Solía decirse que la CIA y la socialdemocracia alemana robaron las siglas PSOE a unos ancianos inofensivos para donarlas a una banda de trileros que resultó, a la postre, la gente más totalitaria y más mala dedicada a hacer política en este país en mucho tiempo. Pero no es cierto. Esas siglas PSOE siempre han acogido en su seno, salvo muy contadas excepciones, a lo más deleznable del género humano. Lo cuenta la Historia. Una Historia que ellos, lógicamente, pretenden borrar.

 

Viendo a cualquier espécimen de frentepopulista esforzándose en el engaño, eufórico o furioso, siempre resentido y gestual, siempre mintiendo, siempre actuando con mala fe o anunciando arbitrariedades de cualquier signo o leyes totalitarias, puede saberse entonces, o al menos intuirse, lo que sienten los déspotas. Su rencor, su ira o su jactancia son ciertamente espléndidas y regocijantes, aunque peligrosas para el alma.

 

Pero ¿a qué mal hombre le preocupa su alma? No tienen otra cosa que indecencia y agitprop para dar sentido a aquello que no lo tiene. Oyendo cómo las izquierdas resentidas y sus cómplices mienten y calumnian, es normal que se acaben perdiendo los estribos. Los extremos a los que puede llegar la malicia humana inspiran terror.

 

Para los espíritus críticos, todas las «X» frentepopulistas que han existido y existen, han ido siempre, desde sus primeros pasos, precedidas de una fama repugnante. Carecen de escrúpulos, como todo jefe mafioso, y alientan un desagradable desvelo por su propia reputación o complacencia. Su responsabilidad la hacen siempre recaer en el destino o en los otros.

 

Estos demócratas saduceos siempre han sido, son y serán para las crónicas los jóvenes y viejos lobos del frentepopulismo. Antiespañoles de manual, socialistas genuinos en compañía de sus terminales y compañías tenebrosas, con o sin carné, enmierdados todos ellos desde su nacimiento. Sin olvidar, por supuesto, a sus electores, no menos rencorosos e incorregibles. Ya se sabe: aman la ley mientras les viene bien o son ellos quienes legislan, porque los enriquece y protege; y la rechazan, violentan o condenan cuando los desenmascara y perjudica.

 

Acerca de cualquier agente de la maldad humana, escribió Sully Prudhomme: Son personajes rapaces y repulsivos. Todo es feo en ellos, su vida, sus gustos, sus pensamientos. No basta razonar para distinguirse de los animales. La inteligencia es un instrumento sin dignidad en sí; esos hombres son cuerpos groseros animados de una codicia razonada, que por el hecho de ser libre es mil veces más odiosa que el instinto bruto.

 

Como no se les ocurren cosas nobles ni útiles, sino abusos y traiciones, los frentepopulistas hacen arbitrismo legal y progresismo de imagen. Especulan, gesticulan, impostan. Mientras se esfuerzan en mostrarse amables y cercanos en sus discursos a la plebe, actúan inflexibles en sus despóticas legislaciones y en sus latrocinios. «Nosotros los demócratas», dicen sin empacho. Se definen a sí mismos como demócratas, y esa autodefinición expresa mejor que nada su impostura, porque son ellos, más que nadie, los implacables y permanentes verdugos de la democracia.

 

Cuando las cosas no les van como quisieran, arguyen: «El problema es que no sabemos comunicar al pueblo el sacrificio, la eficacia y la grandeza de nuestras actuaciones». Y lo dicen aparentando olvidar su dominio noticiario, el férreo control testimonial de la realidad y de unas campañas mediáticas cuya finalidad es crear un estado de opinión, partiendo de la manipulación informativa. Su desmesurado deseo de dar frases y noticias a los periodistas se lleva siempre a cabo para desviar la atención pública de aquellos asuntos que los perjudican.

 

Julio Anguita, que como político entre la casta era un incauto, pensaba razonablemente que «un Gobierno de la izquierda sin programa, sólo para que no gobierne la derecha, es un argumento simplísimo, de tebeo. Es una operación de estafa miserable. Eso de ¡toda la izquierda contra la derecha! es muy bonito, pero ¿con qué programa?, ¿para hacer qué?».

 

Aparte de que el contexto en que Anguita expresó aquellas palabras está hoy desfasado, se equivocaba en lo de la ausencia de programa, porque el PSOE siempre ha tenido programas: para el enriquecimiento particular, para borrar o blanquear su perversión y para la destrucción de España. Otra cosa es que esos programas los haya impreso y oficializado; que no, como es obvio.

 

Los marxistas y el vulgacho desean lo mismo: igualar a tontos y sabios, a honrados y criminales. Todos emparejados y revueltos por el cieno. Todos convencidos de que lo noble empacha e importuna, al contrario que lo malo y perturbado, que porque nunca se daña conserva actualidad y vigor. Y persuadidos, así mismo, de que no se deben preservar las leyes justas y prudentes, sino borrarlas de los códigos y promulgar otras que blanqueen a la vileza, su vileza.

 

La arrogante perversión de estos tiranos de las izquierdas resentidas en particular y de la casta política en general, hace que hoy para ellos la victoria a cualquier precio -con leyes aberrantes, por ejemplo- sea más importante aún que la propia victoria doctrinal e ideológica. No obstante, aunque la maldad es eterna, los canallas son efímeros, y justa justicia es que quien mal hace, tal lo pague. Así, al menos, debiera ser en su caso.

 

Por suerte, los diablos suelen ser verdugos entre ellos, y siempre un criminal acaba en las manos de otro desalmado, como viene acaeciendo estos días en sus cloacas. Los tiburones grandes suelen devorar a los pequeños. Son los malos y los sicarios como las víboras o los alacranes que, tras sacarles sus amos el veneno que llevan dentro, los echan a un muladar. Su existencia sólo es útil para acopiar la vileza que se pretende, dejándolos después a su miserable suerte; la mayoría de ellos, eso sí, con las alforjas llenas de los despojos arrebatados al común.

 

En fin, sólo recordar dos cosas que, con seguridad, mis amables lectores conocen bien: la primera es la sorpresa que los ángeles se llevaron al ver entrar en el cielo -debido a un error, supongo- al único frentepopulista -y globalista- que, hasta ahora, habita en él: «¡Fruta nueva! ¡Fruta nueva!», se gritaron unos a otros, asombrados. Y la segunda: que toda esta recua maligna es -por condición natural, adiestramiento y provecho económico- antifranquista. Algo esclarecedor, a mayor honra y prestigio de Franco y de su legado.