Hace tiempo que no creo en la división izquierda/derecha. Hace años que rechace clasificar a los españoles por su origen territorial, pasado ideologico o simpatías por determinadas siglas o figuras públicas. Inequívocamente, desde el pasado siglo, la Historia ha girado una y otra vez dejando ancladas en el tiempo sensaciones, frases o análisis. Ya no nos sirven. La Historia no se repite ni los que se fueron volverán. Pero hay algo que si permanece junto a nosotros y lo hará cuando nosotros ya no estemos: nuestra identidad común, nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Y frente a ello y especialmente desde aquellas guerras que enturbiaron el solar europeo, las estructuras políticas que trajeron división, las ideas y prácticas económicas que provocaron desigualdad y pobreza, ésas no se marcharon.

¿Quién hubiera profetizado hace años la “derechización” de la izquierda en materia económica y la “izquierdización” de las derechas en materia cultural y moral? Todo ha parecio adquirir un mismo semblante con dos caras, sin que podamos desmarcarnos de un camino que parece designado como único.

A mí , como a Simone Weil y muchos otros pensadores, no me entusiasma un modelo de participación política donde los partidos políticos tienen un exclusivo protagonismo. Viene de 1942 la afirmación y deseo de Weil de una vida pública sin partidos. Y no por otra razón –que comparto- que el percibir la mas absoluta entrega de la dignidad humana que se produce cuando una persona se hace miembro disciplinado de un partido político. Una parte muy importante de nuestra libertad se pierde con ello.

Pienso, asimismo, que la ruptura de los lazos comunitarios, históricos y el abandono de las identidades colectivas, como un precio a pagar por la propagación de la idea del libre mercado globalizante y total, es un error profundo y causante de graves injusticias. Y en ese discurrir histórico van paralelos una derecha neo liberal y un socialismo neo marxista. Ambos materialistas.

En esa ruptura de identidades nacionales, ambas fuerzas políticas a la izquierda y a la derecha se han mostrado , por igual, favorables a las presiones inmigratorias. Con ello demuestran ser lo mismo. Ambas consiguen que los salarios presionen a la baja. Ambas buscan un estado multicultural o multiétnico porque saben que es mucho más fácil de dominar o dirigir que uno homogéneo y de fuerte identidad histórica

En esa ruptura de identidades nacionales, ambas fuerzas políticas a la izquierda y a la derecha se han mostrado , por igual, favorables a las presiones inmigratorias. Con ello demuestran ser lo mismo. Ambas consiguen que los salarios presionen a la baja. Ambas buscan un estado multicultural o multiétnico porque saben que es mucho más fácil de dominar o dirigir que uno homogéneo y de fuerte identidad histórica.

Vivimos en una España dividida y enfrentada artificialmente por partidos políticos, por comunidades autónomas y por desigualdades sociales y culturales creadas por todos ellos haciéndonos más débiles frente a quienes, desde organismos europeos no elegidos democráticamente, deciden nuestros destinos.
Y se presentan fechas de elecciones y nos preguntan qué vamos a votar, cuál va a ser nuestra opción y decisión para los próximos cuatro años.

No creo que votar a ninguno de los partidos políticos con representación en las instituciones sirva para devolvernos lo que nos han sustraído en estos últimos cuarenta años. Es más, creo sinceramente, que seguir apoyándolos perpetua el actual estado de cosas.

La quiebra entre dirigentes y pueblo viene, entre otros motivos, por el divorcio y abandono de aquellos sobre estos. Por la ineficiencia de los cauces de representación y por el flujo de dinero público que riega a todos esos organismos privándolos de frescura y libertad.

Es, por tanto, la hora de apostar por movimientos que reduzcan el peso de todo lo que nos ha dividido y enfrentado. Hora de reclamar la Soberania entregada hacia fuera y perdida dentro. Porque sin esa capacidad de decidir no es posible articular política alguna de Justicia Social ni de prosperidad económica.

Me rebelo contra esa España que acepta sumisamente cuanto viene escrito desde Bruselas.

Me rebelo contra toda organización territorial que proporciona desiguales servicios a los españoles según su lugar de nacimiento o residencia. Contra toda forma de adoctrinamiento o falseamiento de nuestra historia como instrumento de fragmentación y debilitamiento.

Me rebelo contra quienes desmantelaron nuestro tejido industrial y quiero que España vuelva a edificar plantaciones navieras, energéticas o tecnológicas de vanguardia sin que el lucro privado o intereses transnacionales condicionen nuestras decisiones.

Me rebelo contra quienes no consideran que la vivienda, la educación, la justicia, la sanidad, la construcción de un proyecto familiar son derechos fundamentales que no deben estar sometidos a hipotecas de tiempo o depender de la graciable mano de un político de sonrisa falsa.

Denuncio aquella Constitucion que se hizo sin un Poder Constituyente y reclamo para todos nosotros la capacidad y libertad de darnos un texto nuevo como Pueblo Soberano.

Y estas reflexiones son lanzadas aun a sabiendas de que no son parte de un programa ganador. Porque el movimiento que apoyo y creo capaz de desarrollar esa otra España se llama FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS.

Creo que desde este Movimiento será posible hacer “casa común” de todos los naufragos y desencantados de todos los partidos, de todos los que no han dejado de escuchar las mentiras de izquierda y derecha, prometiendo prosperidad y trayendo paro, prometiendo Patria y ensuciando cualquier idea o sentimiento nacional con sus egoísmos o corrupciones.
Todo es mucho mas sencillo si caminamos juntos y sin divisiones.

Votaré aunque votar no sea ganar. Pero mi voto y el de todos aquellos que hagan de su rebeldía esperanza no caerá en el saco roto de tantas lagrimas desilusionadas por promesas incumplidas.

A ello te invito.