesor inglés George Sampson en 1921: “Teachers seem to think that it is always some other person's work to look after English. But every teacher is a teacher of English because every teacher is a teacher in English”[2]. Es decir, “Los profesores parecen pensar que siempre habrá otra persona que se preocupe del inglés. Pero cada profesor es un profesor de inglés porque cada profesor, sea cual sea su materia, la explica en inglés”. Una reflexión igualmente válida para la enseñanza del español, que sería un buen punto de partida para la regeneración de nuestra escuela y, en consecuencia, de la Nación.

 

[1] Elvira Roca Barea: Imperiofobia y leyenda negra (2016); Fracasología (2019); Iván Vélez: Sobre la leyenda negra (2014); El mito de Cortés (2016); Nuebas mentirosas (2019); Henri Kamen: En defensa de España (2017); Alberto G Ibáñez: La leyenda negra: Historia del odio a España (2019); Marcelo Gullo: Madre Patria (2021).

[2] English for the English: a chapter on national education, Cambridge University Press, 1922. “A plea” (Una súplica),  p. 25.